Hablan los hechos

La campaña electoral en México para los comicios generales del 2 de junio de 2024 revela desde muy temprano que, más allá de la batalla por la presidencia de la República y el control del Congreso, está otra tanto o más feroz: el reacomodo de fuerzas políticas.

Es que estos comicios son percibidos como muy importantes no solo para algunas organizaciones políticas en lo particular, sino también para la actual estructura partidista de México, obsoleta y necesitada de cambios radicales que acaben con los vicios de una democracia tutelada, gastada y en crisis desde que el neoliberalismo irrumpió.

La estructura sociopolítica mexicana, armada desde las postrimerías de la Revolución Mexicana de 1910, recorrió un largo camino de casi un siglo de manos del Partido Revolucionario Institucional (PRI).

Esto, hasta que sus flaquezas lo hicieron sucumbir finalmente ante su enemigo acérrimo, el Partido Acción Nacional (PAN), cuando las elecciones del 2000 develaron un estado de deterioro moral y ético que lo venía erosionando desde dentro, sobre todo por la corrupción.

Surgió así un entendimiento antihistórico del PRI y el PAN como si realmente en México funcionara un bipartidismo admisible por la ciudadanía, que veía cómo se derrumbaba un partido nacido al calor de la Revolución de 1910 y hacía concesiones suicidas al conservadurismo que lo enfrentó con toda su fuerza.

El llamado PRIAN, en cuanto a articulación política, no existía, pues en verdad Acción Nacional estaba desplazando al PRI como quedó demostrado en las elecciones del 2000 con Vicente Fox elegido presidente, y en 2006 con la imposición de Felipe Calderón, una pesadilla para el pueblo mexicano por la violencia criminal que generó y cuyas consecuencias siguen presentes con mucha fuerza.

La elección en 2012 de Enrique Peña Nieto elevó al cubo el régimen de corrupción establecido en los gobiernos de Fox y Calderón, mientras el PRI sufría como institución un descrédito tan abrumador que le perjudicaría de manera fatal en los comicios de 2018, cuando fue literalmente barrido de los cargos públicos en el gobierno central y los estados.

El Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), creado, impulsado y convertido en organización política por Andrés Manuel López Obrador, actuó como un imán y atrajo hacia sí a los militantes más cercanos a los orígenes del PRI, y de forma igual a los del Partido de la Revolución Democrática (PRD), descontentos con la derechización observada en esa agrupación.

Todo esto contribuyó a que el PRI y el PRD salieran muy debilitados de las elecciones en las cuales el obradorismo les arrebató en esa primera vuelta casi todas las gobernaciones que dominaban, y los curules de ambas cámaras, aunque el PRI quedó como segunda fuerza parlamentaria, pero bastante disminuida.

Si ya desde los gobiernos panistas perdió soberanía ante sus antiguos enemigos y ahora aliados, a partir de 2018 esa situación empeoró para el PRI al extremo de que ya no pudo prescindir para nada del PAN, cuya supremacía en las alianzas para las elecciones regionales fue muy evidente.

Las disidencias y conflictos internos pusieron al desnudo una crisis de liderazgo aún no resuelta, ni parece que va a serlo pues la cúpula no cede a los reclamos.

Las alianzas, sin embargo, no fructifican y hasta el momento todas las organizadas, como la de Va por México, han fracasado y originado nuevos conflictos entre los tres partidos que la componen, es decir, PAN, PRI y PRD, pues nunca pudieron reclutar a Movimiento Ciudadano para enfrentar la coalición que encabeza Morena e integran el Partido del Trabajo y el Verde de México.

Esa coalición, que en las elecciones de 2018 se denominó Juntos Haremos Historia, y ahora fue actualizada como Seguimos Haciendo Historia, batalla muy fuertemente para que sus disímiles corrientes internas no perjudiquen la unidad que prevalece, lo cual es la base de su éxito.

Hubo un momento de muy grave peligro en las encuestas populares para elegir al candidato a presidente de la República para junio de 2024 y, por tanto, líder del programa político Cuarta Transformación, y en apariencias está resuelto después de negociaciones internas muy privadas.

Todo el espectro se une apoyo a Claudia Sheinbaum para la presidencia de la nación y Clara Brugada para la jefatura de la Ciudad de México.

No sucede lo mismo en la acera contraria, donde las discrepancias entre los tres partidos hicieron trizas a un pretendido Frente Amplio por México que se fue diluyendo al no cumplir las expectativas de atemperar los intereses individuales y de organizaciones, ni lograr un consenso, todavía lejos de concretar.

Bajo la supuesta sombra del Frente Amplio -sin decir que ya no existe-, se creó con bombo y platillo la Coalición Fuerza y Corazón por México para la Presidencia de la República y el Congreso Federal, pero ese nuevo instrumento electoral que acaba de nacer heredó las mismas grietas del anterior y ya lo abandonaron candidatos del PRI y del PRD en lugares como Yucatán y Tabasco.

Hay un problema de fondo, y es que el PRI y el PRD apuestan a respaldar y hacer suya la candidatura a presidenta de la nación de la senadora Xóchitl Gálvez, a la cual las encuestas iniciales no la favorecen y ella lo admite, aunque asegura que, en su momento, alcanzará a Claudia Sheinbaum, quien le saca una amplia ventaja.

Es la primera vez que el PRI llega a unas elecciones generales sin candidato a la presidencia y eso afecta muchísimo su estima y la de su líder, Alejandro Moreno. Una parte importante de la militancia no aceptó esa pérdida de soberanía ante el PAN, y desertaron o se convierten en oposición dentro del partido.

Ante ese panorama, los tres partidos, de mucha experiencia en estas lides, ponen en la balanza casi al mismo nivel el interés de ganar la presidencia con la urgencia de no reducir su presencia en el Congreso, ni el dominio de las alcaldías de Ciudad de México, ni las nueve gobernaciones en pugna.

La gran batalla es que la coalición encabezada por Morena no logre la mayoría calificada, la cual le permita aprobar reformas para nadie ocultas, como la del Poder Judicial, y retomar otras que el gobierno no ha podido implementar por carecer de esa mayoría, como la energética o la del Instituto Nacional Electoral.

Mas en el fondo, en las elecciones de 2024 se juega también una nueva correlación de fuerzas a nivel de república en la cual pudieran incluso desaparecer los partidos más débiles, y los equilibrios que se logren sean menos favorables a la oposición de lo que son en estos momentos de 2023.

Lo mismo ocurrirá hacia el interior de cada partido, pues los actuales liderazgos del PAN, el PRI y el PRD, muy cuestionados por la militancia, podrían terminar y dar comienzo a reestructuraciones internas, si es que algunos no desaparecen en la contienda, como vaticinan analistas.

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