Opinión

La sangre del crimen y el resentimiento

Asesinatos, asaltos que se hacen cotidianos y algunos plagios, sirven, de a puñado, para tintar de rojo los principales titulares de los diarios y las informaciones imprecisas y caóticas que ofertan las redes sociales, manejadas sin escrúpulo por el gran público que no conoce de los filtros que impone la comunicación profesional ajustada a las leyes y los códigos éticos del oficio.

El crimen violento mete sus garras en la sociedad desde los submundos de la pobreza que, engendrada por la desigualdad, se cultiva a fuerza de ausencia del Estado o de una presencia tímida que roza el sistema de salud y educación; el previsional y de transporte; que amaga respecto al derecho a la vivienda digna y a un empleo que ayude a rebasar la subsistencia, aquella agónica que aparece con el nacimiento y desaparece, como alivio, con la muerte.

Henry Daniel Lorenzo Ortiz, esculpido en el mundo paralelo de la marginalidad por los duros golpes de sus precariedades y las cachetadas recibidas desde el centro de la opulencia y las oportunidades del Santo Domingo de las luces, asesinó a Anneris Peña Pérez para robarse algunas joyas que le permitieran ascender al vacío y bien vendido universo de lo superfluo representado en el entalle de unos tenis Jordan que elevan su estatus en el barrio. Por ello a dos horas de la salvaje acción que consumó a punta de cuchilladas, se gastó lo robado en las zapatillas conductoras al salto social.

Él escogió el crimen con violencia de sangre para escalar. El Estado le cerró las puertas de la movilidad social, como quizás se las cerró a sus padres. Otros con más habilidades o destrezas aprovechan resquicios para “crecer”, y apuestan a los negocios subterráneos del crimen organizado, que suelen limpiar la sangre con detergentes blanqueadores de respetables lavanderías, acorazadas en corbatas y cuellos blancos almidonados, que bien pueden estar en los escaparates sórdidos de los partidos políticos, degradados por el pragmatismo y la holgazanería intelectual que les ha llevado a engavetar las ideas, solapar y practicar el crimen.

Henry ensució sus manos de sangre. Es un asesino. Pero otros asesinos que no ensucian sus manos sino sus conciencias del líquido vital, lo condujeron hacia el camino del crimen, como también condujeron a un joven de Santiago a asesinar a otro por el hecho de calzar unos tenis que él no se podía comprar, según confesó a los medios de comunicación, confesión que pude ver para reconfirmar que la violencia de ese tipo la produce el resentimiento social que genera la grosera desigualdad económica que fractura a la sociedad.

El chico del barrio se llena de odio e impotencia y estalla. En el mejor de los casos, se pone creativo como un adolescente que vi en televisión confesar que unos frenos que tenía sobre los dientes eran falsos y que se los colocó a bajo precio como otros jóvenes de su comunidad para poder entrar el “mall” “colándose como rico”, “para que los riquitos no lo vean como un ‘jediondo’ de la calle”. “Voy a ver vitrinas, a caminar por los pasillos casi siempre sin un ‘quiquí’ para gastar”, narró entre muecas y sonrisas.

Son los diques, las puertas selladas, la enorme brecha entre ricos y pobres que llevan del resentimiento a la delincuencia que llenan las cárceles de jóvenes.

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