El título que da paso al presente trabajo, comprende una interrogante que viene extendiéndose a lo largo y ancho del viejo continente, y de gran parte del mundo occidental conforme políticos, académicos y los propios ciudadanos que buscan respuestas concretas a un escenario que les resulta alarmante. Sucede, que aun cuesta trabajo interpretar el actual estado situacional de Europa en términos políticos, si tomamos en cuenta la vasta experiencia que a lo largo de los últimos cinco siglos ha acumulado la región, lo que en teoría debería traducirse en altos niveles de madurez social que impidan repetir errores oscuros del pasado.
A modo de reseña, bastaría recordar que fue en esta parte del mundo donde tuvo lugar el renacimiento, el cual coincidiría con las primeras etapas del colonialismo en América; la ilustración; el nacimiento del capitalismo y el consiguiente desarrollo industrial; la paz de Westfalia que daría origen a la concepción de Estado y soberanía que conocemos en la actualidad; la Revolución Francesa; la primera y segunda Guerra Mundial; y la gestión de un estado de bienestar. Sin embargo, todas esas etapas en sus diversos contextos tuvieron a su vez un alto costo humano, lo cual debe llevar a todo analista a poner en balanza lo que significó para otras regiones del mundo y la propia Europa consumar los actuales avances.
En concreto, uno de los periodos más citados y tristemente recordados en el viejo continente, sería el comprendido durante los años de entreguerras mundiales (1919-1939), donde floreció una corriente ultranacionalista, antiinmigrante y retóricamente populista, la cual guarda inquietante paralelismo con el escenario europeo actual. De ahí surgiría el fascismo con cuna en la Italia de Mussolini y el nazismo de la Alemania gobernada por Hitler, notablemente los dos ejemplos más extremos de dicha corriente.
Este tipo de liderazgo tiende a renegar de todo lo que se entienda como políticamente correcto, fomentando la intolerancia, el temor hacia los inmigrantes, a la vez que apelan al nacionalismo y aislacionismo de sus naciones. Todo esto lo basan en un supuesto sacrificio personal por el bien del pueblo o, como se leería en una de las actuales consignas de la líder del Frente Nacional en Francia, Marine Le Pen: “En nombre del pueblo”.
Le Pen al igual que el presidente estadounidense, Donald Trump, basa sus promesas en priorizar la industria interna, impulsar una reducción sustancial de impuestos, controlar a las empresas extranjeras, y de modo particular, motivar la salida de Francia de la Mancomunidad europea (el Frexit), así como del euro. Gran parte de sus promesas carecen de argumentos objetivos que sustenten su idoneidad y capacidad de ejecución, pero al parecer la aplicación de un análisis lógico a los programas de gobierno populistas no representa una prioridad en la sociedad actual.
Son precisamente las actitudes y retórica populista descrita, las que se hacen patente en un 2017 que se antoja decisivo por su condición de año electoral, donde se ha de definir el devenir futuro de Europa. Esto así, pues tomando en cuenta la ejecución del Brexit, que culminaría con la salida del Reino Unido de la eurozona, las elecciones que tendrán lugar en Francia, Alemania y Holanda podrían bien mantener el barco a flote, o terminar por socavar el prestigio y peso internacional de la Unión Europea.
Aún resulta complicado poder explicar los altos niveles de apoyo popular que están teniendo los nuevos líderes de corte nacionalista, pero lo cierto es que su aceptación es inversamente proporcional al rechazo que hoy sufre la clase política tradicional en la región, al ser señalada como responsable del actual estado de las cosas. De ahí que a modo de vinculación, destaquemos que aparte del sentimiento extendido de poca representatividad y abandono, parte de la sociedad europea vea potenciada su desafección hacia la clase política tradicional luego de las repercusiones que tuvo la crisis financiera global, así como los ataques terroristas que resultaron de las incursiones de sus gobiernos en guerras de Medio Oriente.
Los niveles de temor y odio entre la población, potenciados en gran medida por los discursos antisistema de líderes y organizaciones opositoras, han sido usados para atacar injustamente al sistema democrático y a la globalización. A sabiendas de la oportunidad que tienen por delante, varios candidatos populistas a lo largo y ancho de Europa han aprovechado la coyuntura para dar el salto hacia el poder, envalentonados por los resultados en Estados Unidos y Reino Unido.
Es así como a pesar de la relativa estabilidad económica que por ejemplo vemos que en Holanda, en esta nación sigue tomando peso el proyecto nacionalista y xenófobo del Partido de la Libertad, de Geert Wilders, al cual se suman otras propuestas de igual tendencia en Europa Central y del Este. De estas dos zonas destacan los proyectos populistas impulsados por Veselin Mareshki en Bulgaria; Boris Kollar en Eslovaquia; Aivars Lembergs de Letonia; Andrej Babis en la República Checa; Ivan Pernar en Croacia; Bogoljub Karic de Serbia; y Zbigniew Stonoga en Polonia.
No obstante, es necesario acotar que no todos los partidos o candidatos antisistema son de nueva cuña, pues ya desde la etapa inmediatamente posterior a la segunda Guerra Mundial se venían conformando organizaciones destinadas a cuestionar el orden político del momento. En efecto, en Austria fue creado el Partido de la Libertad en 1956, organización cuya retórica y propuesta ultranacionalista sería abrazada bajo el liderazgo del Jörg Haider. A esta le seguirían:
• El Partido Popular Suizo creado (1971)
• El Frente Nacional en Francia (1972)
• Aurora Dorada en Grecia (1980)
• Partido de la Independencia de Reino Unido (1993)
• Partido Verdaderos finlandeses en Finlandia (1995)
• Partido Popular en Dinamarca (1995)
Si algo ha quedado evidenciado en estos tiempos de posverdad, es que lejos de la lógica racional a la que apelan los analistas en aras de entender la toma de decisiones de la sociedad, es que no se puede obviar la naturaleza humana donde el miedo, la frustración, la desigualdad e incluso el sentimiento de olvido, pueden ser determinantes para poner en jaque al sistema. Al parecer el sistema neoliberal que ha primado de manera hegemónica tras la caída de la Unión Soviética, fue entrelazado a una democracia liberal que no contó con alternativas que permitieran al menos poner en balanza sus pros y contras.
De ahí que la alta tasa de crecimiento económico que evidenciaron muchas naciones europeas, incluyendo aquellos antiguos países pertenecientes a la órbita soviética, no necesariamente se tradujera en mejores niveles de vida para la población. Esta falta de movilidad social y de humanización del comercio, haría que el vulgarmente Homo Económicus en el que se entendía iba devenir en el ciudadano común, demostrara también requerir de un sistema económico y político global que tomase en cuenta sus costumbres, religión, cultura, privacidad y derecho a una vida digna y solidaria.
Esta necesidad de una autoridad que les entienda y represente ha sido capitalizada bajo el discurso demagogo de los líderes populistas, aprovechando el descontento general para poder desplazar a una clase política que aún no logra aplicar una reingeniería correcta, que le permita emprender acciones concretas para apaciguar a la población. Después de todo, la culpa no es de la globalización ni de la democracia como sistemas previstos para garantizar los derechos universales y hacer del mundo una aldea global, sino que recae en la falta de controles de la clase gobernante, el que entre la teoría y la practica el estado de bienestar siga padeciendo una brecha abismal.