Hablan los hechos

¿Se romperá el equilibrio de poder en Asia?

El acercamiento entre China y Rusia

En su afán por mejorar su posición frente los cambios que en la correlación de las fuerzas económicas se producen en forma sostenida a escala global en beneficio de los países emergentes, Estados Unidos se ha empeñado en aislar a Rusia y simultáneamente ejercer presión sobre china en su propia zona de influencia en el lejano oriente.

Esta estrategia ha tenido como efecto acelerar el proceso de acercamiento que se viene produciendo entre estos dos países, que acaban de firmar trascendentales acuerdos de colaboración económica, hecho que se hizo acompañar de una declaración conjunta que sugiere el inicio de una nueva etapa en la cooperación entre los mismos.

El particular contexto en el que se producen estos acuerdos ha puesto a muchos a pensar en la posibilidad de que estuviéramos asistiendo al nacimiento de una alianza estratégica susceptible de dividir al mundo, nuevamente, en dos grandes bloques de países, lo que desataría una competencia en todas las áreas muchas veces superior a la que se produjo entre capitalismo y socialismo después de la Segunda Guerra Mundial.

Un poco de historia

A fin de valorar adecuadamente las implicaciones que tendría para el mundo un escenario como el anteriormente descrito, es bueno recordar que la Unión Soviética pudo librar una batalla de décadas con Occidente porque en su lucha por la supervivencia logró desarrollar un gran poderío militar, así como por el brillo y capacidad seductora de una ideología que movilizó a millones de personas en todo el mundo afectadas por las inequidades del sistema capitalista.

El gran fuerte de Occidente, cuya capacidad militar siempre estuvo en equilibrio con la del mundo socialista, fue la competitividad de las economías, su desarrollo tecnológico, su capacidad de innovar. El campo socialista fue un área subdesarrollada desde el punto de vista económico, que jamás constituyó, tomado en su conjunto, un rival serio para una economía como la norteamericana.

El sistema socialista sucumbió porque las economías de los países que lo integraban no eran competitivas y nunca pudieron integrarse al gran mercado capitalista. Tan contundente fue su derrota que las armas no sirvieron para nada. Fue el mercado, pues, con sus tenazas invisibles, quien se encargó de doblegar a los soviéticos y sus aliados.

Pero la victoria de occidente en la Guerra Fría tuvo mucho que ver también con la exitosa política norteamericana encaminada a lograr un equilibrio de poder en Asia que evitara el surgimiento de una potencia hegemónica.

La estrategia para esa zona del mundo la diseñó el presidente Roosevelt, quien en 1905 fue el anfitrión de la conferencia de paz en Portsmouth, New Hampshire, luego de la guerra entre Rusia y Japón por el territorio de Manchurria. Los rusos habían sufrido varias derrotas consecutivas, mientras que Japón padecía serios problemas financieros. Esa circunstancia fue aprovechada por el presidente Roosevelt para imponer el compromiso de devolver a China el territorio Manchú, si bien tal devolución no llegó a concretizarse en forma inmediata.

La posición asumida en esas negociaciones por Roosevelt, que poco antes había logrado un acuerdo con Japón mediante el cual le reconocía su dominio sobre Corea a cambio del reconocimiento del control norteamericano de Filipinas, le garantizó a Estados Unidos una activa participación en los asuntos chinos a partir de ese momento.

Después de la llegada de los comunistas al poder en 1949 Estados Unidos declaró benigno el socialismo chino, como parte de su estrategia para mantener en Asia el equilibrio de poderes y alinear a China con su política antisoviética.

En 1969, cuando se produjeron los enfrentamientos militares sino-soviéticos por una disputa territorial, Estados Unidos apoyó al régimen de Mao Zedong. En 1970 el gobierno norteamericano produce un giro espectacular en su política hacia china, que abarcó un deliberado apoyo al crecimiento económico del país asiático, donde más tarde los reformistas al mando de Deng Xiaoping tomaron el control del partido y el Estado, iniciando un proceso de profundas transformaciones económicas que, en varias etapas, incluyeron la sustitución de la economía planificada por una basada en las leyes del mercado, la apertura a la iniciativa privada y a la inversión extranjera, la privatización de empresas estatales, el levantamiento de los controles de precios y la eliminación de las políticas proteccionistas, entre otras medidas importantes.

Bajo el control monopólico del Estado quedaron la banca, el petróleo y la propiedad sobre la tierra. Y aunque el modelo político basado en la influencia decisiva y única del Partido Comunista quedó intacto, Occidente siempre lo consideró distinto al soviético, a pesar de sucesos como los de la plaza de Tiananmen, en 1989. La apertura promovida por los chinos que facilitó el flujo masivo hacia ese país de capitales de occidente, sobre todo norteamericanos, es lo que explica su éxito económico, que incluye el superávit comercial y las reservas extranjeras más grandes del mundo.

Quiere decir que mientras el mercado mundial terminó arrodillando a los soviéticos, forzando su capitulación en la Guerra Fría sin tirar un solo tiro, China, sin haber ganado ninguna guerra, pasó de ser un país subdesarrollado en los años ochenta a colocarse en la segunda posición en el ranking de naciones más desarrolladas del planeta, debido a su habilidad para aprovechar a su favor factores geopolíticos que la hicieron atractiva a la inversión, le facilitaron el acceso a la tecnología y le abrieron las puertas a una participación ventajosa en los mercados.

