Opinión

La muerte del coronel Rafael Fernández Domínguez

Cuando el fundador del movimiento constitucionalista, Rafael Tomás Fernández Domínguez, vino al país desde Puerto Rico, el 13 de mayo de 1965, en un avión norteamericano, para comunicarle al Presidente Constitucional de la República en Armas, Francisco Alberto Caamaño Deñó, la «Fórmula Guzmán», estaba seguro que se quedaría en el país.

Para los gringos él debía limitarse a llevar el mensaje de Juan Bosch a Caamaño y regresar de inmediato a Puerto Rico. Pensaban así, evidentemente, porque no conocían su temple. Quiénes lo conocían sabían que no volvería. Había venido a comunicar el mensaje a Caamaño y eso haría, pero no estaba dispuesto regresar. El vino a quedarse y se quedaría, aún en contra de la voluntad de Antonio Imbert Barrera quien había ordenado a sus generales de que en el mismo avión que viniese en ese mismo avión lo devolviesen. Y se quedaría también en contra de las objeciones de los norteamericanos que veían su permanencia como un acto de beligerancia a favor de la causa «rebelde».

Y claro que su permanencia en el país favorecía el bando constitucionalista. Su sola presencia generaba confianza y servía de aliento. Para él, lo que pudieran pensar los gringos e Imbert Barrera lo tenían sin cuidado. Para él lo importante era estar junto al pueblo dominicano, que en esa hora dramática libraba a golpe de heroísmo una lucha desigual contra el imperio norteamericano y sus socios locales.

Tan pronto pisó tierra dominicana se comunicó con su amigo, el coronel Lachapelle Díaz, quien era Jefe de Operaciones Militares del gobierno de Caamaño, y le pidió que lo llevara en presencia de Caamaño. Lachapelle narra aquel encuentro de esta manera: «Recibí una llamada del coronel Fernández en la que me informaba que estaba en el país. Me ordenó buscarle en un lugar específico y así lo hice. Me ordenó llevarlo ante la presencia del coronel Francisco Alberto Caamaño Deñó, al edificio Copello. El coronel Fernández Domínguez, en su forma típica de ser, se paró en atención y le dijo: «Respetuosamente presidente Francisco Alberto Caamaño Deñó, a su orden». El presidente Caamaño se levantó del escritorio y le respondió: «Rafaelito no me saludes, el que tiene que estar aquí eres tú». Rafael le dijo entonces: «No señor, yo no he hecho nada por la revolución».

Al otro día, coherente con esas palabras, se quitó las insignias de coronel y dijo que él era raso y que iba a comenzar a ganarse su rango combatiendo. Así hablaba y se comportaba Rafael Tomás Fernández Domínguez, un hombre integro de los pies a la cabeza, un hombre que impresionó favorablemente a todo el que tuvo la oportunidad y el privilegio de tratarlo durante los seis días que estuvo vivo en Santo Domingo.

Con la Agrupación Política 14 de Junio, en esos escasos días, desarrolló muy buenas relaciones, especialmente con Juan Miguel Román. Entre ellos hubo varios encuentros, y parece ser que en esos encuentros surgió la idea de atacar y tomar el Palacio Nacional, en manos de los soldados de Imbert. El 14 de Junio consideraba que éste era un símbolo de poder que debían ocupar. Así se lo dijeron al coronel, incluso, plantearon que podían aportar gran parte de los combatientes para esa operación. No sé si esos fueron los argumentos que convencieron a Fernández Domínguez, no sé si es correcto decir que fueron la gente del 14 de junio quienes lo convencieron de la conveniencia política y militar de tomar ese símbolo. Tal vez haya sido así. Pero lo que sí se sabe es que el coronel le agradaba esa idea y le veía sentido estratégico, no sólo por ser un símbolo de poder, sino también para las futuras negociaciones que él veía.

Fernández Domínguez planteó su visión al presidente Caamaño y a Manuel Ramón Montes Arache. Ninguno de los dos vieron con simpatía la operación, pero Caamaño cedió ante Fernández Dominguez y terminó respaldándola. Por su parte, Montes Arache mantuvo su oposición a la operación, pero, dice él, que a solicitud y por presión de Caamaño terminó encabezando una de las tres columnas que se formaron para el asalto.

De todas maneras, lo que sí está claro es que esa operación, que se conoció con el nombre de «Operación Lazo» fue una de las operaciones más controversiales de la guerra. Y así era, sobre todo que se iba a desarrollar en un momento en que las fuerzas constitucionalistas habían sido derrotadas y desalojados de los barrios de la parte norte de la ciudad, y al decir de muchos, no estaban en ese momento en condiciones militares para una operación en regla para tomar una posición tan importante como era el Palacio Nacional. Me atrevo a creer que hubo una subestimación de las fuerzas militares que estaban defendiendo el Palacio y también se creyó que los norteamrericanos no participarían en los combates, es decir, se quedarían en un punto neutral. Esa subestimación se debió a que días antes del asalto final del 19 hubo algunas escaramuzas donde muchos de los soldados que defendían el Palacio vacilaron en responder el fuego de los constitucionalistas e incluso algunos abandonaron sus posiciones. En esos momentos tal vez los constitucionalistas pudieron tomar el Palacio, pero no lo hicieron. Ya para el 19 las cosas eran diferentes. Los defensores del Palacio se habían reagrupados y habían aumentado sus fuerzas y estaban esperando a los atacantes, porque dicho sea de pasada, esa operación era un secreto a voces. Todo el mundo sabía que se produciría en cualquier momento. Es decir, no hubo sorpresa. En cuanto a los norteamericanos, cierto, en las escaramuzas previas del 17 y 18 no participaron, y tal vez por eso, en el mando constitucionalista se pensó que tampoco lo harían el 19. Pero ese fue un error de calculo que costó caro.

De todas maneras, siendo esta una operación muy controversial, siempre habrá quiénes dirán que fue un error y quiénes dirán que no lo fue, y que esas son cosas de la guerra, en la que se ganan batallas y se pierden otras. Esa se perdió, y no sólo se perdió, sino que en ella murieron, entre otras figuras importantes, nada menos que el coronel, Rafael Tomás Fernández Dominguez, y el jefe del 14 de Junio, Juan Miguel Román. Aquel fue un día lúgubre para la causa de la patria, que sumado a las enormes bajas causadas en las batallas de los días previos en la parte norte de la ciudad, no era difícil entender que las cosas estaban marchando de mal en peor para los combatientes atrincherados en los intramuros coloniales. Pero aún así, faltarían muchos combates decisivos, y mucho heroísmo del pueblo dominicano.

Años después el profesor Bosch, cuyas palabras tienen el absoluto valor de la honradez, diría del coronel: «… murió en el ataque al Palacio Nacional. Fernández Domínguez no tenía necesidad de participar en aquel asalto que se había planificado para el 19 de mayo pero a él le sobraba vergüenza, le sobraba dignidad. Tenía una montaña de dignidad tan alta como el Pico Duarte en el corazón. El día de su muerte, Fernández Domínguez llevaba puesto el uniforme de oficial que le correspondía y que no manchó nunca con un atropello a ninguna persona, ni al pensamiento ajeno”.

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