Hablan los hechos

La heroica historia del último poema de Víctor Jara

Las últimas horas de vida del cantautor y poeta chileno Víctor Jara han pasado a la historia no solo por la crueldad con que la dictadura chilena encabezada por Augusto Pinochet lo torturó y asesinó el 16 de septiembre de 1973, sino también porque, aún en sus momentos más angustiosos, el artista logró expresarse con un poema que pasó a la historia.

Jara había sido uno de los 5.000 detenidos por la dictadura chilena que había sido conducido al Estadio Chile de Santiago, un recinto cerrado donde, al igual que muchos otros, sufrió golpizas y severas torturas. Además de los golpes y las quemaduras, pasaron a la historia la rotura de sus dedos y el corte de su lengua, como símbolo de ultraje a su capacidad de cantar y tocar la guitarra.

Antes de ser acribillado con 44 disparos, Víctor Jara pidió un pedazo de papel a Boris Navia Pérez, quien también había sido detenido en la Universidad Técnica del Estado el 12 de septiembre, un día después del Golpe de Estado contra el presidente Salvador Allende (1970-1973).

El propio Navia Pérez no solo reconstruyó las últimas horas de Jara con su testimonio sino que también contó la épica historia de cómo los compañeros de detención del cantautor se las ingeniaron para que su poema no fuera detectado y destruido por los soldados.

El 15 de septiembre de 1973, último día de Víctor Jara con vida, la noticia de que algunos prisioneros serían liberados esperanzó a los detenidos. «Frenéticos empezamos a escribirles a nuestras esposas, a nuestras madres, diciéndoles simplemente que estábamos vivos. Víctor, sentado entre nosotros, me pide lápiz y papel», cuenta Navia Pérez en un relato leído en 2003 durante un homenaje a Jara.

La inspiración de Jara fue interrumpida por los militares, que nuevamente lo alejan de sus compañeros para volver a ensañarse con él. Esa fue la última vez que los demás prisioneros lo ven con vida. Pero antes de ser llevado, alcanza a devolver la libreta a Navia Pérez.

Los compañeros de Jara ya habían visto su cuerpo sin vida y habían sido trasladados a la fuerza al Estadio Nacional de Santiago cuando Navia Pérez, con intenciones de escribir, vuelve a tomar la libreta. «Me encontré en mi libreta, no con una carta, sino con los últimos versos de Víctor, que escribió unas horas antes de morir y que el mismo tituló ‘Estadio Chile’, conteniendo todo el horror y el espanto de aquellas horas», contó.

Navia Pérez contó que, apenas encontrado el poema, acordó con sus compañeros conservarlo a como diera lugar, con la certeza de que si los militares lo encontraban lo destruirían en el acto.

Hacer copias del poema fue clave, ya que el propio Navia Pérez fue llevado a torturas horas más tarde. Allí un soldado examinó su zapato y encontró el poema.

«¿Por qué a los fascistas les interesaba el poema? Porque a cinco días del golpe fascista en Chile, el mundo entero, estremecido, alzaba su voz levantando las figuras y los nombres señeros de Salvador Allende y Víctor Jara y, en consecuencia, sus versos de denuncia, escritos antes del asesinato, había que sepultarlos», recordó Navia Pérez en su texto.

El detenido soportó las torturas con la esperanza de que, si los militares pensaban que habían logrado destruir el papel, había más posibilidades de que alguna de las copias lograran evadir los controles. «Una de las copias atravesó las alambradas y voló a la libertad», celebró Navia Pérez en su texto.

El periplo del texto fuera del Estadio Chile no fue menos épico. La copia que logró salir fue la del médico, que logró entregarlo a dirigentes comunistas en la clandestinidad. Una copia llegó al escritor chileno Camilo Taufic, que logró incluirlo en el libro Chile en la hoguera de 1974, divulgada de forma clandestina en Santiago.

Otra copia fue entregada a la viuda de Jara, Joan Turner, en el exilio por integrantes del grupo Quilapayún, al que Jara había pertenecido.

Desde entonces, el poema de Jara se convirtió en un símbolo de la resistencia y en una pieza especial del repertorio del cantautor. Si bien nunca pudo ponerle música a la letra, el poema fue musicalizado desde entonces por reconocidos artistas como Isabel Parra, bajo el título de Ay canto que mal me sales, o el estadounidense Pete Seeger.

Más recientemente, bajo el título Somos Cinco Mil, el texto fue versionado por la banda de rock psicodélico chilena Mr.Pilz.

La pieza también inspiró otras formas de arte, como el mural confeccionado por el artista Jorge Tacla y ubicado en el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos de Santiago. (Sputnik)

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