La crisis de los inmigrantes que afecta a Europa ha opacado los cambios trascendentales ocurridos recientemente en la vida política del Reino Unido de Gran Bretaña, donde el principal partido de oposición, el Laborista, acaba de elegir como líder a Jeremy Corbyn, un veterano diputado al que muchos comparan con el fenecido presidente venezolano Hugo Chávez, el actual presidente de Rusia Vladimir Putin y el español Pablo Iglesias, líder de Podemos.
Sobre la gran significación de este hecho se puede juzgar a partir de la reacción del primer ministro David Cameron al enterarse del triunfo de Korbyn en las primarias internas de la organización opositora. “El Partido Laborista-dijo Cameron-, es ahora una amenaza para nuestra seguridad nacional, nuestra seguridad económica y la seguridad de cada familia británica”.
Tan atípica declaración de un jefe de gobierno sobre la principal organización opositora y su máximo líder hubiera disparado las alarmas de seguridad de la democracia en cualquier nación civilizada del mundo. Pero lo curioso del caso es que la opinión de Cameron la comparte el establishment del propio partido opositor. Neil Kinnock, Tony Blair y Gordon Brown, los forjadores del neolaborismo británico, se emplearon a fondo y pusieron todo su prestigio al servicio de una campaña para impedir el triunfo de Corbyn en las primarias. “Si Jeremy Corbyn es electo líder-llegó a decir Blair-, no solo sufriremos una derrota como la del 2015. El partido posiblemente será aniquilado, borrado de la faz de la tierra. Hay que detenerlo antes de que sea demasiado tarde”.
Cabe preguntarse, entonces, ¿quién es este hombre y por qué despierta tanta intranquilidad en la élite política británica?
De 66 años, Jeremy Corbyn inició su carrera política en la década de los 70. Fue escogido por primera vez como diputado por el distrito londinense de Haringey en 1983. Desde entonces ha ocupado esa curul, formando parte del ala más radical del laborismo. Por la gran cantidad de veces que ha votado en contra de las posiciones de su propio partido, se le conoce también como “el diputado rebelde”.
De convicciones firmes, Jeremy Corbyn es abstemio y vegetariano, lleva una vida austera, anda en bicicleta y casi nunca usa corbata. Sin exageración alguna se le puede considerar como un feroz opositor al curso político seguido por Gran Bretaña durante las últimas décadas.
Por ejemplo, es partidario de la renuncia a las armas nucleares y del abandono de la OTAN, una organización que a su juicio debería disolverse.
Defensor de una política exterior que ponga énfasis en las soluciones políticas y no militares, cree que el país debe mejorar sus relaciones con Rusia y abstenerse de participar en operaciones bélicas que no tengan el aval de Naciones Unidas. Particularmente, se opone a los bombardeos contra el Estado Islámico en Irak y Siria.
El nuevo líder laborista es partidario de la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea, pero entiende que la alianza debe ser reformada para beneficio de todos los países que la integran.
Con particular vehemencia Corbyn ha criticado la política de austeridad, proponiendo reforzar el gasto social, particularmente en salud y educación. Entiende que la reducción del déficit debe lograrse aumentando la inversión y los impuestos a los más ricos, y no por la vía del recorte del gasto público.
Un gran debate provocó la propuesta del líder laborista de imprimir dinero para comprar bonos del Banco Nacional de Inversiones con miras a desarrollar proyectos de viviendas, transporte o tecnología.
Propone, además, la renacionalización del transporte, incluidos los ferrocarriles, y del sector energético. Considera justo establecer un impuesto especial a las entidades financieras y a las empresas en problemas que fueron rescatadas con dinero público.
Los críticos de Corbyn entienden que su discurso es de difícil asimilación para la sociedad británica, por lo que el partido laborista corre el riesgo de dividirse, una posibilidad para nada descartable si se toma en consideración la acritud de la campaña llevada a cabo por los barones del partido para impedir su elección como figura principal.
Pero aquí también cabría preguntarse, ¿por qué un personaje con posiciones tan radicales logró imponerse en la primera vuelta de las primarias internas con el 60% de los votos, 19% por encima de su más cercano contendiente, Andy Burnham?
El Partido Laborista, surgido de las entrañas del sindicalismo británico, se apartó de sus tradicionales posiciones centroizquierdistas durante el mandato como primer ministro de Tony Blair, borrando prácticamente todas las diferencias que lo separaban de los conservadores. Así, los trabajadores, los sectores liberales, se quedaron sin alternativa política y Gran Bretaña sin el necesario contrapeso político.
Jeremy Corbyn encabezó una revuelta de las bases del partido laborista, que como la mayoría en la sociedad británica y en buena parte de Europa, demandan un cambio de rumbo que luce cada vez más imposible porque el pluralismo político se ha convertido en una mera formalidad.
Ese proceso es consecuencia directa del incremento descomunal de la concentración de las riquezas que ha inclinado hacia un lado la balanza política, provocando una grave crisis de representación que se traduce en incapacidad para dar respuesta a las necesidades de las grandes mayorías.
Hoy en día se requiere de mucha energía y voluntad para apartarse en lo más mínimo del actual marco de cosas existente en cualquier país, porque además de los intereses locales por lo general hay que vérselas también con los intereses foráneos que con los mismos conectan.
Jeremy Corbyn logró asumir las riendas del laborismo con el respaldo de miles de militantes que aportaron pequeñas cuotas para financiar su campaña. El los inspiró por la naturaleza de sus propuestas, por el alto nivel de resolución que exhibe y, sobre todo, porque luce un hombre de fiar.
Claro, el nuevo líder laborista tendrá muchos y grandes obstáculos en su camino, comenzando por el hecho de que su propio partido no está totalmente unificado en torno a su visión y propuestas, como hemos visto.
Pero su contundente triunfo político pone al desnudo un latente reclamo de reorientación del rumbo del partido, de la nación y de la Unión Europea que sería un grave error ignorar. El peligro no es el “diputado rebelde”, sino el poder de la inconformidad y su vocación de barrerlo todo cuando se le trata con desdén o indiferencia.