Siendo el principal receptor de inversión extranjera en el mundo, China es al mismo tiempo una fuente importante de flujo de capitales hacia Estados Unidos y diversas partes del mundo. En un artículo anterior publicado en este mismo medio, demostramos con cifras el peso específico de la economía China y el carácter vital que los intercambios comerciales y financieros con el gigante asiático tienen para diversas regiones del planeta.

De aliados por conveniencia geopolítica, Occidente y China quedaron como socios unidos por la interdependencia económica. Los intercambios con China se tornan cada vez más importantes hasta para Latinoamérica y diversos países del continente africano.

¿Volteando la torta?

En el contexto de la crisis que actualmente afecta buena parte de las principales economías del mundo, lo que algunos especialistas denominan como “ofensiva carismática” del gigante asiático a nivel global, potencia sus efectos en el campo político. Esto genera inquietud y preocupación en Estados Unidos, que ve ahora a China como la principal amenaza para el equilibrio de poderes que durante más de cien años ha tratado de garantizar en el Asia, desde los tiempos de Roosevelt hasta la fecha, como ya vimos.

De ahí el “retorno” de Estados Unidos al lejano oriente, sus esfuerzos por revitalizar los viejos vínculos con Japón, Corea del Sur, Malasia y Filipinas, así como por lograr alianzas compensatorias para recuperar el papel central en la zona.

La reanimación de viejas disputas territoriales como la que mantienen China y Japón por la soberanía de las islas Diaoyu/Senkaku, o la que enfrenta a China con Vietnam por las islas Paracel en el Mar Meridional, sirven de justificación a este viraje de la política exterior norteamericana, que abarca un reforzamiento de su presencia militar en la zona y un papel más beligerante de Japón.

China, que siempre se ha manejado con cuidado extremo para no despertar temores, como lo pone de manifiesto su abstención en la votación en el Consejo de Seguridad de la ONU sobre la re anexión de Crimea por parte de Rusia, se ha inclinado por concretizar unos acuerdos con Rusia que lucen asignarle a este país el rol de aliado estratégico, tanto en lo económico como en lo político y militar, lo que a su vez representa para el país euroasiático un importante espaldarazo ante el intento de la OTAN y Estados Unidos por tenderle un cerco militar y aislarlo del resto del mundo.

Dichos acuerdos fueron alcanzados durante una visita oficial del presidente Putin a China y contemplan “el establecimiento de una asociación integral de cooperación entre los dos países en el sector energético,” que prevé el suministro por parte de Rusia al país asiático de 38 millones de metros cúbicos de gas natural al año a partir del 2018. China pagará a Rusia por ese combustible la suma de 400 mil millones de dólares en los próximos 30 años. Ambos países invertirán en el proyecto la suma de 70 mil millones de dólares. Las transacciones se realizarán en las monedas de los dos países.

La asociación de las dos naciones refuerza la seguridad energética de China y reduce la dependencia de Rusia de los clientes europeos, justo en el momento en que Moscú enfrenta sanciones de la Unión Europea y Estados Unidos por la reincorporación de Crimea a Rusia.

Asimismo, también se anunció que las compañías aeronáuticas rusas y chinas habían alcanzado un acuerdo para desarrollar conjuntamente un avión de pasajeros de gran fuselaje ancho que le permitirá competir con la compañía estadounidense Boeing y la europea Airbus por un nicho de mercado calculado entre 600 y 800 aviones.

En una larga declaración conjunta, los dos países abordaron diversos aspectos de preocupación común, como la utilización de tecnologías de la información en detrimento de la soberanía y la privacidad, la crisis política en Ucrania y las tensiones en la Península Coreana.

“Las partes subrayan la necesidad de respetar el patrimonio histórico y cultural de los diferentes países, los sistemas políticos que han elegido, sus sistemas de valores y vías de desarrollo, resistir la injerencia extranjera en los asuntos internos de otros Estados, prescindir de las sanciones unilaterales y del apoyo dirigido a cambiar la estructura constitucional de otro Estado”, dice textualmente la declaración.

Las partes se comprometen a realizar la primera inspección conjunta de las fronteras comunes con miras a combatir la delincuencia transfronteriza y a realizar maniobras militares conjuntas a gran escala el año que viene con motivo del 70 aniversario de la victoria sobre el fascismo en la Segunda guerra Mundial.

Ya en la Cumbre de la Conferencia de Interacción y Medidas de Confianza en Asia, un organismo regional de seguridad que presidirá China hasta el 2016, el presidente Chino Xi Jinpíng lanzó la propuesta de conformar una nueva organización para garantizar la seguridad en la región con la participación de China, Rusia e Irán.

La cooperación entre Rusia y China no es nueva. Los intercambios comerciales entre los dos países alcanzaron los 90 mil millones de dólares en el 2013. Lo nuevo es el contexto en el que esas relaciones reciben este nuevo impulso, el matiz político que los dos países globalmente integrados le han querido dar al mismo y el probable inicio de una estrecha colaboración en el plano militar.

En las relaciones internacionales se hace muchas veces lo que en la jungla, donde las fieras salvajes muestran garras y colmillos en señal de advertencia. ¿Será este uno de esos casos?


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