Opinión

No eran las tres de la mañana como canta Juan Luis Guerra, sino las cuatro, algo así como el presagio anunciado por la abuela al estilo Sancho Pancho con el refrán de “martes, ni te cases, ni te embarques, ni de tu familia te apartes”, pero sí a lo García Marquez con lo de “Vivo para contarla”. Desprendidas 78 hojas del calendario pueden detener la mirada en el reloj del tiempo para narrar un simple pero profundo y significativo episodio real acaecido a quien suscribe y que puede servir de ejemplo para sostener una de las tesis planteadas y defendidas en los escritos que semanalmente, de una manera gentil que agradecemos, nos viene publicando este diario.

La cuñada y su esposo, ambos oriundos de la República Dominicana viajan desde Atlanta, Estados Unidos, acompañados de dos de sus nietos adolescentes para mostrarles la patria chica cuna de sus ancestros. Mi esposa y este servidor fuimos honrados como anfitriones. Ellos quedaban como amos y señores de la casa, en tanto que nosotros partiríamos hacia Boston para chequeos médicos y visita familiar a hija, nieta y yerno.

Llovía copiosamente esa madrugada mientras me ejercitaba en la máquina, pendiente de la llegada del repartidor del periódico que cotidianamente lanza el impreso en la marquesina. Tan pronto sentimos que pasaba la moto bajamos a recoger el diario. La premura del viaje y lo corto del tiempo impidió que nos percatáramos que la suela de ambos tenis se había mojado. Pretendí saltar sobre el equipo de ejercitar lanzándome sobre el pie izquierdo. Este último resbaló haciéndome perder el balance cayendo sentado y abierto del otro lado de la máquina la cual, aunque lentamente seguía funcionando. El impacto glúteo y la forzada extensión y abducción del muslo izquierdo fue tal que sentía como si un cirujano ortopeda me lo estuviera amputando sin anestesia.

Yacía semiconsciente en el piso de la segunda planta cuando noté la presencia de la esposa quien después me narraba que la caminadora la puso en la lona encima de mi sin que este servidor se percatara. Logró ponerse de pie y llegar hasta la habitación de los anfitriones en busca de auxilio. Estos últimos de inmediato se pusieron en acción y fueron a asistirme. Me cuentan que yo estaba inconsciente y que desperté pidiendo que me condujeran al baño. Ya dentro de la bañera volví a desmayarme un par de veces.

Oían que hablaban de llevarme a la emergencia de la clínica, en tanto el paciente médico insistía en que no percibía fractura, ni sangrado externo, aunque sí un intenso dolor en la cadera izquierda. Pedí un analgésico en dosis adecuada y acelerar los preparativos para llegar al aeropuerto a tiempo. A los 30 minutos ya estábamos en el mostrador de la aerolínea, siendo atendido tal y como la situación lo ameritaba. A las cinco horas aterrizamos en el aeropuerto Logan de Boston, Massachussets. Ya la ansiosa hija médica nos aguardaba con los arreglos para atender exitosamente el percance de salud.

El ser social se inicia en ese poderoso círculo representado por la familia, la cual como célula primaria, irradia amor y fuerza hacia los demás integrantes del planeta.

Para mis cuñados Altagracia y Otto, sus nietos, mi adolorida esposa, hija, yerno, nieta, y toda la restante cadena de auxilio, las gracias por permitirme seguir escribiendo.

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