Hablan los hechos

¿Qué nos legó el 2016 al orden internacional?

El mundo ha dado la bienvenida protocolar al 2017, un año que nos coloca en la postrimería de esta segunda década del siglo XXI, y que por los acontecimientos peculiares que ha heredado a nivel global del 2016, nos supone un periodo lleno de grandes retos más que un típico año esperanzador.

El mundo ha dado la bienvenida protocolar al 2017, un año que nos coloca en la postrimería de esta segunda década del siglo XXI, y que por los acontecimientos peculiares que ha heredado a nivel global del 2016, nos supone un periodo lleno de grandes retos más que un típico año esperanzador.

Hay una máxima que a nivel sociopolítico se ha convertido en una ley fundamental a lo largo del tiempo, que reza: ¨Quien olvida su historia está condenado a repetirla¨. Esta frase, cuya autoría se atribuye tanto al filósofo romano Cicerón, como al español Jorge Agustín Ruiz de Santayana (puede leerse su grabado en una de las entradas del campo de concentración nazi en Auschwitz, Polonia), vuelve a adquirir especial relevancia en nuestros días a raíz del paralelismo histórico que sale a relucir con la recaída del actual orden global.

Sucede que ya se puede considerar como un hecho que en el aspecto económico, social y político, el 2016 representa el punto de quiebre de un statu quo internacional vigente durante al menos tres cuarto de siglo, pero considerado imprescindible en las últimas tres décadas. En ese sentido, ¨la globalización¨ cuyo nacimiento puede situarse en los acuerdos de Bretton Woods en los inicios de la posguerra, así como ¨la democracia liberal¨ (concebida por occidente como el sistema político por excelencia), han sido los grandes afectados por los cambios sufridos a nivel mundial desde el estallido de la crisis económica del 2008.

En diferentes entregas durante el transcurso del pasado año, tuvimos la oportunidad de analizar acontecimientos políticos cuyos resultados hubiesen sido inconcebibles en otras épocas o contextos, todo lo cual podría resumirse en un principio básico siempre recalcado por el profesor Juan Bosch ¨si la economía marcha bien, la política también lo hará¨. En efecto, las consecuencias del letargo económico y la cada vez más inquietante desigualdad social en las grandes economías del mundo, se convirtió en el caldo de cultivo para un cuestionamiento sin precedentes a las instituciones globales, y una embestida contra los partidos políticos tradicionales que los obligará a redefinir no solo sus programas de gobierno, sino su razón de ser.

La sensación de hartazgo social por el pobre desempeño de la clase política en las principales democracias del mundo, así como hacia los efectos nocivos de la práctica desmedida de un sector financiero sin regulaciones considerables (el cual junto a las multinacionales han sido los grandes beneficiarios de la globalización), ha sido, no sólo aprovechado por nuevos y pintorescos actores populistas, sino que ha generado toda una nueva ola de escepticismo general que pone en riesgo la interrelaciones entre las naciones.

Tal sería el caso del Brexit el 23 de junio pasado, donde una mayoría simple de ciudadanos del Reino Unido decidieron mediante el voto su salida de la Unión Europea, en un referéndum que dejó al descubierto una peligrosa fractura social y política. La misma se vería alimentada más por los temores de un sector mayoritariamente adulto, que no quería ver comprometida su precaria condición económica, en detrimento de otro más joven y dinámico, que entendía que había otras formas de dirimir su futuro sin necesidad de renunciar a los beneficios y obligaciones de la Mancomunidad Europea.

Un desenlace igual de sorpresivo y relevante tendría lugar meses después en Estados Unidos, donde los dos partidos tradicionales verían con estupor cómo un actor ajeno al sistema, lograba calar en la política norteamericana, desafiando al establishment y marcando distancia con la clase política de Washington a la que tildó de irresponsable, corrupta y desfasada. Sin embargo, la elección de Trump en la contienda presidencial no estaría exenta de grandes controversias, algunas de las cuales (como las investigaciones por hackeo de cuentas oficiales y manipulación de publicaciones en internet presumiblemente auspiciadas por Rusia) aun ponen en tela de juicio su victoria.

