Desde unos cuantos años antes de las vistas públicas para conocer, discutir, analizar, ponderar y someter a la constituyente la Constitución del año 2010, para su aprobación y posterior promulgación, se venían discutiendo los espinosos temas del aborto y del matrimonio de parejas de un mismo sexo. Durante todo ese periodo de transformación social, acelerado por la influencia capital de las nuevas tecnologías que innovaron y transformaron la comunicación, las iglesias en sentido general se manifestaban en contra de las propuestas, las que nacían desde el seno de importantes Organizaciones No Gubernamentales, mejor conocidas como ONGs.
Desde siempre la Iglesia Católica ha enfrentado en la República Dominicana, atendiendo mandatos universales del credo, los intentos de ambas iniciativas e incluso, ha manifestado públicamente su propuesta de que no se vote por los legisladores de tendencia positiva hacia estas manifestaciones, como derechos de quienes se muestran en desacuerdo con el contenido de dichos propósitos legislativos. En ese mismo orden, y en una actitud positiva, nunca ha negado el derecho de quienes auspician dichas propuestas, bajo suposición de que representan a las personas que se involucrarían en el ejercicio de estas prácticas. Esta es una lucha de convicciones, en donde se exponen criterios y se imponen los que logran tener influencia de poder y arraigo popular, como es el caso de las Iglesias.
Han causado mucho revuelo las declaraciones del líder evangélico representante del Consejo Dominicano de Unidad Evangélica, CODUE, en el sentido de su llamado a no votar por candidatos que defiendan los postulados de legalización del aborto y del matrimonio de personas del mismo sexo. Es preciso aclarar, que así como tienen derecho los que simpatizan por estas tendencias sociales, a exponer sus puntos de vista, de igual forma lo tiene el referido líder evangélico. No veo las razones esgrimidas en su contra, cuando él está ejerciendo su derecho a opinar y a plantear una posición coherente con sus creencias e ideas. Satanizar sus ideas con calificativos de ultraconservador, es antidemocrático, cuando tratan de descalificarle en el ámbito del debate, mostrándole ante la opinión pública como un atrasado, cuando sus posiciones tiene que ver con principios de su fe cristiana.
Se arguye, que nos oponemos a la interrupción del embarazo en casos excepcionales, y eso no es verdad. Tratan de manipular a la opinión pública, porque la interrupción del embarazo en casos de peligro de la vida de la madre, está estipulado, incluso en el código anterior al derogado. En ese Código, el médico puede actuar sobre estos casos sin peligro a ser sometido a la justicia, si demuestra que cumplió con lo que mandan los preceptos éticos de su práctica. Lo que se pretende es que se legalice el aborto a través de una brecha leve, por donde pueda ser manejado sin riesgo legal, porque con un buen abogado o abogada se podrían resolver problemas; solo habría que colocar en el articulado las formas imprecisas y tendentes a ser interpretadas, lo demás es historia.
Las iglesias no pueden mantenerse al margen de las discusiones de carácter político, debido a que la política maneja el quehacer diario de la sociedad, afectando la vida de sus feligreses y las iglesias tienen el deber de trabajar por la mejora continua de la vida pública en sentido general, no olvidemos el papel socializador de las religiones durante toda la historia humana.
En este punto, debemos precisar, que esa es una prerrogativa del laicismo que se vive hoy a nivel universal. Se trata de un deber, más que de un derecho a defender sus ideas. La esencia de las iglesias está centrada en el bienestar de las personas, no solo en lo material sino en lo que tiene que ver con la vida moral, basada en sus creencias y por tanto en sus manifestaciones de vida, a través de la vivencia de su fe, lo que le trae confort espiritual, colocándoles en una actitud sana para poder vivir las normas, los modales y el civismo en la praxis de cada día.
El involucramiento de las iglesias, a través de sus líderes en los ámbitos de la vida terrenal, es un mandato que se manifiesta en las voces de los profetas y en el cristianismo desde su génesis, en boca de los apóstoles. En ese sentido, es legítimo desde los puntos de vista de líder eclesial que opina sobre aspectos puntuales de la vida pública. El tipo de mensaje que promueven las iglesias debe estar centrado en los aspectos básicos de sus creencias, porque las creencias son para ser vivida en actitud y conducta practica, no son para ser predicadas en discursos que enarbolan valores y criterios que no se practican en su quehacer diario. Muchas personas hablan de modales que no tienen, exigen a otros unas actitudes éticas que nunca han exhibido y lo hacen en sus discursos, para que la mayoría de las personas que no les conocen de cerca, lleguen a creer que los que emiten esos discursos son individuos llenos de virtudes, siendo todo lo contrario. A eso se le llama hipocresía.
Se reclama independencia de la política de la influencia religiosa, pero la política no puede obviar a quienes le dan sustancia, estos son los integrantes de las familias que conforman la sociedad nacional y estas están influidas por las creencias religiosas en América. Falta mucho para que eso deje de ser así. La fuerza social de la religión cristiana, católica y no católica, es fundamental para ganar las elecciones en todo el territorio de las Américas, incluyendo a los Estados Unidos de Norteamérica. En América existe separación objetiva entre el Estado y la religión, pero los partidos políticos no pueden tener éxito electoral sino involucran en su quehacer al mundo de las religiones en el contexto actual de nuestras naciones.