Opinión

Políticas de carne y hueso

Por Mabel Lemoniel 

Angelica tenía 82 años. La conocí en Santiago, julio del 2013, en el lanzamiento del programa Mira y Sonríe, Quisqueya Aprende Contigo, que buscaba atender necesidades dentales y visuales de adultos mayores que aprendían a leer y escribir. Quería aprender a leer su biblia y, en el acto, compartió la ilusión y el orgullo que sentía al poder leer salmos, escribir su nombre.

Altagracia sabía que sus hijos se alimentarían con una comida baja en sal y con vegetales, en una escuela nueva, grande y digna, cerca de su casa. Pastora, una pequeña comerciante del buen sazón, llegó a suplir dos mil raciones de alimentos, en cuatro escuelas, generando nuevos empleos.

Aquí su historia. Zeneido dejó de deforestar para convertirse en sembrador de más de 4 mil plantas y cuidador del agua. Vive en Elías Piña.

Rafael ahorró tiempo y dinero con la Farmacia del Pueblo de La Gina. Ya no tenía que ir a Miches a buscar pastillas para el dolor.

En el CAID, empezó a recibir cuidados integrales para su condición. Ahí, Gala era feliz. 

José y Dolores lograron crecer y vender sus dulces donde los grandes vendían, gracias a la democratización del crédito y Banca Solidaria.

Estas y otras acciones, fueron creadas como resultado de escuchar a la gente y sus necesidades, de conocerlos y sentir respeto y cariño por ellos.

Son más que nombres o estadísticas. Son beneficiarios reales de políticas de carne y hueso que deben protegerse y ampliarse. Sobre todo ahora, cuando se avecinan momentos difíciles.

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