La batalla electoral comenzó con un tren que avanza a alta velocidad desde el 1996, que tiene como referencia traumática la obligatoria parada en la estación de mayo del 2000, donde se cambió el maquinista que a su vez cambió el rumbo de los vagones dirigiéndolos hacia rieles incompatibles con el diseño de su rodamiento, lo que provocó las fricciones y vibraciones que llevaron a la máquina y a los pasajeros al destornillamiento de la esperanza, atornillada luego en la estación de 2004, restaurada completamente en la de 2008 y reimpulsada en la de 2012.
A tres estaciones de la del 2000, magos de mala muerte, de circos improvisados, pretenden sacar elefantes de un sombrero para distraernos y, en medio de la distracción, borrar el surrealismo amargo que representó aquella pretendida paternidad publicitaria que terminó en la caricatura del padrote que engendra sin cesar, a suerte de locos, sin importarle si aparecerá el biberón y el contenido, la vianda o el multiforme pan que tanto está en el lápiz como en el cuaderno; en el libro de texto, como en el uniforme o el simple juguete anual de los Santos Reyes, porque divertirse en la acción de procrear, el relajante dominó y la incesante bullanguería, son su norte.
Sacar elefantes y genios de las botellas es más fácil que abordar un debate serio, comparar administraciones, medir eficiencias en el manejo de las cuestiones públicas, si no tienes nada positivo que mostrar, porque sería como meterse en una jaula llena de leones y completamente inerme. De ahí la importancia de vender a un capo como un héroe nacional, tarea a la que se prestan medios de comunicación y comunicadores que aparecen en el banco de la moral como accionistas mayoritarios, pues el vendido modelo para la sociedad, con su carga de legitimidad tiene el poder para producir megle en cantidades industriales y, con la ayuda de los santos varones, ungidos por los dioses como dueños absolutos de la verdad, lanzarla para que el hedor permanezca durante todo el período de la campaña electoral.
Pero no solo lanzan desperdicios pestilentes contra la amenaza visible a sus pretensiones de poder o la causa de su amargura, de la envidia que perturba sus sueños y los convierte en seres infelices, también echan manos de aquellos individuos que llegando a la hora del almuerzo, se sentaron a la mesa para comerse el guiso que prepararon durante años los que se quedaron oliéndolo. Esos comensales, que “comen con los ojos”, como decía mi madre, quieren continuar comiendo y vomitando para seguir disfrutando de los manjares del poder, plantan cizaña, sin que les importe la casa de Bosch; total “ese viejo loco” siempre fue su enemigo.
Sin preocuparse por la indigestión, le marchan a Leonel, al que “el loco” aquel llamó “minita de oro”. Y en su marcha alevosa pretenden secuestrar a un sabio, fino y excepcional estratega, Danilo, que conoce, como alumno aventajado de “El Viejo”, al tuerto durmiendo y al cojo sentado, por lo que no se dejará seducir a una aventura llena de candados con cinturones de castidad.