Opinión

Cuando en el 2013, en el marco del Congreso Norge Botello, el “Conceptualizador” dijo que el PLD sería una fábrica de candidatos y candidatas sentí grima.

Juan Bosch había dicho que el PLD debía ser siempre una fábrica de líderes, de patriotas y de servidores del pueblo dedicados a concluir la obra de Juan Pablo Duarte.

De modo que el “Conceptualizador” imponía una nueva doctrina. Cambiaba radicalmente la esencia del Partido para convertirlo en fábrica de eternos aspirantes a una posición: primero en el Partido, después en el Estado.

Esa doctrina debió sonar a gloria en los oídos de miles de pequeños burgueses o clase media—como gustan llamarle también—recién llegados, unos, ya añejos los otros, ansiosos de fortuna y estatus social en un contexto de privatización total de la política.

Adiós a la función del PLD como inspirador de la organización y de la conciencia política de las masas. Adiós a la formación de líderes para servir al pueblo. Adiós al compromiso con la transparencia, la ética patriótica, la solidaridad y demás principios fundacionales.

Peor aún: el “Conceptualizador” no dijo que, por el momento, la fábrica sólo produciría un presidente: él. Tan pronto surgió un tercero, no dudó en desertar y pactar con Abinader la traición del 2020.

El daño estaba consumado. Una fábrica de aspirantes eternos no necesita medios. Vanguardia del Pueblo apenas sobrevive. Languidece sin ningún impacto en la población. La Revista Política desapareció…

Para candidatos y precandidatos eternos bastan los medios dominantes, verdaderas revistas comerciales al servicio de sus intereses; insaciables pretendientes del presupuesto publicitario del Estado y paremos ahí.

La obra monumental de gobierno de Danilo Medina no era noticia ni siquiera para los aspirantes eternos. Su cuestionamiento, sí.

Por delante queda hoy la tarea de reparar la nave y corregir el rumbo. El pueblo y Juan Bosch esperan.

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