Por: Iscander Santana | En algún salón discreto donde Putin y Trump se encontrarán próximamente, dos hombres trazarán líneas sobre mapas de territorios que definen el futuro de un continente que no estará presente en la conversación. Europa espera, como paciente en sala de emergencia, el diagnóstico que dos médicos extranjeros emitirán sobre su propio cuerpo. La negociación sobre Ucrania se desarrolla entre las dos únicas voces que importan, y Bruselas ha confirmado algo que prefería seguir negando: no está invitada porque su opinión no es relevante.
El anuncio de la cumbre Putin-Trump ha desnudado una realidad que mil días de guerra, dieciocho paquetes de sanciones y ciento cincuenta mil millones de euros enviados a Kiev no pudieron ocultar: Europa puede haber apostado todo su prestigio a una partida donde nunca tuvo las cartas.
Mientras los burócratas de Bruselas emiten comunicados sobre «principios inquebrantables» y «soberanía territorial», Washington y Moscú preparan el menú de un banquete geopolítico donde Europa será el plato principal, no el comensal.
La hora de la verdad
La reunión Putin-Trump representa el momento bisagra donde se define si Europa mantiene alguna relevancia
geopolítica o se confirma como provincia próspera pero políticamente irrelevante. Cada concesión territorial que se negocie sin presencia europea será una humillación más al proyecto que se creía protagonista de su propio destino.
Una Europa que depositó su credibilidad en el éxito ucraniano descubre ahora que su destino se decide en conversaciones donde su voz no resuena. El eje París-Berlín, columna vertebral del proyecto europeo desde 1957, se tambalea ante la perspectiva de ser espectador de su propia irrelevancia.
Polonia y los países bálticos, que comprometieron hasta el tres por ciento de su PIB en esta apuesta, observan con horror cómo sus destinos se negocian entre poderes que podrían sacrificar sus
intereses en aras del «realismo geopolítico». Alemania y Francia enfrentan la posibilidad de explicar a sus socios orientales por qué Europa no tiene asiento en la mesa donde se decide el futuro europeo.
El nuevo Yalta
La cumbre Putin-Trump evoca inevitablemente febrero de 1945, cuando Roosevelt, Churchill y Stalin dividieron Europa sin consultar a los europeos. La diferencia es que esta vez Europa existe como entidad política, pero su ausencia de la negociación confirma que su existencia es más formal que real.
Si Putin logra consolidar territorios ucranianos y Trump obtiene una «paz» que le permita reclamar victoria diplomática,
Europa habrá financiado su propia humillación. Cada euro enviado a Kiev, cada discurso sobre «valores europeos», cada sanción implementada, se revelarán como gestos teatrales en una obra donde otros actores escribían el guión final.
Una Rusia que negocia como igual con Estados Unidos habrá demostrado que el poder militar sigue siendo más efectivo que las sanciones económicas para cambiar el tablero geopolítico. China, desde Pekín, extraerá lecciones obvias sobre Taiwán y la utilidad real de las «condenas internacionales».
La fractura inevitable
Cualquier acuerdo Putin-Trump dividirá Europa como un rayo parte un árbol. Los países del este, que interpretaron el apoyo
a Ucrania como garantía existencial, se sentirán traicionados por una Europa occidental que prefiere la estabilidad económica a la coherencia geopolítica.
Hungría y Eslovaquia, esos parias de Bruselas que mantuvieron posiciones incómodamente pragmáticas, emergerán súbitamente reivindicados. El modelo Orbán de soberanía selectiva y realismo sin complejos se extendería como alternativa al idealismo europeo que habría demostrado ser tan costoso como inefectivo.
La ironía suprema
La paradoja más amarga es que Estados Unidos podría emerger fortalecido de una negociación que sacrifique intereses europeos. Washington habría «sangrado» a
Rusia durante tres años, debilitado a su rival estratégico, y demostrado una vez más la dependencia europea de decisiones tomadas en otra capital.
Una negociación directa Estados Unidos-Rusia sobre el futuro europeo confirmaría que el siglo XXI sigue siendo bipolar, no multipolar como soñaba Bruselas. Europa descubriría que su «soberanía estratégica» había sido siempre una aspiración más que una realidad.
Trump obtendría su «gran acuerdo» para la historia, Putin consolidaría ganancias territoriales, y Europa pagaría la cuenta de una guerra que otros decidieron terminar.
El epitafio de un sueño
El proyecto europeo, construido sobre la
premisa optimista de que la integración económica podía reemplazar al poder militar, enfrenta su primera prueba existencial real. Una Europa próspera pero políticamente irrelevante sería el epitafio involuntario del sueño nacido en Roma en 1957.
En los pasillos de Bruselas, pocos se atreven a pronunciar la palabra que define la situación: marginalidad. Pero la marginalidad geopolítica, como las tragedias griegas, no se evita negando su existencia. Se enfrenta, se asume, y se aprende de ella.
O se acepta como condición permanente.
La pregunta ya no es si Ucrania puede ganar. Es si Europa puede sobrevivir a ser espectadora de su propia irrelevancia, o si
lo que emerja será algo tan diferente que necesitaremos un nombre nuevo para llamarlo.
Europa está a punto de descubrir si es un actor geopolítico o simplemente un mercado próspero con pretensiones políticas.