Hablan los hechos

La descolonización contemporánea en América Latina y el Caribe *

Por: Julio A. Muriente Pérez

Reciban ustedes mi cordial saludo; en particular el apreciado compañero Adrián González, representante del Partido Independentista Puertorriqueño (PIP) ante esta Reunión Plenaria.

Una Introducción necesaria

Es la primera ocasión en que participo en una Reunión de la COPPPAL. Unos días atrás, no hubiera imaginado que estaría junto a ustedes hoy.

Se dio la grata coincidencia de encontrarme recientemente en Bogotá, con la delegación de observadores internacionales de la COPPPAL para las elecciones en Colombia. Reconozco que yo, que estaba allí representando a mi organización política, el Movimiento Independentista Nacional Hostosiano (MINH), fui virtualmente reclutado por el compañero Héctor Alemán, quien fungía como Jefe de la Delegación de COPPPAL, y también Jorge García Córdova, Coordinador General de COPPPAL, José Alberto Aguilar, Vicepresidente de COPPPAL para América del Norte y Julio César Valentín, Secretario de Relaciones Internacionales del Partido de la Liberación Nacional (PLD) de Republica Dominicana, entre otros apreciados compañeros.

Confío en que ésta no sea la última ocasión en que les acompañé. Mi organización aspira a formar parte de COPPPAL, en la forma y categoría que sea posible, para servir desde aquí a la causa de nuestros pueblos, a favor de la independencia, la libertad y la felicidad.

Pues bien, aquí estoy, reclutado además para ofrecerles algunas reflexiones sobre el colonialismo.

En nombre de mi organización, el Movimiento Independentista Nacional Hostosano (MINH) de Puerto Rico y en mi nombre, agradezco la invitación que me ha sido cursada para asistir a esta importante Reunión Plenaria de la COPPPAL y el privilegio que se me brinda de participar en este importante panel. Es para mi motivo de gran alegría regresar una vez más a esta ciudad y a este país, donde he pasado algunos de los años más importantes de mi vida, junto a este pueblo al que quiero y respeto profundamente.

Hago un reconocimiento particular a la decisión de la COPPPAL de generar debates sobre este importante tema y a reconocer la pertinencia del mismo, mientras que en tantos otros lugares se pretende invisibilizar la prevalencia del colonialismo en el planeta; siendo precisamente el colonialismo el que pretende invisibilizar a esos pueblos que domina, como si simplemente no existieran, habida cuenta de que la dominación colonial es primero que todo una de carácter existencial, en la que los pueblos colonizados son reducidos a cosas de las que se puede disponer a su antojo y no seres humanos que deben ser tratados con dignidad.

Es cierto que el colonialismo ha trascendido históricamente. En 1945, año en que se fundó la ONU, la mitad de la población de la Tierra estaba sometida a la dominación colonial. Entonces apenas varias decenas de países constituían esa organización internacional. Hoy la componen más de 190 naciones independientes. Pero también es cierto que esa forma de dominación se mantiene vigente políticamente, en distintas partes del mundo y de manera diferenciada. Y que constituye un anacronismo inexcusable que sigue ahí, presente, para vergüenza de la humanidad.

Algunos incluso hablan y escriben sobre la pos colonialidad o el pos colonialismo, aduciendo que éste desapareció, que ya no hay colonias en el mundo.

Desde una perspectiva mayor, prevalecen múltiples formas de dominación colonial, en sus dimensiones tanto económica y política como social, cultural, racial, de género, ideológica y humana, incluso en países formalmente independientes. Están presentes en las naciones de Nuestra América, en múltiples formas denominadas neocoloniales. Ahora las invasiones y conquistas suelen ser de otro tipo, aunque con similares consecuencias. Las grandes potencias toleran y manipulan la independencia formal, mientras controlan tierras, recursos naturales, medios de comunicación, comercios y finanzas en muchos de nuestros pueblos.

Por consiguiente, la descolonización en América Latina y el Caribe no debe concebirse únicamente en lo referente a las colonias directas o clásicas que prevalecen en nuestra región, sino que debe tener como gran objetivo el fin de toda forma de colonialismo vigente –en cuanto forma de dominación– en los propios países formalmente independientes.

Ustedes provienen de países que surgieron de las luchas anticoloniales, sobre todo durante el siglo diez y nueve. Sus pueblos alcanzaron la independencia formal pero arrastran, todavía hoy en el siglo veintiuno, un pesado lastre económico, político y social fruto de soberanías incompletas y de enormes objetivos incumplidos en materia de soberanía nacional y justicia social. Es lo que le imprime sentido al concepto de la lucha por la segunda independencia nacional, que es sobre todo la independencia económica.

