Opinión

Por: Margarita Cedeño | La historia de nunca acabar es que muchos ciudadanos perciben que el Estado no satisface sus necesidades y que la culpa la tienen los políticos que, aún elegidos mediante procesos democráticos, no conservan la legitimidad necesaria para acometer los grandes cambios que requiere la sociedad. Gobernar siempre ha sido complicado, pero ahora más que nunca. La gobernabilidad es frágil y se hace difícil saldar las deudas sociales existentes, mientras van surgiendo otras más.

Algunos ya postulan por nuevos modelos de gobernanza más participativos, con más espacios de diálogo y concertación social para articular las aspiraciones de los ciudadanos con las posibilidades del Estado. Alinear las expectativas con las posibilidades ya debería ser materia obligatoria en cualquier programa de estudios sobre gestión pública.

Para todos los gobernantes, el fortalecimiento de las instituciones públicas debería ser una prioridad y una forma de resolver las dificultades de la gobernabilidad. Sin embargo, los fenómenos políticos que se imponen postulan por lo contrario, quieren concentrar más poder en menos manos y transformar las instituciones, demasiadas veces para mal, lamentablemente.

El nuevo paradigma de la gestión pública que busca más participación ciudadana se enfrenta a las ilusiones del populismo y la simplificación de los problemas de la gente. Hasta hace unos años, el proceso de fortalecimiento de la administración pública comenzaba por la adopción de herramientas de planificación, presupuesto, gestión y rendición de cuentas profesionalizados y basados en la ciencia. Hoy en día, muchos actores cuestionan esos instrumentos, por considerar que no arrojan resultados, o por lo menos no tan deprisa como algunos quisieran.

El riesgo de abandonar este camino está en que surjan figuras con la idea de imponer una visión del Estado cortoplacista y desarticulada, y que además, con cada cambio de gobierno volvamos a iniciar desde cero. Así nunca se podrán satisfacer las necesidades de la sociedad ni se cerrarán las brechas sociales y económicas que impiden el desarrollo humano.

Ante la situación de incertidumbre que vive la humanidad y las consecuentes crisis que se ven en el horizonte, el fortalecimiento de las capacidades públicas es sustancial para abordar los desafíos públicos, especialmente los que afectan a los sectores marginados de la toma de decisiones.

La grave desigualdad social del mundo y, sobre todo, de América Latina, solo se puede enfrentar con planes concretos, bien estructurados y financiados, que sean sostenibles en el tiempo, que cuenten con la connivencia de los actores públicos y privados para que sobrevivan a cualquier cambio político, porque el único factor que nunca va a variar es el tiempo, que siempre pasará a la misma velocidad.

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