Opinión

Por: Ramón Tejeda Read | Si no estuviéramos hablando del país más poderoso del planeta, debería ser conmiseración lo que despierte el recién transcurrido debate entre el presidente Joe Biden y el expresidente Donald Trump.

Podríamos hasta decir con Carlos Puebla, a propósito de la juramentación de Gerard Ford como presidente de EEUU en 1974: “Pues mire usted, pues mire usted/ que a mí me parece Ford lo mismo que Chevrolet”.

Pero es también como para sentir indignación ante un imperio y una clase dominante que no sienten el más mínimo respeto por sus líderes y por sus ancianos.

Que los deja en ridículo al exponerlos en sus miserias: convicto, uno, de decenas de acusaciones de diversa índole; obligado a pagar millones de dólares fruto de varias condenas; y el otro, no menos vapuleado por acusaciones del mismo jaez contra familiares suyos y, además, en avanzado estado de senilidad.

Pero se trata de la potencia más poderosa del mundo y más que conmiseración o indignación es para sentir preocupación.

Preocupación porque el imperio norteamericano ejerce una influencia abrumadora en cuanto sucede en prácticamente todo el mundo. Porque actualmente libra junto a la también decadente Europa una de las guerras más costosas y peligrosas de la Historia y porque sus líderes, en un acto de irresponsabilidad supina, han colocado sobre la humanidad una espada de Damocles al entregarse en cuerpo y alma al peligroso negocio de la guerra.

El debate Trump-Biden deja en cueros a la democracia norteamericana y a su clase gobernante y advierte sobre la profunda crisis política, social, económica y moral que abate a la gran potencia, una noticia muy grave para el mundo.

Ojalá que lo que hemos visto hasta ahora no vaya a peor y que pueda la humanidad salir sin mayores daños del parto a que está convocada.

Porque hoy más que nunca, como lo advertía Silvio Rodríguez, “la era está pariendo un corazón”.

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