El título de esta nota editorial es el término al que se ha recurrido para describir lo sucedido en la cuna de la Constitución de la República, en la que primero se escuchó y sintió una fuerte explosión y luego se vieron enormes llamaradas, que en tiempo breve han producido un saldo preocupante de luto, dolor, destrucción y muerte.
Pasan de treinta los reportes de personas fallecidas y suman decenas los quemados y heridos, muchos en precarias condiciones de salud y en muy mal estado de gravedad.
Un mar de especulaciones ha surgido sobre el origen del siniestro, que las autoridades han complicado al no escoger una vocería oficial.
Tantas versiones dan a entender que se procura ocultar algo; es lo que ya comienza a decir la gente, cansada de tantas mentiras y anuncios incumplidos.
Lo cierto es que lo ocurrido en San Cristóbal ha conmovido a toda la nación, con una vocación solidaria y colaboradora, como se refleja en el trabajo de los rescatistas, los voluntarios y las ayudas que se vienen canalizando.
Sin embargo, por muchos que sean los buenos deseos, nada superará el dolor en las familias afectadas por un pariente fallecido, desaparecido, quemado, herido. De todas maneras, se agradece el respaldo recibido.
El luto embarga a la familia dominicana ante este trágico suceso desgarrador que requiere una respuesta eficaz y responsable que trascienda las poses y el estilo mediático que ha caracterizado a la presente gestión de gobierno.
Tanto dolor, pérdidas, tormentos, propios de sucesos trágicos, requieren de ayuda, comprensión, colaboración, no simples anuncios o promesas incumplidas, como ha sucedido en otras ocasiones.
Las descripciones de lo que allí se ha vivido lleva a la conclusión de que República Dominicana está repleta de peligros, para cuya superación se debe trabajar seriamente no con oportunismo ni exhibicionismo.