Puerto Rico, Malvinas y Sahara Occidental son casos prominentes de dominación colonial. A estos se suman, entre otros, las llamadas Islas Vírgenes británicas, las también llamadas Islas Vírgenes estadounidenses, Aruba, Bonaire y Curazao, San Martin, Turcos y Caicos y Guam.

Hay casos extremos en los que la potencia colonial ha anexado varias de sus colonias como Guadalupe, Martinica y la llamada Guayana francesa, que fueron convertidos en departamentos de ultramar de Francia.

Obsérvese que gran parte del remanente colonial del siglo veintiuno ubica en Nuestra América, particularmente en el Caribe. Ese Caribe nuestro que fue punto de partida de la lucha independentista victoriosa en Haití, en 1804, y donde hoy han surgido ocho islas naciones en las Antillas Menores, así como Belice en 1981. Haití, cuyo pueblo merece la felicidad y tranquilidad que le ha sido vedada por tanto tiempo. Todo por haber sido el primero en abrir la brecha de la libertad en Nuestra América. El Caribe, que es a la vez remanente colonial y centro efervescente de luchas de liberación.

Europa nunca se ha ido de América, ahora con el acompañamiento de Estados Unidos. A través de sus colonias mantiene su influencia política, económica y comercial en este continente. A algunos podría extrañarle por ejemplo, que digamos que Francia tiene fronteras con Brasil y Surinam; y en efecto las tiene, en la Guayana. Una situación parecida ocurre con los Países Bajos y Reino Unido.

El derecho internacional sobre el colonialismo, que emana del artículo 73 de la Carta de la ONU y, sobre todo, de la Resolución 1514 (XV) de 1960, establece claramente que el colonialismo es irreconciliable con la dignidad humana, con la libertad plena y con la garantía de los derechos humanos fundamentales. Sin embargo, poco o ningún caso le hacen las potencias coloniales. Lo manipulan o, peor aun, lo ignoran. El caso más revelador lo hemos visto recientemente en el Sahara Occidental, donde de una u otra forma la ONU ha consentido en que el retrógrada reino de Marruecos mantenga el control sobre la patria del pueblo Saharaui en perjuicio del derecho de éste a su autodeterminación e independencia.

Así las cosas, cada persona que se respete a sí misma y que respete la dignidad humana, tiene que oponerse a la dominación colonial. No se trata de una posición discrecional o acomodaticia. Es una cuestión de principio. Como lo es la oposición a la esclavitud, a la discriminación racial o a la violencia de género.

Las grandes potencias poseedoras de colonias argumentan que se trata de asuntos internos que no son de la jurisdicción de la comunidad internacional. Pero la dignidad y la libertad no son asuntos internos de nadie; por el contrario, son de la absoluta jurisdicción de los pueblos del mundo.

La propia Organización de Naciones Unidas, que ha declarado las pasadas cuatro décadas como décadas por la erradicación total del colonialismo, avanza a paso de tortuga en ese sentido, no obstante el hecho de que gran parte de sus países miembros provienen del colonialismo. Han podido y siguen pudiendo más la influencia, las presiones y la impunidad de las potencias que aún poseen colonias en diversos continentes.

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Permítanme referirme a mi país de origen, Puerto Rico. Ustedes conocen bien la trayectoria historia de esta nación caribeña y latinoamericana que lucha por su autodeterminación e independencia. En reiteradas ocasiones se han expresado en solidaridad con ese pueblo antillano al que han asumido como parte integrante de nuestra región.

El próximo veinte de junio –dentro de pocos días– el Comité de Descolonización de la ONU tendrá ante su consideración una vez más el caso colonial de Puerto Rico. Evaluará y seguramente aprobará una resolución en la que se reconoce el derecho inalienable –es decir irrenunciable—de este pueblo a su autodeterminación e independencia. Este año se cumple medio siglo –de1972 a 2022—desde que el Comité de Descolonización consideró por primera vez el caso colonial de Puerto Rico. Desde entonces se han aprobado decenas de resoluciones sobre ese particular. Ello ha tenido como resultado, sobre todo, el quiebre de la invisibilizacion impuesta por el gobierno de Estados Unidos sobre nuestra situación y la atención creciente de la comunidad internacional sobre la misma.

Antes, en septiembre de 2021 y aquí, en México, los países miembros de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños –CELAC—aprobaron por unanimidad una Declaración Especial sobre Puerto Rico. En la misma se reconoce nuestra condición de nación caribeña y latinoamericana sometida a la dominación colonial por el gobierno de Estados Unidos; se reitera nuestro derecho inalienable a la autodeterminación e independencia y, muy importante, la CELAC asume el caso colonial de Puerto Rico como asunto de su interés. Es decir, asume jurisdicción solidaria, como debe ser, sobre el irrefutable destino libertario de Puerto Rico.

