Opinión

El PLD y la desigualdad social

La desigualdad en la República Dominicana hay que enfrentarla. Con políticas propiciadas por el Estado a través de los gobiernos, que son los únicos capaces de buscar equilibrios en la sociedad. La búsqueda de la igualdad es tan antigua como la humanidad misma. Sin embargo, los procesos de acumulación de riquezas crecientes, primero con el descubrimiento de la agricultura –sin lugar a dudas la revolución más importante de la historia humana- produjeron niveles crecientes de desigualdad entre los grupos sociales altos y bajos.

La sociedad industrial occidental produjo las revoluciones burguesas desde el siglo XVII. Pero no es sino hasta fines del siglo XVIII cuando se producen las dos revoluciones más importantes de esa fase de desarrollo humano: la revolución americana de 1776 y la revolución francesa de 1789. En particular esta última fue el modelo de revolución social para occidente. Precedida por un gran movimiento intelectual y filosófico, como fue la ilustración y los enciclopedistas, es con la revolución iniciada en París que se echan los cimientos de la búsqueda de la igualdad entre los seres humanos. Se emite la “Declaración universal de derechos del hombre”. Se elige la primera Asamblea Constituyente con participación popular. Se funda una República moderna revolucionaria que abate todos los privilegios del “antiguo régimen” y expande su radicalismo revolucionario al resto de Europa y América, en particular la América española en ebullición independentista.

Todavía hoy “los valores republicanos” son en la tierra natal de la revolución sinónimos de democracia e igualdad. La República francesa se levanta sobre los cimientos de un derecho totalmente nuevo, donde los hombres –todavía no se incluía a las mujeres- gozaban de igualdad jurídica. El lema “Libertad, Igualdad y Fraternidad” todavía hoy adorna la vida francesa y ha permanecido como sinónimo de la revolución. En el punto más álgido de la revolución, sus agitadores jacobinos transportaron esa predica a las colonias francesas de América, y en particular dio como resultado la revolución de los esclavos en el “Saint-Domingue” francés, que luego se transformó en la segunda república de las Américas y la primera del Caribe y Latinoamérica: la República de Haití.

Luego le tocó el turno a la revolución socialista, iniciada en Rusia en 1917. La expansión mundial de los valores y metas de igualdad de la revolución socialista mundial, a través de la Internacional Comunista, fundada en 1921, transformó el mundo del predominio colonial y del capital mundial. Parte de los más grandes países del mundo lograron su liberación o transformación por las ondas sucesivas de la revolución rusa. Rusia, con un sacrificio enorme en vidas y recursos –en la guerra civil se estiman 20 millones de muertos, cinco de los cuales de hambre, y en la II Guerra Mundial 27 millones- se transformó de un país feudal en una superpotencia industrial y militar en menos de 30 años, sobre todo después de la II Guerra Mundial. China, de un país sinónimo del espolio colonial y las hambrunas, se transformó en una gran potencia mundial industrial y comercial, después de la Revolución de 1949 con políticas inicialmente basadas en la igualdad. En India, su proceso de independencia no fue encabezado por los socialistas indios, pero logró obtener su independencia total del Imperio Británico, creándose los estados de la India moderna, Paquistán, Bangladesh, Nepal y Sri Lanka. La influencia de la revolución china y la independencia india dio pie a la revolución vietnamita, en una lucha que abarcó desde antes de la II Guerra Mundial, contra el colonialismo francés y la ocupación japonesa, hasta 1976, cuando las fuerzas del FLN entraron en Saigón hoy Ciudad Ho Chi Ming y expulsaron los invasores americanos. Vietnam estimuló la lucha por la independencia en Argelia, y ésta en todo el continente africano.

