Editorial

Mentiras gubernamentales

Los actuales gobernantes, guiados por consultores y asesores que privilegian lo mediático a la realidad, han llegado a la conclusión de que sus mentiras no se notan, o quizás el pueblo se ha acostumbrado a ellas.

Qué equivocados están al seguir esta lógica de fabuladores, cuyo único interés es beneficiarse del consejo o la consulta que ofrecen, sin importar qué tanto afectan a la población.

La mentira es un gran enemigo de la democracia. Cuando el pueblo la percibe y desmonta tiende a indignarse.

Un titular de medios de comunicación no calma la indignación de los consumidores al comprar los productos que necesitan para alimentarse, pese a las declaraciones destacadas de un funcionario que ha dicho que los productos de primera necesidad han reducido su precio.

Rabia y molestia se siente al escuchar que los materiales de construcción han bajado sus precios o que los hospitales están abastecidos de medicina.

Cómo se explica recurrir a la mentira para pretender justificar el recorte al presupuesto de Educación, que por deficiencias no se ha podido invertir.

Iniciativas gubernamentales se venden a la sociedad con la falsedad de que son acciones implementadas por primera vez, sabiendo que en el pasado gobierno todo eso que anuncian y pregonan se hizo.

En las estafetas de las distribuidoras de electricidad los usuarios se preguntan a dónde fue a parar el compromiso del jefe del Estado de detener el reajuste en la tarifa por consumo de electricidad.

Promesas incumplidas que se responden, sin inmutarse, con mentiras una detrás de otra.

Mentir implica un engaño intencionado y consciente y un gran riesgo para su autor porque en definitiva el mentiroso, según Baltasar Gracián, en «El arte de la prudencia»: “tiene dos males, ni cree ni es creído”.

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