Hablan los hechos

Era el 21 de diciembre de 1511. Fray Antonio de Montesinos pertenecía a la primera comunidad de la Orden de los Dominicos que había llegado a América.

Teniendo un poco más de un año de estancia en la isla, el Padre comprobó el trato inhumano a los aborígenes, llamando la atención de las autoridades en la ceremonia religiosa que oficiaba

El Sermón de Adviento, pronunciado por Montesinos se convirtió en una de las primeras denuncias y llamado de atención a los españoles por los abusos a causa de la colonización.

Las principales autoridades coloniales entre ellas el almirante Diego Colón, hijo de Cristóbal Colón y el gobernador, Frey Nicolás de Ovando. También estaban presentes

Copiamos texto del Sermón, según el también sacerdote Bartolomé de las Casas
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TEXTO DEL SERMÓN DE ANTÓN MONTESINO SEGÚN BARTOLOMÉ DE LAS CASAS Y COMENTARIO DE GUSTAVO GUTIÉRREZ

CONMEMORACIÓN DE LOS 500 AÑOS DEL SERMÓN DE ANTÓN MONTESINO Y LA PRIMERA COMUNIDAD DE DOMINICOS EN AMÉRICA

21 DICIEMBRE 1511 – 2011
Decid, ¿con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre aquestos indios? ¿Con qué autoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes que estaban en sus tierras mansas y pacíficas, donde tan infinitas dellas, con muerte y estragos nunca oídos habéis consumido? ¿Cómo los tenéis tan opresos y fatigados, sin darles de comer ni curarlos en sus enfermedades en que, de los excesivos trabajos que les dais, incurren y se os mueren y, por mejor decir, los matáis por sacar y adquirir oro cada día? ¿Y qué cuidado tenéis de quien los doctrine y conozcan a su Dios y criador, sean bautizados, oigan misa, guarden las fiestas y domingos? ¿Éstos, no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales? ¿No sois obligados a amarlos como a vosotros mismos? ¿Esto no entendéis? ¿Esto no sentís?

¿Cómo estáis en tanta profundidad de sueño tan letárgico dormidos?
Del sermón que predicó fray Antón Montesino en nombre de la comunidad de dominicos

Fr. Antón de Montesinos, O.P.
Isla de La Española, cuarto domingo de adviento
21 de diciembre de 1511

Del sermón que predicó fray Antón Montesino en nombre de la comunidad de dominicos

Fr. Bartolomé de Las Casas, O.P.
[…] Los religiosos, asombrados de oír obras de humanidad y costumbre cristiana tan enemigas, cobraron mayor ánimo […] y, encendidos del calor y celo de la honra divina y doliéndose de las injurias que contra su ley y mandamientos a Dios se hacían, de la infamia de su fe […] y compadeciéndose entrañablemente de la pérdida de tan gran número de ánimas como, sin haber quien se doliese ni hiciese cuenta de ellas, […] suplicando y encomendándose mucho a Dios con continuas oraciones, ayunos y vigilias, les alumbrase para no errar en cosa que tanto iba, […] finalmente, habido su maduro y repetido muchas veces consejo, deliberaron de predicarlo en los púlpitos públicamente […].

Acuerdan todos los más letrados de ellos, por orden del prudentísimo siervo de Dios, el padre fray Pedro de Córdoba, vicario de ellos, el sermón primero que cerca de la materia predicarse debía, y firmároslo todos de sus nombres para que pareciese cómo no sólo del que lo hubiese de predicar pero que de parecer y deliberación y consentimiento y aprobación de todos procedía. Impuso -mandándolo por obediencia- el dicho padre vicario que predicase aquel sermón, al principal predicador de ellos después del dicho padre vicario, que se llamaba el padre fray Antón Montesino [.] Este padre fray Antón Montesino tenía gracia de predicar, era aspérrimo en reprehender vicios [.]. A éste, como a muy animoso, cometieron el primer sermón de esta materia, tan nueva para los españoles de esta isla; y la novedad no era otra sino afirmar que matar estas gentes era más pecado que matar chinches.
Y, porque era tiempo del Adviento, acordaron que el sermón se predicase el 4° domingo, cuando se canta el Evangelio donde refiere el evangelista sant Juan: “Enviaron los fariseos a preguntar a san Juan Baptista quién era, y respondióles: Ego vox clamanisin deserto”. […]

Llegado el domingo y la hora de predicar, subió en el púlpito el susodicho padre fray Antón Montesino y tomó por tema y fundamento de su sermón, que ya llevaba escrito y firmado de los demás: Ego vox clamantis in deserto.