El próximo 25 de julio se cumplen 124 años de la invasión militar de Estados Unidos contra Puerto Rico, en el marco de la Guerra Hispano-cubano-americana de 1898. Fuimos tomados entonces –y lo seguimos siendo—como botín de guerra, entonces junto a Cuba, Filipinas y Guam. Antes, de 1492 a 1898 –405 años—fuimos posesión colonial de España. En total, quinientos veinticuatro años ininterrumpidos de dominación colonial. En más de medio milenio el Pueblo puertorriqueño y sus predecesores no han tenido ni un segundo de libertad. Es en ese contexto, contra viento y marea, que se ha forjado la Nación puertorriqueña.

Ese mismo día 25 de julio se conmemoran setenta años de la fundación del Estado Libre Asociado (ELA) –en 1952–, criatura política con la que el gobierno de Estados Unidos pretendió convencer al mundo de que en Puerto Rico había cesado el colonialismo y se había iniciado una relación de socios en igualdad de condiciones. Se quiso convertir a Puerto Rico en lo que ellos denominaron la “vitrina de la democracia”, que debían emular los pueblos que en esos tiempos luchaban por su independencia y contra el colonialismo en el Tercer Mundo.

Al año siguiente –en 1953—el gobierno estadounidense logró que la Asamblea General de la ONU aprobara la Resolución 748 (VIII), que reconocía al ELA como una fórmula descolonizadora y como consecuencia se sacó a Puerto Rico de la lista oficial de colonias. Hubo que esperar hasta 1960, cuando se aprobó la Resolución 1514 (XV) y a 1972, cuando el Comité de Descolonización comenzó a considerar nuestra situación, para que se fuera generando un nuevo estado de derecho sobre el caso colonial de Puerto Rico. Queda pendiente una nueva decisión de la Asamblea General, que dé al traste con la resolución espuria de 1953.

Setenta años después, el Estado Libre Asociado está oficialmente en quiebra e intervenido por una Junta de Control Fiscal impuesta por el Congreso estadounidense. El modelo económico de la llamada industrialización por invitación ha fracasado; millones de puertorriqueños y puertorriqueñas se han visto forzados a emigrar; hoy la población puertorriqueña en Estados Unidos es mayor a la de Puerto Rico. El modelo de modernización económica y social en el colonialismo ha colapsado; siendo esto reconocido desde fecha reciente por las propias autoridades coloniales de Estados Unidos.

La opción a la quiebra colonial, a la ausencia de poderes políticos, a la precariedad económica, a la dependencia enfermiza y al desasosiego general tiene que ser la recuperación de la soberanía secuestrada en 1898, como lo establece el derecho internacional vigente, y el inicio de un proceso de emancipación en todos los sentidos de nuestra vida como Pueblo y Nación.

Somos conscientes que la responsabilidad primaria en la consecución de ese gran objetivo libertario corresponde al Pueblo puertorriqueño. Asimismo, resulta imprescindible la solidaridad de los pueblos y gobiernos de Nuestra América para que avance y fructifique esa lucha tan justa y a la vez desigual que se ha librado por tanto tiempo en la menor de las Antillas Mayores. No lo olvidemos, la lucha del Pueblo puertorriqueño por su existencia y su libertad ha sido directamente, en carne y hueso, contra la potencia imperialista más poderosa de la historia. No ha sido metáfora, sino dura realidad. Así de sencillo, así de cierto, así de dramático.

Los pueblos y gobiernos de América Latina y el Caribe tienen la enorme responsabilidad de contribuir decididamente a dar fin a esa lacra indeseable que es el colonialismo, donde quiera que ésta se manifieste. Los pueblos que estamos sometidos al colonialismo estamos en la primera línea de combate por la libertad que merecemos. Ustedes, queridos hermanos y hermanas, que ya han avanzado un tramo importante en la ruta de la libertad, tienen una valiosísima e imprescindible tarea que cumplir.

Ningún pueblo de Nuestra América será plenamente libre mientras haya un solo pueblo de Nuestra América que no lo sea. Contribuir a luchar por la libertad del otro, es asegurar la libertad de nosotros. Es nuestra gran tarea en el siglo veintiuno y desde ahora. Con la confianza puesta en que alcanzaremos ese gran objetivo y propósito de ser continuadores históricos de la lucha por la libertad y la felicidad de nuestro subcontinente.

Muchas gracias.

*Ponencia de Julio A. Muriente Pérez, Copresidente Movimiento Independentista Nacional Hostosiano (MINH) Puerto Rico

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