Las relaciones entre la República Dominicana y Haití han sido históricamente inquietantes y tormentosas desde nuestro nacimiento como nación libre y soberana. Los hechos y las versiones, aunque abundantes y disímiles, dejan claro que hasta el día de hoy, dominicanos y haitianos no hemos logrado establecer los lazos que nos permitan una convivencia en armonía como pueblos que compartimos un mismo territorio.
Estos dos pueblos han debido afrontar durante varios períodos los embates de la ocupación y la injerencia extranjera con dolorosas secuelas para el proceso de consolidación de sus respectivas naciones. Con el mayor apego a los hechos, podemos afirmar que durante este trayecto Haití ha llevado la peor parte, pues al paso de décadas de luchas por el respeto a su libre determinación y establecimiento de su sistema democrático, la vecina nación se ha quedado bastante rezagada ante el empuje sostenido de una República Dominicana en franco proceso de desarrollo con innegable estabilidad social, económica y política.
Una lectura ajena a las pasiones de cuanto ha ocurrido, por ejemplo, en los últimos 50 años, evidencian que durante el proceso de democratización y desarrollo de este lado de la isla, ese rezagado pueblo haitiano ha encontrado en los dominicanos el más sensible y solidario colaborador.
Las muestras en ese sentido abundan y encuentra una de sus mayores luces, en todo cuanto ha acontecido después del trágico terremoto que devastó a Puerto Príncipe en el 2010. Encabezado por el presidente de entonces, Leonel Fernández, el pueblo dominicano mostró su apego y empeño por socorrer a sus vecinos, extendiendo sus manos solidarias y sirviendo de puente físico y moral para que llegara allí el sentimiento humanitario de la comunidad internacional que lamentablemente y en gran medida quedó colgada en el discurso de coyuntura y en la mera intención.
A donaciones de todo tipo, incluyendo la construcción de una moderna ciudad universitaria, le siguieron declaratorias de buena voluntad y propuestas de acciones bilaterales por parte del Estado dominicano, en una actitud de colaboración que ha mantenido hasta hoy la administración del presidente Danilo Medina.
De la misma manera, a una auspiciosa sentencia 168/13 del Tribunal Constitucional, le siguieron el Plan de Regularización y la Ley de Naturalización, con lo que la República Dominicana daba el primer paso en firme para la solución del grave problema migratorio, creando las facilidades para que indocumentados residentes en el país, mayoritariamente haitianos, regularizaran su estadía en territorio nacional y pudieran optar, siguiendo el rigor contemplado en las leyes de un país soberano, por la nacionalidad dominicana.
Hoy, sin embargo, las mismas fuerzas que han socavado o retrasado el proceso de consolidación de estos pueblos vecinos como naciones con derecho al desarrollo, colocan obstáculos para que no podamos concretar las acciones que nos permitan avanzar hacia unas relaciones armoniosas con apego al principio de la libre determinación y a nuestra condición de naciones soberanas.
Vanguardia del Pueblo entiende que a este grado de conciencia debemos apostar los dominicanos, en procura de mantener los esfuerzos para continuar colaborando en todo cuanto nos sea posible con los vecinos y reclamando a las autoridades haitianas y a la comunidad internacional desempeñar el papel que les corresponde para iniciar el proceso de relanzamiento del Estado haitiano y con ello comenzar a afrontar el rezago que afecta a esa nación con sus terribles secuelas en ambos lados de la isla.
Para tranquilidad de todos, la República Dominicana cuenta con un liderazgo político responsable como el demostrado en las gestiones del PLD, en capacidad de darle respuesta a ese gran reto a favor de unas relaciones armoniosas, sin menoscabo de nuestros derechos y nuestra condición de nación libre y soberana que somos y seguiremos siendo, y con la misma vocación y alma solidaria demostrada una y otra vez por el pueblo dominicano.
Echemos a un lado la insidia y el despropósito local y foráneo y sigamos adelante.