Opinión

Anuar el Sadat: cuando se rompe el protocolo de seguridad

PERSPECTIVA: El 6 de octubre de 1981 Anuar el Sadat, el presidente egipcio que había llegado al poder en septiembre de 1970, tras la muerte repentina del gran líder Gamal Abdal Nasser, estaba llamado a morir en un desfile militar que él encabezaría. Pero a morir por irrespetar y violar las normas de seguridad, lo que ahora llaman protocolo.

Esa violación históricamente se ha producido, y se sigue produciendo, cuando los líderes se sienten muy confiados y creyentes que no están en una situación de vulnerabilidad, olvidando este viejo dicho de nuestros abuelos: en la confianza está el peligro.

Y si hay uno que nunca debió sentirse confiado e invulnerable ese era el presidente Sadat. Él había firmado en 1979 un acuerdo de paz con Israel que ponía fin al estado de guerra entre esas dos naciones. Aunque el acuerdo era beneficioso para Egipto, era al mismo tiempo muy mal visto por diferentes sectores radicales, entre los cuales se encontraban, no solo la organización “Hermanos Musulmanes”, sino también sectores del propio ejército egipcio, lo cual colocaba a Sadat en una situación de extrema peligrosidad.

Y como para hacer las cosas más peligrosas, ese día el presidente desoyó las insistentes sugerencias de sus escoltas de que llevara el chaleco antibalas que usaba con frecuencia, pese a que estaría encabezando un desfile militar con miles de soldados portando sus armas. No les hizo caso aun cuando contra él había habido al menos una docena de atentados criminales.

Se negó a llevar el chaleco antibalas bajo el alegato ridículo o vanidoso de que estropearía el nuevo uniforme militar estilo prusiano que había mandado a confeccionar a Londres y que estrenaría ese día, precisamente en el desfile.

Ocurrió además en pleno desfile que apenas minutos antes de ser asesinado les pidió a sus celosos escoltas que se alejaran un poco de él “porque estoy con mis hijos”.

Al final, cuando Sadat vio a los cinco soldados que en una acción de comando bien sincronizada se tiraron con sus armas del camión en el que iban y corrieron hacia el palco presidencial, el presidente pensó que era para saludarle, y lo que hizo fue inclinarse hacia delante y extender la mano, proporcionándole a sus asesinos un blanco perfecto.

Como estaba planificado, los hombres, determinados a matarlo aún al precio de sus vidas, en vez de saludar al presidente, lanzaron las granadas que llevaban y dispararon intensas ráfagas de sus AK 47.

El presidente fue alcanzado mortalmente por varios disparos en el cuello y en el pecho. Incrédulo ante su trágico destino, entre la vida y la muerte, se le escuchó decir, “imposible, imposible”.

No lo podía creer. Para él fue una terrible sorpresa. Se le olvidó que en aquel tenso momento en el Medio Oriente era muy riesgoso pactar con el enemigo, como lo hizo él, sin consecuencias. Y más riesgoso aún era encabezar un desfile militar sin observar rigurosamente el protocolo de seguridad.

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