En fin, la lucha por igualdad de los países, y la igualdad social dentro de ellos ha caracterizado la historia humana desde hace cientos de años, particularmente en la época moderna. Sin embargo, un largo período opacó recientemente esta aspiración humana a partir de fines de la década de los años 1970. El triunfo del neoliberalismo en Gran Bretaña, a través del partido conservador con Margaret Thatcher en 1979, seguido del triunfo del republicano Ronald Reagan en 1982 en los Estados Unidos, unido a la caída del muro de Berlín en 1989 y la disolución de la Unión Soviética en 1991, tendió un manto de predominancia de la desigualdad y políticas dirigidas a dicho fin. Fue el triunfo momentáneo del neoliberalismo. En América Latina y El Caribe fueron los organismos financieros multilaterales los encargados de “adoctrinar” los gobiernos para poner en vigencia las políticas del llamado “Consenso de Washington” de puro corte neoliberal. El FMI, el Banco Mundial y el BID, sucesivamente, se convirtieron en correas de transmisión de políticas que aumentaban la concentración del ingreso en una pequeña fracción de la población, abatían progresivamente las clases medias, y empobrecían a los obreros, campesinos, desempleados, subempleados y los pobres en general.

Recientemente un joven economista francés de la Escuela de Economía de París ha puesto de manifiesto, en un reciente libro titulado “El capital en el siglo XXI”, la tendencia histórica del capitalismo hacia la concentración del ingreso –salvo limitados períodos en el tiempo. La obra de Thomas Piketty ha sido muy bien acogida en el mundo anglosajón, otra razón por la cual su obra se ha convertido en un “best seller” en Estados Unidos y Gran Bretaña. En los Estados Unidos, el 1% de la población -3.1 millones de personas sobre 311 millones- concentra el 40% de toda la riqueza. El 60% de la población -186.6 millones- de los grupos más bajos, solo recibe el 7% del total de la riqueza. En 1976, el 1% superior solo recibía el 9% de la riqueza total. El 1% de la población es propietaria del 50% de todas las acciones y bonos que produce la economía de los Estados Unidos -la más grande del mundo- y el 50% de la población posee únicamente el 0.5% de todas las acciones y bonos de los Estados Unidos.

En América Latina la situación es aún más grave. La Comisión Económica para América Latina y El Caribe de las Naciones Unidas, conocida por sus siglas de CEPAL, ha producido en sus últimos tres períodos de sesiones -2010, 2012 y 2014- tres trabajos fundamentales para comprender y abordar el problema de la desigualdad en Nuestra América. En 2010, en su trigésimo tercer período de sesiones, la CEPAL presentó a los gobiernos y las sociedades de América Latina y El Caribe un importante documento titulado: “La hora de la igualdad: brechas a por cerrar, caminos por abrir”. En dicho documento se abre el debate sobre la desigualdad y el crecimiento en nuestro continente bajo el lema “Igualar para crecer, y crecer para igualar”. En materia económica, “La hora de la igualdad” propuso estabilizar y resistir la apreciación en los tipos de cambio. Se destacó la importancia de una fiscalidad proactiva para conciliar equilibrios macroeconómicos con promoción del dinamismo económico y reducir la volatilidad de actividad productiva, sosteniendo elevados niveles de utilización de la capacidad instalada. Ese con otros componentes fue la propuesta original de la CEPAL. Hoy, hablar de igualdad, de reformas fiscales progresivas, y de políticas del Estado más activas y con una mirada de largo plazo en ámbitos económicos y productivos ha dejado de ser anatema y tales conceptos han pasado a ser parte del lenguaje aceptado y de una visión compartida. En La hora de la igualdad se revisan tres aspectos fundamentales referentes a la igualdad y la inclusión, a saber: la dimensión territorial, del empleo y de la protección social.

En 2012, en el trigésimo cuarto periodo de sesiones de la CEPAL en San Salvador se profundizaron en el documento principal presentado titulado: “Cambio estructural para la igualdad: una visión integrada del desarrollo”. Según la CEPAL la perspectiva del cambio estructural exige un manejo del ciclo que se traduzca en la mayor utilización posible de la capacidad instalada en su transcurso. AL mismo tiempo es necesario, a través de las políticas industriales, promover la innovación y la inversión para incorporar en forma creciente el conocimiento y construir capacidades endógenas en lo tecnológico y lo productivo, creando ventajas comparativas dinámicas. Este proceso no significa, según la CEPAL, dejar de de aprovechar los ciclos de alza de los recursos naturales, pero sí tener claro que ello no basta para lograr bases sólidas y sostenibles de crecimiento.

