Opinión

Por: Roberto Rodriguez Marchena | Lo inesperado, lo imprevisto, sucedió: el Nuevo Frente Popular (izquierda) ganó en Francia las elecciones legislativas del domingo pasado. Veintisiete (27) encuestas (todas) y los grandes medios (todos) auguraban -48 horas antes- lo contrario.

La victoria de la derecha del absurdo estaba asegurada. La operación cosmética de normalización había sido un éxito: cambió de nombre y puso a un joven por estandarte. El candidato fabricado de 28 años era el macho alfa, perfecto para obreros y franceses escasamente escolarizados.

Sin embargo…

Para grandes fortunas, la domesticación del Frente Nacional (rebautizado Agrupación Nacional) era preferible antes que una victoria del desobediente Nuevo Frente Popular, promotor de aumento del salario mínimo (SMIC) y de bajar a 60 años la edad de jubilación.

La Francia fracturada de los banlieues y de los chalecos amarillos, incapaz de gestionar el impacto migratorio y cultural posterior a la descolonización, de reacomodos en la economía globalizada, ahora con el desacople favorecido por EE.UU. hacia China y Rusia, se tambalea desde hace años en la inestabilidad social y política.

El declive del gaullismo sin de Gaulle (luego de Chirac), el fracaso de la social democracia vaciada postmitterrandista (PS de Jospin y Hollande), los escándalos de Sarkozy y las dificultades del centro de Macron para estabilizar la conflictividad social, favorecieron la polarización entre el sentido común y el absurdo social, económico y político.

La gran victoria (incompleta) del Nuevo Frente Popular liderado por Mélenchon, la resiliencia mostrada por Macron y el fuerte empuje de la Agrupación Nacional de Marine Le Pen, crean un nuevo escenario con múltiples posibilidades, todas conflictivas.

¿En qué parará la cosa damas y caballeros? Pronto sabremos.

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