Opinión

Por: Juan Ariel Jimenez | En el artículo anterior se relató cómo la República Dominicana fue capaz de aprovechar el escenario internacional favorable para desarrollar varias actividades económicas como las zonas francas, el turismo y la construcción, generando así cientos de miles de puestos de trabajo y creando las condiciones para el dinamismo de otras industrias complementarias de bienes y servicios.

Tal fue el éxito de nuestro país que llegamos a ser la economía más dinámica de toda América Latina en el período 1990-2019, con un crecimiento promedio del PIB de 5.5%. En palabras sencillas, la economía en el año 2019 era 4 veces más grande que a inicios de los 90s. No obstante, las condiciones internacionales que facilitaron este dinamismo económico ya no estarán presentes en el futuro, por lo que es hora de reinventarnos.

Si todo proceso de planificación comienza con una reflexión sobre nuestra situación actual y cómo hemos llegado a este punto, el paso siguiente sería establecer objetivos y estrategias para alcanzarlos.

La primera meta de esta necesaria reinvención es mejorar la productividad. De hecho, debemos obsesionarnos con la palabra productividad, pues los incrementos en la misma son la mejor forma de aumentar el poder adquisitivo de los salarios de los trabajadores. Subir la productividad implica que cada persona produzca más bienes y servicios por horas de trabajo, para lo cual requeriría más y mejores máquinas de trabajo, más educación, mayor uso de las tecnologías, entre otras condiciones.

En algunos casos, elevar la productividad implica que cada trabajador mejore la forma como hace su trabajo actual. Por ejemplo, si anteriormente una secretaria podía redactar 10 cartas al día con una máquina de escribir, hoy en día puede redactar 30 cartas usando la computadora y la inteligencia artificial (ChatGPT).

En otros casos, incrementar la productividad requiere cambiar de trabajo, pasando de un empleo con baja productividad a otro de mayor productividad. Un ejemplo sería un trabajador que pasa de vender frutas en un semáforo a ensamblar artículos en una industria. Al hacer este cambio de empleo, el valor económico de sus horas de trabajo aumentaría, con lo cual pasaría a ganar mucho más dinero, mejorando así su calidad de vida.

Al respecto, vamos mal, muy mal.

Según los datos laborales del Banco Central, de los 329,379 puestos de trabajo creados o recuperados desde la pandemia del COVID-19, un 70% corresponde a comercio, construcción y servicios informales. En pocas palabras, la recuperación del empleo post covid ha sido básicamente empleos informales de baja productividad. Por el contrario, los empleos formales en las industrias, el sistema financiero y los servicios profesionales están hoy por debajo de su nivel en 2019.

Una segunda meta que debemos tener como país es crear cientos de miles de puestos de trabajo para las personas que todavía están en el desempleo, sobre todo para las mujeres, pues el desempleo en la República Dominicana tiene rostro de mujer, al punto que dos de cada tres desempleados en el país son mujeres.

Esta meta es sumamente importante porque un trabajo no solo es una fuente de ingresos, también es una fuente de satisfacción y sentido de dignidad.

Las dos metas anteriores, creación de empleos y mejoras en la productividad de estos, enfrentan el gran reto de los efectos que están teniendo las tecnologías en el mercado laboral. Esto no es nuevo, ya anteriormente empleos como los agentes de viaje habían sido sustituidos por páginas web como expedia o kayak, mientras que los operadores telefónicos han sido reemplazados por sistemas automáticos de voz (muy incómodos por cierto). Pero en el futuro, este efecto será mucho mayor, pues las tecnologías ya no solo pueden sustituir el trabajo mecánico, ahora la inteligencia artificial puede sustituir el trabajo intelectual.

Mirando a futuro, hay dos políticas que pasarán a ser mecanismos de supervivencia económica de la República Dominicana: la política educativa y la política industrial.

Reinventarnos y adaptar nuestro país al siglo XXI requiere de una vez por todas mejorar la calidad y pertinencia del sistema educativo. Pero mejoras reales, no de discursos ni de videos para las redes. Tampoco de elementos cosméticos como llenar las aulas de chulerías tecnológicas que en nada mejoran la calidad de los aprendizajes.

Fomentar el desarrollo de los estudiantes pasa por la difícil pero impostergable tarea de mejorar la calidad y eficacia de los maestros y directores de centros. Pero también es necesario pasar a un esquema flexible de aprendizajes que facilite la incorporación de auto aprendizaje y aprendizaje en los puestos de trabajo en las competencias del siglo XXI, pues es imposible para un sistema educativo ir al ritmo que actualmente va la sociedad.

En lo relativo a política industrial, debemos pasar de esquemas de bajos impuestos a esquemas de alta productividad, pues ni siquiera una exención total impositiva puede compensar una mano de obra de baja formación o una escasez de infraestructura básica. También debe identificar los nuevos nichos de mercado para la exportación, como los servicios profesionales. A modo de ejemplo, en Santiago hay empresas de tecnologías donde jóvenes de escasos recursos económicos pasan por un proceso de nivelación en inglés y matemáticas, luego aprenden programación, y en apenas dos años terminan siendo programadores a distancia para grandes empresas norteamericanas.

En conclusión, es hora de reinventarnos, ya no por aspiración, sino por supervivencia.

“Las opiniones en este artículo son exclusivas del autor y no representan la visión de las entidades a las que está afiliado el autor”.

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