Opinión

Por Sergio Sarita Valdez | El rápido y expansivo desarrollo de las comunicaciones y modalidades de transporte ha reducido enormemente el tiempo en que se recorren enormes distancias. Los avances tecnológicos en la transmisión de voz e imagen en tiempo real convierten en una realidad las transacciones intercontinentales instantáneas. Con razón decimos que vivimos en una aldea global. Gracias a la tecnología somos capaces de reunir toneladas de datos que pueden ser procesados, analizados e interpretados de forma inmediata. Así hemos aprendido que el consumo excesivo e indiscriminado de recursos fósiles como son los derivados del petróleo generan abundante calor capaz de derretir los glaciares presentes en los polos terrestres. Las dos superpotencias industriales aportan un constante y significativo incremento del monóxido de carbono, aunado a un continuo aumento gradual de la temperatura. Otras naciones cual si fueran miembros de una enorme orquesta agregan sus partituras al dantesco concierto infernal de la autodestrucción. Los compromisos asumidos en los distintos cónclaves internacionales en los que representantes de los países ricos han decidido aportar su cuota para reducir la extracción orgánica de energía es una mano de aliento contra la fiebre que arde en las entrañas de la atmósfera que todos compartimos. En el ártico y la antártica el calentamiento global derrite los témpanos de hielo, lo que afecta directamente la fauna en el derredor, seguido de precipitaciones y barridas atmosféricas en distintos confines de la tierra. El laboratorio natural universal engendra nuevas variables de especies biológicas, llámense virus y bacterias, todo a una velocidad que no dan tiempo a implementar de manera oportuna y efectiva los antídotos correspondientes. De ahí las epidemias y pandemias que cada día con más frecuencia azotan a los terrícolas.

A diario nos enteramos de terremotos que sacuden distintas zonas de la geografía terrestre con su secuela de daños físicos y pérdida de vidas humanas. Las prolongadas sequías en el África subsahariana conducen a daños incalculables en la vegetación selvática y la vida animal. Tal es la dimensión del desequilibrio ecológico mundial que recientemente un día otoñal cualquiera en el penúltimo fin de semana de noviembre de 2023, la capital dominicana fue testigo de una precipitación récord que por unas cuantas horas puso a prueba el sistema de drenaje natural del Gran Santo Domingo. Los resultados no pudieron ser más catastróficos, sus residentes vieron el tráfico estancado en toda la Capital. El caos y la desesperación se adueñan de la mente de conductores, pasajeros y transeúntes que no lograban conseguir una ruta viable para llegar a sus destinos. Al mismo tiempo sus ojos atónitos contemplaban cómo crecían charcos y enormes lagunas en lo que minutos antes eran calles y avenidas. Decenas de carros eran arrastrados junto a sus conductores movidos por las frenéticas corrientes acuáticas. Las redes sociales mantenían la secuencia trágica de un banquete de vídeos espeluznantes con derrumbes y crecidas con el saldo de decenas de fallecidos y millonarias pérdidas materiales. Luego del pánico colectivo y de los acostumbrados lamentos del colectivo devino algo que no podía faltar. Dado que el fenómeno natural aconteció en medio de una feroz campaña electoral, francotiradores gubernamentales y opositores apuntaron sus cañones respectivos para el reparto de las culpas.

Mientras tanto, el drenaje capitalino sigue siendo un sueño local y el cambio climático una real y constante pesadilla global.

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