Hecha su introducción y dicho algo de lo que tocaba a la materia del tiempo del Adviento, comenzó a encarecer la esterilidad del desierto de las consciencias de los españoles de esta isla y la ceguedad en que vivían; con cuánto peligro andaban de su condenación no advirtiendo los pecados gravísimos en que con tanta insensibilidad estaban continuamente zambullidos y en ellos morían. Luego torna sobre su tema, diciendo así: Para os los dar a conocer me he sabido aquí, yo que soy voz de Cristo en el desierto de esta isla; y, por tanto, conviene que con atención, no cualquiera sino con todo vuestro corazón y con todos vuestros sentidos, la oigáis; la cual os será la más nueva que nunca oísteis, la más áspera y dura y más espantable y peligrosa que jamás no pensasteis oír. […]
Esta voz (dixo él) os dice que todos estáis en pecado mortal y en él vivís y morís por la crueldad y tiranía que usáis con estas inocentes gentes. Decid, ¿con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre aquestos indios? ¿Con qué autoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes que estaban en sus tierras mansas y pacíficas, donde tan infinitas de ellas, con muerte y estragos nunca oídos habéis consumido? ¿Cómo los tenéis tan opresos y fatigados, sin dalles de comer ni curarlos en sus enfermedades en que, de los excesivos trabajos que les dais, incurren y se os mueren y, por mejor decir, los matáis por sacar y adquirir oro cada día? ¿Y qué cuidado tenéis de quien los doctrine y conozcan a su Dios y criador, sean bautizados, oigan misa, guarden las fiestas y domingos? ¿Éstos, no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales? ¿No sois obligados a amarlos como a vosotros mismos? ¿Esto no entendéis? ¿Esto no sentís? ¿Cómo estáis en tanta profundidad de sueño tan letárgico dormidos? Tened por cierto, que en el estado que estáis no os podéis más salvar que los moros o turcos que carecen y no quieren la fe de Jesucristo.
Finalmente, de tal manera explicó la voz que antes había muy encarecido, que los dejó atónitos […]. Concluido su sermón, báxase del púlpito […] y con su compañero vase a su casa pajiza […].

En acabando de comer -que no debiera ser muy gustosa la comida-, juntase toda la ciudad en casa del Almirante, don Diego Colón, hijo del primero que descubrió estas Indias [.] y acuerdan de ir a reprehender y asombrar a el predicador y a los demás si no lo castigaban como a hombre escandaloso, sembrador de doctrina nueva nunca oída, condenando a todos, y que había dicho contra el rey e su señorío que tenía en estas Indias afirmando que no podían tener los indios, dándoselos el rey; y éstas eran cosas gravísimas e irremisibles.

[.] Poco aprovechó la habla y razones de ella que el santo varón [Pedro de Córdoba], dio en justificación del sermón, para satisfacerlos y aplacarlos del alteración que habían recibido en oír que no podían tener los indios como los tenían, tiranizados, porque no era camino aquello para que su codicia se hartase [.]. Convenían todos en que aquel padre se desdiese el domingo siguiente de lo que había predicado. [.]

[…] Llegada la hora del sermón, subido en el púlpito […], comenzó a fundar su sermón y a referir todo lo que en el sermón pasado había predicado y a corroborar con más razones y autoridades lo que afirmó de tener injusta y tiránicamente aquellas gentes opresas y fatigadas, tornando a repetir su sciencia: que tuviesen por cierto no poderse salvar en aquel estado; por eso, que con tiempo se remediasen, haciéndoles saber que a hombre de ellos no confesarían, más que a los que andaban salteando; y aquello publicasen y escribiesen a quien quisiesen a Castilla; en todo lo cual tenían por cierto que servían a Dios y no chico servicio hacían al rey.

Acabado su sermón, fuese a su casa y todo el pueblo en la iglesia quedó alborotado, gruñendo y muy peor que de antes indignado contra los frailes [.]. Salidos de la iglesia furibundos [.] acuerdan, con efecto, escribirlo al rey en las primeras naos; cómo aquellos frailes que a esta isla habían venido habían escandalizado al mundo sembrando doctrina nueva, condenándolos a todos para el infierno porque tenían los indios y se servían de ellos en las minas y los otros trabajos, contra lo que Su Alteza tenía ordenado; y que no era otra cosa su predicación sino quitarle el señorío y las rentas que tenía en estas partes. [.]

Bartolomé de las Casas
Historia de las Indias Libro
lll, selección Caps. 3-5

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