Recientemente, en su trigésimo quinto periodo de sesiones, celebrado en Lima en este mes de mayo de 2014, la CEPAL presentó, en medio de la euforia creada por el libro de Piketty, un documento titulado: “Pactos para la igualdad: hacia un futuro sostenible”. Un extenso trabajo en el cual la organización regional propone una estrategia específica para alcanzar las bases fiscales y los acuerdos sociales que permitan transformar la desigual distribución de la riqueza y la actividad productiva de la región, en un periodo de tiempo razonable. La CEPAL destaca algo que hemos insistido en nuestros artículos en este medio: un Estado pobre, con una presión fiscal inferior al 14% del PIB está privado de hacer políticas productivas, sociales y de desarrollo acordes con lo que requiere la región y en particular la República Dominicana. El promedio de presión fiscal de la región es de 21% del PIB, con un pico en Argentina con 37% y Brasil con un 36%. Los países con la más baja presión son Haití, Guatemala, y la República Dominicana, situación que debe ser enfrentada con propuestas y soluciones creativas que progresivamente permita al país situarse en una posición adecuada con una presión fiscal, en 10 años de 25% del PIB.

En ese trabajo se observa cómo el índice de desigualdad de ingresos (Gini) baja antes y después de la aplicación de impuestos y gasto público en diversos países latinoamericanos. Brasil, uno de los pocos países de la región con niveles de tributación similares a los de países desarrollados, baja el Gini de 0.60 a 0.43, es decir, unos 0.17. México, en cambio, con baja recaudación impositiva, lo disminuye de 0.50 a 0.42, o sea, 0.08.

Perú reduce el Gini de 0.50 a 0.46, unos 0.04. Uruguay, por el contrario, logra un fuerte descenso de 0.52 a 0.38, o sea 0.14. Bolivia, de 0.50 a 0.44, unos 0.06. Estos son los únicos cinco países evaluados de manera completa.

La clasificación de los países latinoamericanos por el índice Gini es la siguiente: Honduras, 0.56; Brasil y República Dominicana, 0.55; Colombia y Paraguay, 0.54; Panamá, 0.53; Chile, 0.51; Bolivia y Costa Rica, 0.50; Argentina, 0.49; México, 0.48; Nicaragua, 0.47; El Salvador y Perú, 0.45; Ecuador, 0.43; Uruguay, 0.40 y Venezuela, 0.39. Respecto de 2002, los mayores descensos se produjeron en Argentina, Bolivia, Nicaragua y Venezuela. Solo aumentó la inequidad en Costa Rica y República Dominicana según el estudio de CEPAL. Hay que señalar que en el 2000, al dejar el gobierno el Presidente Fernández dejó un nivel de pobreza total de 32% de la población. De 2000 a 2004 se produjo un retroceso brutal, al pasar de 32% a 52% la prevalencia de pobreza en el país. Entre 2004 y 2012 en los dos gobiernos encabezados por el Presidente Fernández, se redujo de 52% a 40% la pobreza, aún por debajo de lo alcanzado en 2000, pero una reducción de 12% con relación a su pico dejado por el Presidente Hipólito Mejía y su gobierno en 2004.

En este sentido, el PLD, que es el partido que encabeza la agenda de reformas progresistas en el país, debería elaborar una propuesta para una “Agenda para la Igualdad y el Progreso” en la República Dominicana. Un aspecto fundamental en este plano, es continuar el programa de consolidación de una educación de calidad, tanto a nivel básico, intermedio como superior en el país, como ha sido la característica del gobierno del Presidente Danilo Medina desde su inauguración. El segundo gran componente de esta Agenda debería ser una reforma de la seguridad social, que permita dar Cobertura Universal a los servicios de salud, protección social y pensiones. Para ello se requiere una reforma a la reforma realizada hace más de 10 años al régimen de la Seguridad Social en el país. El tercer gran componente debería ser una estrategia fiscal que rediseñe el sistema tributario, reduzca la evasión y el gasto tributario, lo convierta en mas progresivo, baje la carga fiscal de algunos sectores sobrecargados y permita ganar al menos un 1% adicional de presión fiscal cada años hasta llegar a la meta señalada. Esto es posible y no es una quimera. Solo se requiere paciencia, consensos y determinación en estas metas.

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