Sin lugar a dudas, tanto el Brexit como la victoria de Trump constituyen notables casos de estudio, donde se evidenció que nuevas tendencias como el uso de redes sociales, sumado a las consecuencias propias de la débil recuperación económica y un preocupante auge de desinformación, pueden conllevar a que los ciudadanos dejen de lado las decisiones racionales y apelen al instinto básico de supervivencia que yace en su subconsciente. Este último es explotado por nuevos líderes nacionalistas de retórica demagoga e irresponsable, cuyo ascenso ha generado que la clase política tradicional busque explicación a un fenómeno que no supieron interpretar cuando tuvo la oportunidad.

Los nuevos protagonistas o beneficiaros del actual proceso de reconfiguración del orden global, que se viene gestando durante el último lustro y que tuvo como punto de inflexión el 2016 son los partidos de derecha, quienes han visto en la actual coyuntura de incertidumbre una oportunidad sin igual para ganar influencia. De ahí que personajes controvertidos y poco convencionales como Nigel Farage (Inglaterra), Rodrigo Duterte (Filipinas), Beppe Grillo (Italia) y Donald Trump (Estados Unidos), han pasado a ser las caras visibles del liderazgo moderno e intolerante en sus respectivas naciones.

Lo propio sucedería en América Latina, principalmente al sur de la región, donde la derecha ha sido la gran beneficiada de la recaída económica tras el pronunciado desplome de los precios del crudo y el fin de la demanda masiva de materia prima o commodities.

La actual recesión en naciones que disfrutaron durante toda una década (2004–2014) de un desempeño económico de ensueño, devino en la caída en desgracia de gobiernos progresistas, que por un lado no supieron diversificar sus fuentes de ingreso en tiempos de abundancia limitándose a una economía rentista, además de padecer notables casos de escándalos de corrupción.

Entre los casos puntuales que tuvieron lugar en el 2016 donde se ha hecho sentir el avance de la derecha, está el de Perú con Pedro Pablo kuczynski; y Brasil con el cuestionable juicio político a Dilma y el ascenso de Michel Temer. Anterior a estos casos (finales 2015) la asunción de Mauricio Macri en Argentina y la victoria de la Mesa de Unidad Democrática en las elecciones congresuales de Venezuela. Dichas referencias de la región, resultan ser casos puntuales, a los cuales entendemos propicio adherir lo sucedido con el ¨NO¨ en el referendo colombiano, donde los ganadores momentáneos han sido los grupos de derecha encabezados por el urubismo (partidarios del expresidente colombiano y actual senador, Álvaro Uribe).

No obstante, es preciso inferir que tal inclinación a la derecha de las preferencias del electorado no responden a un cambio ideológico de estos, sino más bien a la búsqueda desesperada de soluciones prácticas a sus anhelos y aspiraciones, todo lo cual es explotado por organizaciones de derecha que durante la última década (en el caso latinoamericano) habían visto con resignación el éxito que en materia reivindicativa tuvo la izquierda.

Volviendo a Europa y Estados Unidos, los resultados obtenidos del referendo y la elección presidencial respectivamente, han de marcar el rumbo político de occidente al menos por los próximos cuatro años, periodo en que se podrán parpar de cierta forma las consecuencias de los acontecimientos que el 2016 nos legó.

Desde ya se vaticina una continuidad en el avance de la derecha nacionalista en Europa durante este año que apenas inicia, con Francia e Italia a la cabeza. Escenarios que sumados a los anteriores ponen en grave peligro el proyecto de aldea global idealizado por años, retrotrayéndonos a tiempos en que el proteccionismo y aislamiento eran la opción preferida de las naciones desarrolladas.

Hoy en día el cuestionamiento hacia la democracia es más visible que nunca, por lo que Rusia y China (poseedores de sistemas políticos centralizados y autoritarios) buscan sacarle capital propagandístico para reforzar sus liderazgos a nivel internacional. Sin embargo el 2016 también nos mostró que no todo está perdido, sino que son los partidos y las instituciones las que deben recuperar la brújula que una vez les hizo defensores del estado de bienestar.

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