Además de los profundos cambios políticos que se produjeron a partir del final de la guerra fría, que tuvimos a bien analizar en nuestro articulo anterior, el mundo ha sufrido una revolución en las relaciones económicas y forma de comunicación desde finales del siglo pasado.
Hasta la década de los 70 existía un fuerte comercio internacional, desarrollado desde la revolución industrial y la expansión de los medios de transporte acuáticos, que le permitieron a Inglaterra y otros países apoderarse de los mercados en casi todo el mundo.
El comercio del siglo XIX se limitaba al transporte de materias primas desde los países mas pobres, la industrialización en las grandes plantas existentes en los países mas desarrollados y la distribución de los productos terminados por todo el mundo.
Sin embargo, cuando en los Estados Unidos se crean las líneas de ensamblaje a fines del siglo XIX, este país se convierte en el exportador mas importante de bienes: maquinas de coser, refrigeradores, automóviles, etc., que se masificaron por la disminución de los costos, por lo que se expandió la necesidad de adquisición de nuevas materias primas, como la resina para el caucho, acero y otros metales, lo que produjo una fuerte expansión del comercio.
A partir del final de la Segunda Guerra Mundial, son los Estados Unidos quienes surgen como la potencia industrial hegemónica y, en medio de la Guerra Fría, se imponen las políticas de protección de la producción nacional, que comienzan a caer en la década de los 70.
Es la época de la competencia por precios y capacidad de producción; los Estados Unidos construyen enormes plantas capaces de disminuir los costos por la economía de escala, lo que produjo una gran expansión del comercio internacional y la aparición de las compañías multinacionales.
Del comercio internacional a la globalización
Es en la década de los 70, cuando en Japón se produce una transformación en la producción de bienes, que comienza a sentar las bases de las reformas del comercio internacional, a las que posteriormente se le denominaría globalización del comercio.
Japón es un grupo de islas habitables mínimamente y sin recursos naturales importantes, por esto, para ser una potencia industrial en el mundo tuvieron que crear pequeñas células de producción, las que dependían del aporte de piezas y productos construidos en otras naciones.
Es así, que por la falta de espacio para almacenamiento de las piezas que componen los productos, este país tuvo que organizar una red de ensamblaje internacional para producir los bienes que distribuían por todo el mundo.
Esto desarrolló el llamado “outsourcing”, es decir contratar en otros países lo que necesitaban para producir, estos debían de llegar “just on time” ante la imposibilidad de almacenar y mantener en movimiento las lineas de ensamblaje; posteriormente los bienes producidos debían ser distribuidos por todo el mundo en forma rápida y eficiente.
Todo esto obligaba a la construcción de barcos de tamaño inimaginable hasta ese momento, ya que se necesitaba transportar grandes cantidades de combustibles, piezas, materias primas y al final los productos terminados todo “just on time”, para que no se detuviera la cadena económica de producción y consumo.
La globalización de la competencia
Todo este entramado, de producción y distribución, que integraba a una multiplicidad de países, se expandió rápidamente, ya que los Estados Unidos, principal productor mundial, tuvo que adaptar su economía a los retos que se plantearon con la globalización de la producción y el comercio.
Los desafíos que llegaban de Asia, junto con el aumento de las leyes protectoras de los trabajadores norteamericanos, hizo que sus empresas comenzaran a buscar lugares extraterritoriales donde producir a menor costo para poder mantener precios competitivos con la industria de oriente.
La industria de bienes de consumo (zapatos, textiles) se trasladó a lugares que les ofrecieran condiciones que les permitieran contratar mano de obra intensiva para el ensamblaje de los productos, lo que posteriormente lo harían las industrias europeas y el resto de las naciones asiáticas, provocando que hoy en día exista un mundo interdependiente tanto para la producción como el consumo.
El siglo XXI, desde el punto de vista del comercio y la producción, es un mundo global en cuanto a que la mayoría de los productos se consumen en todo el mundo y se producen con mano de obra mezclada de diferentes países.
Globalización y República Dominicana
En nuestro país, como en gran parte del continente, fue aplicada en la década de los 60 y 70 la llamada política de protección de la industria nacional, creando las barreras alanceralias que otorgaban ventajas competitivas a los bienes de producción interna.
Sin embargo, para América Latina, incluyendo a la República Dominicana, fue impuesta por la ruta económica denominada el Consenso de Washington, una serie de mecanismos de des-regulación económica que llevó a la apertura y a la obligación de los productores nacionales de competir con los productos importados.
A través de acuerdos internos y de libre comercio, se internacionalizaron las grandes empresas multinacionales, la competencia en el transporte, privatización de las empresas públicas, apertura de los mercados financieros, aporte en mano de obra de los países menos desarrollados; en fin, una nueva relación económica que se expande en la medida que cedió también la barrera ideológica a principios de los 90.
El líder político del Siglo XXI
El liderazgo político entonces ha cambiado a medida que las relaciones entre los países y la realidad de una apertura económica imparable, mutan hacia un mundo diferente al que conocimos hace apenas medio siglo.
Sería imposible para cualquier líder político responsable, no entender la imposibilidad que existe de aislamiento ante esta nueva relación entre los pueblos que todavía esta en pleno desarrollo.
Ademas de una economía nacional, los líderes políticos deben entender cual es su posicionamiento en la economía regional y global, e identificar las áreas donde su país podría tener ventajas competitivas en un mundo cada vez mas exigente y competitivo.
El líder de este siglo debe apostar por la tecnología y la innovación, que son los sectores de mayor crecimiento e impacto para los grandes cambios que observamos en la vida diaria y la forma de hacer negocios.
Los avances en la industria de la salud, transporte, producción, ingeniería y educación, obligan a realizar profundos cambios en nuestras sociedades.
El que se plantee ser un líder moderno debe también estar consciente de que los países deben crear un ambiente sostenible para la creciente explosión demográfica que agota los recursos del planeta.
Esto es especialmente importante en la República Dominicana, que junto con Haití habita el espacio geográfico como mayor densidad demográfica de todas las Américas.
Los desafíos en cuanto a la producción de alimentos, protección de los bosques, de los depósitos de agua, de la fauna y la flora, de las especies acuáticas, son enormes por el crecimiento exponencial de la población.
En fin, el líder político que exige el Siglo XXI es muy diferente al que mantuvo vigencia en el siglo pasado, las relaciones económicas, geopolítica, formas de producción, relaciones internacionales y todos los desafíos de futuro han cambiado, por lo que el liderazgo político también lo deberá hacer.
La semana próxima analizaremos los desafíos en cuanto a las vías de comunicación política que se le plantean al líder político de la globalización.