Humberto Almonte
Ciertos países se enorgullecen de la pureza de sus culturas o normas de pensamiento, y mientras más alejados de esos elementos foráneos, que a veces conviven con el color local, mayor es el grado de complacencia por asumir que diversidad y originalidad están divorciadas.
Los sistemas cerrados sienten verdadero pánico al entrar en contacto con realidades e ideas diferentes a las suyas. Esto se debe a su falta de habilidad para interactuar sin perder el falso concepto de superioridad que se asienta muy claramente en todo lo contrario, en un profundo sentimiento de inferioridad.
Una cultura exitosa es abierta por antomasia, integradora y dialogante, no teme bañarse en el rio de las corrientes filosóficas para emerger enriquecida por el contacto cercano que favorece el fructífero intercambio de pareceres, verdadera fuente de toda sabiduría.
La endogamia en las artes produce idéntico resultado que en los humanos, una deformación que impide, merced a la falta de diversidad, una reacción adecuada a los cambios eventuales, dejando desprovisto al pensamiento del amplio catálogo de la herencia artística universal para terminar en un callejón sin salida, en la esterilidad del proceso creativo.
El Japón de los señores feudales fue un país cerrado a cal y canto de cualquier soplo de aire proveniente del extranjero, que volvió a abrirse cuando se produjo la restauración Meiji (1866-1869) y que debió abrirse mucho más después de la derrota en la Segunda Guerra Mundial.
Por eso nos llama la atención que figuras literarias de la talla de Ryunosuke Akutagawa, y uno de sus más aclamados directores de cine como lo fue Akira Kurosawa, fusionaran de manera tan afectiva elementos de las culturas japonesas y occidentales para producir unas obras de arte que han pasado a ser cánones de la cultura universal.
Rashomon (1950), es un filme donde se presentan los diferentes puntos de vista de un asesinato, incluyendo los del propio muerto. Cuenta con las actuaciones de Toshiro Mifune, Masayuki Mori y Machiko Kyo, esta obra le valió al director un gran reconocimiento internacional al ser premiado, tanto en el Festival de Venecia del 1951 y en los Premios Oscar del 1952.
El guión de Kurosawa y de Shinobu Hashimoto se basa en dos cuentos del gran escritor Ryunosuke Akutagawa: “En el Bosque” y “Rashomon”. Del primero se toma el desarrollo del crimen y del segundo el marco general del relato, fundidos para convertirse en una de las más grandes películas de la historia.
Rashomon nada contra la corriente del pensamiento usual que nos impone una dependencia de la naturaleza visual de las cosas, estableciendo erróneamente, según el director, que lo visible es lo real, que nuestros ojos no mienten. Sin embargo, Kurosawa concluye, demostrando fehacientemente que lo que asumimos como visible no es real, sino que todo es una interpretación de acuerdo a quien lo cuenta y como lo cuenta.
Las narraciones de los testigos, desde el ladrón Tajomaru, la mujer del muerto, y el propio muerto, difieren entre sí de acuerdo a lo visto o desde donde lo vieron. Todos tienen razón, pero las suyas son realidades parciales, interpretaciones del hecho real que solo se completa al juntar todos los testimonios, y aun así, sigue sin ser verdad.
En el contexto de post-guerra en que se hizo la película, es fascinante darse cuenta que nos están mostrando unos hechos palpables que casi podemos tocar, y terminamos dándonos cuenta que más falsos no pueden ser. Kurosawa eleva su voz de protesta para denunciar esa actitud japonesa englobada en el término “Mono No Aware” o de “las cosas como deben ser”.
En Ran (1985), narra la caída del Hidetora Ichimonji, un señor feudal japonés, debido a las luchas intestinas de poder que desatan sus herederos incapaces de contener sus ambiciones, lo que produce la desintegración del otrora poderoso clan.
Las fuentes de Ran son tanto la leyenda del Daimyo Mori Motonari como la obra de William Shakespeare El Rey Lear, un acierto del director que al integrar estos textos logra una perfecta simbiosis de su cultura y la occidental, demostrando la superficialidad de las diferencias, pues al final, prevalecen las condiciones internas de cada ser humano.
Kurosawa traza una punzante crítica de nuestras ambiciones desmedidas, fuente de la desgracia del señor Hidetora, de sus hijos y de sus relacionados, pues se muestran incapaces de manejar la envidia, la desconfianza, los orgullos reducen a cenizas cualquier logro.
El realizador japonés reafirma su tesis de que las cosas no son como deben ser sino que las acciones determinan la existencia, el devenir histórico personal es producto de las decisiones tomadas. Somos nosotros y no los dioses quienes determinamos lo que nos pasa.
Esta no es una historia con final feliz, sino que más bien se afinca en un lúcido pesimismo y predica que el mundo no cambiará por sí solo, pues hasta que no cambiemos nuestra forma de pensar, no expulsaremos los demonios de la naturaleza humana, fuente de todos los conflictos.
El realizador nipón reflexiona sobre la naturaleza interior de nuestro ser, realizando películas humanistas, que sin ocultar los defectos inherentes que poseemos, proponen sendas para alcanzar la paz interior, base sobre la que se asienta o debe asentarse la vida.
El estudio que desarrolla a lo largo de su filmografía es un atlas de la condición humana. Sus ideas están muy influenciadas por el contexto de la Segunda Guerra Mundial y la dolorosa derrota que sufrió Japón, obligando a esta nación a repensar los valores en los que había vivido hasta ese momento, para reasumir una progresiva normalidad.
A este cineasta, uno de los más grandes de su país y de la cinematografía mundial, se le señalan unas influencias occidentales, desde Shakespeare a Dostoievski o Gorki, que ha sabido fusionar con la cultura japonesa para dejar un legado de gran calidad.
La extensa carrera de Akira Kurosawa se apoyó en dos pilares fundamentales para expresar sus ideas, que a la vez quedaron grabadas en las miradas de los espectadores y los críticos: un gran sentido de la estética y un humanismo a toda prueba.