Hablan los hechos

Las históricas figuras de José Martí, de Cuba, y Máximo Gómez, de República Dominicana, constituyen un símbolo de la unión patriótica y de amistad entre las dos naciones.

Gómez era un guerrero que usaba el machete como si en las manos atesorara un relámpago; Martí, un intelectual que a los 16 años de edad sufrió prisión por sus creencias políticas, que le hacían soñar con una Cuba libre.

Seis días después del 10 de octubre de 1868, cuando el patriota Carlos Manuel de Céspedes lanzó las campanadas de su ingenio La Demajagua para luchar por la independencia de Cuba, el dominicano se unió a sus tropas.

La guerra duró 10 años y Cuba siguió bajo el dominio de la lejana corona, pero Gómez nunca dejó de pensar en que aquella tierra tan cercana a su país de nacimiento, tenía derecho a ser liberada del colonialismo español.

Surgió, junto a los veteranos, otra pléyade de patriotas más jóvenes, entre ellos Martí, un habanero de corazón, hijo de españoles, que sintió el dolor del grillete puesto en su tobillo por sus represores cuando meses después de iniciarse la contienda independentista, declaró su decisión de, si fuera necesario, entregaría su vida a la causa patriótica.

Los rumbos cambiantes de la existencia hicieron que solo en 1884, Gómez conociera personalmente a Martí en Nueva York, donde este residía y conspiraba.

Desde que sintió el peso del grillete, pobre, con solo las entradas de su labor como periodista y diplomático, el apóstol de la independencia de Cuba sabía que en el apoyo de aquellos dos grandes héroes a sus planes estaba en gran medida la posibilidad de liberar a Cuba de manera definitiva. Organizador supremo de la llamada Guerra Necesaria, unió de nuevo pensamientos y brazos de los combatientes de 1868 y los de 1895, cuando ese año se dio el grito de libertad o muerte.

La unidad nacional, fomentada por el Partido Revolucionario Cubano (PRC) fundado por el poeta y escritor en 1891, permitió el reinicio de la contienda libertadora el 24 de febrero de 1895.

Para sellar la unión entre aquellos libertadores, Martí y Gómez firmaron en la localidad dominicana de Montecristi un manifiesto que constituía el programa de la Revolución.

Dos meses después, los dos desembarcaron en Cuba por playita de Cajobabo, en la costa sur de la oriental actual provincia de Guantánamo, mientras Maceo, junto a sus hermanos de sangre, también guerreros del 68, lo hacían por Duaba, cerca de Baracoa, en la misma provincia.

GUSTAVO ROBREÑO, UN MARTIANO DE SIEMPRE

Gustavo Robreño, considerado uno de los más importantes intelectuales cubanos, escritor, periodista y estudioso de la obra martiana, conversó , vía internet sobre la admiración, el cariño y la confianza mutua que primó entre estos dos guerreros nacidos en cercanas islas del Caribe.

Filósofo, habituado a la palabra grata, Robreño recuerda que cada año, en este país, donde Martí es querido como otro hijo, son recordados esos aconteceres de dos figuras unidas en sentimientos y responsabilidades.

Cuando Martí y Gómez estamparon su firma el 25 de marzo de 1895 en el Manifiesto de Montecristi, muy cerca del mar, quedó sellado el compromiso del veterano soldado y sus compañeros a los planes libertadores esbozados a raíz del anuncio, en 1891, de la creación del PRC.

Tres días después, el 28 de marzo, el documento fue enviado a Gonzalo Sánchez de Quesada en Cuba, para que fuera entregado y distribuido entre los patriotas que esperaban instrucciones.

Para Robreño, el hecho de que la ciudad dominicana de Montecristi (en el norte del país) fuese el escenario escogido para la confección y firma del trascendental documento, se debe en lo fundamental a que era ya el lugar de residencia del Generalísimo Máximo Gómez y su familia.

Recuerda que de 1891 a 1895 el Héroe Nacional cubano, efectuó tres visitas a Quisqueya, con el propósito de establecer contactos con residentes cubanos, explicar los planes libertadores y recaudar fondos para la causa.

La tierra dominicana se convierte así en pieza clave y escenario principal de las labores de organización previas al inicio de la también conocida como “Guerra Necesaria”.

Martí llegó por primera vez a Montecristi a caballo el 10 de septiembre de 1891, procedente de Cabo Haitiano y de inmediato se dirigió a los almacenes Casa Jiménez, donde trabajaba Panchito, hijo mayor del Generalísimo, y de allí a la vivienda donde conoce a la familia Gómez Toro. Al siguiente día viaja a La Reforma, donde lo esperaba el militar Gómez.

No puede separarse la historia de la independencia de Cuba de la figura de Gómez, quien nunca dejó, como Martí y el lugarteniente general del Ejército mambí, Antonio Maceo, de conspirar para lograr la libertad de su tierra.

Allí duraron tres días las conversaciones entre ambos antes de partir hacia Santiago de los Caballeros, a donde llega el día 13 y se hospeda en la casa del patriota cubano Nicolás Ramírez.

En ese sitio, el delegado del Partido redacta la Carta de Santiago, donde invita a Gómez a incorporarse oficialmente como cabeza militar de la nueva guerra.

Para Robreño, la respuesta no por esperada le regocijó menos: “Para la parte de trabajo que me toca, para la parte de labor revolucionaria que me corresponde, desde ahora puede usted disponer de mis servicios. Patria y Libertad, M. Gómez”.

Tras una rápida visita de consulta a Gómez en junio de 1893, la última y tercera vez que Martí llega a Montecristi ocurrió el 7 de febrero de 1895. En esa ocasión viajó en bote desde Nueva York vía Cabo Haitiano.

En aquella oportunidad, precisa Robreño, tuvo lugar otro acontecimiento en la historia de las dos naciones: el insigne patriota elaboró y suscribió la Carta de despedida a Federico Henriquez Carvajal, el llamado Testamento Antillano, documento esencial del pensamiento martiano.

Para todo cubano que se enorgullezca y honre de serlo, afirmó Robreño, es impresionante e inolvidable la visita a la modesta casa de Montecristi, -hoy museo reconstruido bajo el gobierno del presidente Leonel Fernández- donde estremece pensar que allí, junto a aquel mueble parecido a un buró, estuvieron Martí y Gómez.

“Aquel pedazo de vivienda, aquel pedazo de Montecristi, es también, opinó, un pedazo glorioso de la Cuba de hoy, y allí se unen eternamente los dos países, por encima de cualquier otra consideración temporal”.

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