Humberto Almonte
Quien crea en la inocencia ideológica del cine está más perdido que un explorador en las selvas amazónicas. Y no es el caso de Joseph Conrad en el Corazón de las Tinieblas, desorientado geográficamente pero muy ubicado en la claridad meridiana de sus pensamientos e intenciones, pues para el pensador nunca son más luminosas sus ideas que cuando se sumerge en el pozo de sus honduras espirituales.
Cuando Goddard sentencia “…el cine es la verdad veinticuatro veces por segundo…”, no está expresando una frase bonita para ser citada, enuncia la razón intrínseca de un arte industrial que padece una bipolaridad beneficiosa para el espectador, reciba este su mensaje y lo entienda, o no.
Esas verdades, dadas a conocer por el cineasta francés, no son las buenas nuevas con raíces bíblicas, ni las palabras como fuentes de sabiduría que nos venden los gurús del coaching. Son las dagas hirientes que se hunden en la realidad social para verter la sangre de lo que molesta, inquieta y padece la colectividad a manos del poder.
Goddard entendió el espacio social como una fragmentación de ideas, acciones o sentires. La inquietud es la expresión verídica de lo que somos, pues la laxitud no es más que un espejismo para adormecer a las almas conformistas que cultivan ese quietismo que va en contra de las esencias de lo que somos o de lo que necesitamos ser.
Los cineastas se balancean entre la complacencia y el martirio, y no estoy pensando en el Daesh o Isis, ni mucho menos en el espectáculo inocente que nos hace reír y pasar un rato divertido. Me refiero a su responsabilidad social, que a veces tiende a lo corporativo y otras a la placidez opiácea, desertando de su objetivo primario, aquel anunciado por el lucido Jean-Luc Goddard.
Sea usted parte de la gran industria de los países más ricos o avanzados, o que habite las cálidas regiones del continente americano u otras latitudes con menos recursos financieros y tecnológicos, no puede desertar de estas asignaciones que sobrevuelan como nubes cargadas de electricidad sobre cada uno de los integrantes de la gran tribu fílmica.
Aunque… ¡ojo! Expresarse claramente, mostrar lo menos bonito o cómodo de su colectividad, no le da derecho a hundirse en las arenas de lo aburrido o lo docto, mucho menos en el facilismo argumentativo, tentaciones todas en las que caen una y otra vez los espíritus elitistas o corrompidos por la avaricia. Creemos, como Buñuel, que aburrir es uno de los pecados capitales del cine.
Ningún genero fílmico puede excluirse para tratar asuntos polémicos o de interés colectivo, un drama es tan bueno como una comedia, y quienes piensan que la ciencia-ficción no cabe en ese saco, jamás han leído a Isaac Asimov, Arthur C. Clarke, Philip K. Dick, ni se han acercado al cine de Andrei Tarkovski, Stanley Kubrick o Ridley Scott, solo para mencionar unos cuantos que desmienten la ausencia de análisis crítico en este género.
Quien solo ve denuncias a la intolerancia humana en la película de David Wark Griffith con el mismo nombre, Intolerancia (1916), y no en los X-Men, les recomiendo que se sienten a observar con atención, y en vez de mutantes, vean a seres humanos discriminados por su raza, religión, pensamiento político, nacionalidad u orientación sexual, y se dará cuenta que no es tan simple el asunto.
Los dramones pesados, sesudos o las comedietas al uso, le llegan tanto al público como esos purgantes que dejan al organismo vacio de toxinas y flora intestinal, es decir, su efectividad es casi nula para fijar en las grandes audiencias un pensamiento con categoría de análisis y que las lleve mas allá de lo anecdótico y les haga cuestionar la realidad circundante.
El documental carga con el señalamiento, a veces muy prejuiciadamente, de ser un género para articular denuncias de males sociales ocultos en el tráfago de noticias que produce la sociedad moderna, aunque ese no sea su único tema ni la exclusiva línea de trabajo en que se desenvuelven los documentalistas.
Lo que sí es cierto, y le da una característica ventajosa en su accionar, es la cercanía con el ciudadano de a pie y la estructura social que le rodea, materias primas elementales para un arte que se erija en vocero activo y militante, que señale problemas y que proponga soluciones sólidas desde el corazón de la comunidad.
Cineastas como Oliver Stone o Spike Lee son celebrados cuando producen filmes de ficción conectados con problemas de raíz social, pero levantan pestañas cuando cambian de registro y puntualizan más directamente esos mismos asuntos desde la óptica documental, pues no tiene la misma fuerza una denuncia hecha por un personaje de ficción, que expresada a viva voz por quien la siente y padece en carne propia.
El Nuevo Cine Latinoamericano bebió de las fuentes que manan de “las venas abiertas de América Latina”, pues al igual que Eduardo Galeano, se inspira en las desigualdades aun presentes en nuestro continente al contrario de sus pares hollywoodenses y de otras latitudes con industrias más opulentas. A los cineastas de nuestra América no les es extraño producir cine de ficción con raíces marcadamente documentales, e inspirado en el ejemplo del neorrealismo italiano, el cine soviético o el documentalismo inglés.
La obra de directores como Julio García Espinosa, Fernando Birri, Glauber Rocha, Tomas Gutiérrez Alea, Román Chalbaud o El Indio Fernández, todas contienen una fuerte carga de compromiso social y búsquedas estéticas afincadas en el pensamiento progresista, y produjeron filmes que se erigen aun hoy día como cánones, pues siguen siendo formas originales de expresión.
Estos cineastas no se limitaron solo a dirigir filmes trascendentes y orgánicos con ataduras fortísimas a sus sociedades, sino que además produjeron textos como Dialéctica del Espectador de Gutiérrez Alea, Por Un Cine Imperfecto de García Espinosa, La Revolución Es Una Eztétyka de Rocha, Teoría y Práctica de un Cine Junto al Pueblo de Sanjinés, Por un Nuevo Cine Latinoamericano (1956-1991) de Birri. Todas muy útiles para discutir sobre estética fílmica desde la visión de estos realizadores.
¿Existe una teoría del cine dominicano como las que plantean los cineastas-teóricos de nuestro continente? Si bien tenemos una cierta cantidad de textos, y entre ellos aparecen propuestas de relevancia, en estos momentos esa discusión no se da como sucedió el pasado, y falta la continuidad con los pensamientos de hoy día para actualizar esas propuestas.
Nuestro cine está en construcción, en esta etapa debe producirse, y de hecho, los jóvenes cineastas andan en búsquedas que llegado su momento, es indudable que fructificarán en teorías y textos útiles para la discusión en la vía de una estética general propia con raíces dominicanas y universales.
Por el recorrido que hemos hecho es posible determinar la ausencia de la inocencia ideológica del cine, porque desde sus inicios ha servido para reflejar de todas y cada una de las clases sociales, los gobiernos, las empresas y los cineastas, colocados en el mismo trayecto del capital de este arte e industria.
Los cineastas, como productores de recursos financieros, intelectuales de la imagen y autores de contenidos que moldean pensamientos e imponen patrones de conducta, son responsables de la carga ideológica que transporta el film. Ninguna excusa es válida a la hora de escapar de su papel como guías de las audiencias.