Opinión

Por: Temistocles Montás | La política es un terreno fecundo para el divorcio entre lo que se dice y lo que se hace. Es un asunto que tiene una larga historia.

En un reciente artículo del periódico El País, de España, firmado por Irene Vallejo, se indica que en los primeros siglos de la república romana se produjeron luchas entre patricios (los nobles) y los plebeyos debido a que estos últimos se encontraban en una situación de menoscabo y deseaban alcanzar la igualdad jurídica. Vallejo explica que en ese contexto, un tribuno llamado Licinio Calvo propuso una serie de iniciativas legislativas con el propósito de contener los excesos de los ricos, limitando la acumulación de tierra en manos de un solo propietario y protegiendo a los deudores frente a los acreedores.

Esas iniciativas fueron conocidas como las leyes Licinias y fueron aprobadas con la oposición de los patricios (los nobles).

Sin embargo, años más tarde, el ex tribuno Licinio Calvo, promotor de las leyes Licinias, fue acusado de violar su ley por acaparar más tierra de lo permitido.

Su avaricia, según Vallejo, rebasó los límites y acabó condenado a la pena que él mismo había fijado como legislador.

Lo relatado es un buen ejemplo de lo que significa el doble rasero y pone de manifiesto la incoherencia con que, a menudo, se actúa en política.

El mundo de hoy está repleto de ejemplos de doble rasero. Por ejemplo, en la política internacional, la postura de la gran mayoría de los países desarrollados de condenar sin dilación la anexión rusa de partes de Ucrania, mientras permite que Israel lleve a cabo una política de exterminio y de anexión de territorio contra los palestinos, estableciendo un régimen de apartheid, es un caso evidente de política de doble rasero.

No se trata de un asunto casual. Hace un tiempo, Joseph Borrell, Alto Representante de la UE para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, expresó que “la diplomacia es el arte de gestionar el doble rasero”. O sea, Borrell reconoce el doble estándar de la política internacional. Las normas y los principios se aplican según la conveniencia, y eso está conduciendo al socavamiento de la democracia y al desencanto de los ciudadanos con la política.

América Latina y el Caribe es una región fértil en doble rasero. “La ley para mis enemigos… para mis amigos la comprensión” es una frase célebre que solía emplear Carlos Ibáñez, quien fuera presidente de Chile durante dos ocasiones (1927-1931 y 1952-1958). Eso sintetiza lo que con frecuencia ocurre en nuestros países y nos señala por qué existe una gran falta de Estado de derecho en nuestra región.

El Estado de derecho implica que todas las personas e instituciones dentro de un país están sometidas a leyes claras, justas y establecidas previamente, que son aplicadas y ejecutadas de manera imparcial. Esto incluye al gobierno y sus funcionarios, que deben actuar de acuerdo con la ley y no por encima de ella.

El pilar fundamental en el que se asienta la democracia es el Estado de derecho. Para que una democracia sea efectiva y duradera, debe estar profundamente enraizada en el principio del Estado de derecho, asegurando que las leyes se apliquen de manera equitativa y justa, protegiendo así los derechos de todos los ciudadanos.

El doble rasero en el ejercicio de la política pone en entredicho el estado de derecho porque socava el principio de que todo el mundo, incluidos los líderes políticos y los grandes empresarios, están sujetos a las mismas leyes. La percepción de que existen favoritos; o que ciertos individuos y grupos están por encima de la ley termina generando desilusión y cinismo hacia el sistema político.

Además, la percepción de doble rasero conduce irremediablemente a una desconfianza en el proceso electoral, lo que puede resultar en bajas tasas de participación y cuestionamiento de los resultados electorales La política de doble rasero conspira contra el fortalecimiento de la democracia en la medida que socava la confianza en las instituciones, fomenta la corrupción, perpetúa la desigualdad, debilita el estado de derecho, aumenta la polarización social y desmotiva la participación ciudadana.

El fortalecimiento de la democracia pasa por superar la política de doble rasero.

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