Humberto Almonte
La dramaturgia teatral tiene recorrida una larga senda en la historia del alma humana sin obviar ningún sentimiento o situación. La exageración del gesto es la crónica permanente e incisiva a la que temen, aún sin mencionarlo, esos poderes que nos manejan en las sombras y en los sofocantes calores del trópico.
Los mismísimos dioses griegos vieron expuestos al público sus vaivenes amorosos, sus francachelas, o esas debilidades que suponíamos eran ajenas a tan poderosas divinidades, las que nos hacen caer en cuenta de su parecido en el accionar con nosotros, y sus muy cercanas relaciones con las miserias y las alegrías de seres de carne y hueso.
¿A quién temen más los reyes, príncipes o emperadores que a esos bufones cultores de bromas corrosivas que divierten, pero dejan pensando al usuario privilegiado de su arte? ¿A ese pueblo de tardía lágrima y risa fácil, a esa multitud deseosa de enjuagar sus penas en cómicos diálogos?
El teatro se erige como un severo e incorruptible juez del desvarío que sufren aquellos, que una vez obtenido algún poder, mutan en pavos reales, en titanes, o mirando la realidad desde las alturas mareados por los aires adulatorios, las prebendas o el ansia de eternidad, cantos de sirenas que atraen como la miel.
La mirada escrutadora de estos estudiosos de la composición vital de las personas condena sin piedad a los débiles de carácter, a los simples de espíritu o aquellos carentes de juicio, pero no deja afuera a las almas de elevada compasión y bondad, o a los Efialtes de la era moderna.
A una de las artes que acudió el cine buscando prestigio fue al teatro por el elevado respeto que gozaba en todas las clases sociales, cosa que aún no lograba el joven artilugio técnico, diversión intrascendente de ferias, novedad plagada de las levedades propias de jóvenes expresiones, lugar común en los tiempos iníciales.
Mephisto (1981), del húngaro Istvan Szabó, es la trayectoria de un actor de teatro que vende su alma a la política y al éxito en una modificación del drama de Fausto asentado en la época nazi. Klaus María Brandauer da vida a esta poderosa alegoría del fracaso del espíritu humano basada en una novela de Klaus Mann.
El Hendrik Hofgen que interpreta Brandauer abandona sus ideales, las creencias en la misión del arte como transmisor de conciencia social para escalar a lo alto de la pirámide nazi y mantener la posición exitosa a la que ha llegado. El actor sueña con interpretar a Mephisto, y para eso se convierte en el Fausto que vende su alma al nazi, inspirado en Hermann Goering que finaliza siendo el Mephisto real. Los sueños de grandeza actoral han podido menos que la tentación del éxito a toda costa.
Szabó revisita el mito de Fausto y la venta del alma al diablo, demostrando la perennidad de un tema que no pasa de moda por la simple razón de que son las mismas debilidades humanas las de todas las épocas. A la vez, retrata con gran efectividad al mundo del teatro y a los actores por dentro, ampliando los límites para transformar e incluir el gran tema de la responsabilidad personal, el fracaso de la lealtad a la vida y al arte traicionado en nombre del bienestar y de la fama.
Se puede efectivamente situar a Hendrik Hofgen en estos días y cambiar a los nazis por otros pensamientos autoritarios o por un populismo de cualquier tipo, y el tema no perdería vigencia pues su mensaje es universal, y por lo tanto, puede perfectamente adaptarse a esta época de convicciones endebles.
Los Productores (The Producers) (1968), dirigida y escrita por Mel Brooks, cuenta la historia de un productor de teatro y un contador que requieren producir un fracaso, tomando más dinero del que pueden pagar, pero en un acto de justicia poética el espectáculo resulta ser un éxito.
Las actuaciones de Zero Mostel como Max Bialystock, Gene Wilder como Leo Bloom y Kennet Mars como Franz Liebkin, entre otros, convierten a Los Productores en una de las comedias más divertidas de toda la historia, aunque en su época cosechó opiniones divididas de la crítica y de los espectadores.
La carga de incorrección política que maneja, como en el número musical de “Primavera para Hitler”, los chistes de sal gruesa sobre los homosexuales o los judíos, y la imagen de los productores teatrales pintándolos como estafadores, era demasiado para la moralidad excesivamente conservadora de los norteamericanos.
Con todo, las cosas que critican son en realidad los puntos fuertes del film, pues Brooks nos empapa de los prejuicios que sobre las minorías se manejan en EE.UU., y a la vez describe con gran conocimiento los entretelones de la producción del teatro musical en Broadway.
Los Productores recorrió un camino diferente a cómo normalmente se trabaja en la industria. Brooks adapto el guión de su película para producir un musical (2001), y a su vez adaptar la obra para hacer una versión fílmica en el 2005, por lo que ha gozado de una singular andadura artística, nada mal para esta polémica comedia sobre el teatro musical.
La mirada que usualmente el cine maneja sobre el teatro no carece de un gran respeto por un arte de tan larga andadura, y ha hecho aportes muy sólidos a la dramaturgia fílmica, a los guiones y al tema actoral. Otra cosa es el mal uso de esos elementos por gente que no entiende ninguna de las dos artes.
Es visible a estas alturas lo que hay de cine en el teatro, pues las convivencias no se dan en seco. Es imposible convivir sin apropiarse de los usos y costumbres del cine, quizás una forma de moverse, de decir los diálogos, de mirar, esos aportes son innegables y muy positivos.
La transferencia o préstamo entre artes es una forma de cooperar en el fortalecimiento y la riqueza expresiva de cada una. Por eso, desde la juventud del cine este se aproximó al teatro, a estas alturas esas relaciones se han vuelto más sutiles y cercanas, en una complicidad creativa que no tiene visos de terminar. Todo lo contrario, ese trasvase reafirma la identidad de cada uno.
El cine acude al teatro, el séptimo arte le devuelve el cumplido en una convivencia modélica, motivos válidos para irritar a los puristas o conservadores de ambos lados, pero complace al espectador que disfruta de sus obras y es quien paga.