El pasado martes 16 de febrero tres países miembros de la OPEP (Arabia Saudita, Venezuela y Catar) y Rusia se pusieron de acuerdo para congelar la extracción de petróleo en los niveles del mes de enero del presente año, siempre y cuando esta iniciativa reciba el apoyo de los demás miembros del cartel, con el objetivo de estabilizar los precios del crudo en el mercado mundial.
Según cifras de la Agencia Internacional de la Energía, en el mes de enero la producción petrolera de Arabia Saudita rondaba los 10,2 millones de barriles diarios, un poco por debajo del record de los 10,5 millones de barriles alcanzado en junio de 2015. La producción de Rusia, por su parte, alcanzó los 10,9 millones de barriles en el primer mes del año, cifra que no se registraba desde los tiempos de la Unión Soviética. Mientras, Venezuela extrajo entonces 2,4 millones de barriles y Catar 680,000 barriles diarios.
En conjunto los países miembros de la OPEP producen entre 30 y 32 millones de barriles de petróleo diarios, mientras que la cuota establecida por el cartel es de 30 millones de barriles al día.
Tras arribar al acuerdo en Doha, la capital de Catar, el ministro de Petróleo saudí, Ali Al-Naimi, dijo que congelar la extracción de petróleo en los niveles de enero es la medida adecuada, tras la cual pudieran adoptarse otras en los meses subsiguientes con miras a la estabilización de los precios.
Este pronunciamiento ha sido interpretado por algunos analistas como un cambio en la actitud de la gran potencia petrolera de Oriente Medio, que a finales de 2014 promovió el abandono del sistema de cuotas establecido por la OPEP con el objetivo de provocar un desplome en los precios de la materia prima que cerrara las puertas del mercado a los productores de petróleo de esquisto de Estados Unidos, que por razones de costos necesitan precios entre 60 y 80 dólares por barril para operar con rentabilidad.
Como se sabe, en el 2014, después de ocho años de crecimiento sostenido de la extracción gracias al empleo de la técnica de la fracturación hidráulica, Estados Unidos se convirtió en el primer productor mundial de hidrocarburos. La gran potencia del norte de América redujo drásticamente sus importaciones y derogó la ley que desde 1975 prohibió las exportaciones del denominado oro negro. Tal situación hizo que Arabia Saudita, el segundo mayor productor de petróleo del mundo, viera amenazado su predominio en el mercado mundial.
De ahí el inicio de la maniobra consistente en provocar un descenso de los precios vía el aumento de la producción, lo cual es posible dado el bajísimo costo de la extracción delcrudo en el país árabe.
Tal maniobra, sin embargo, ha tenido un altísimo costo para el reino saudí, que el año pasado experimentó un déficit en su presupuesto de 98 mil millones de dólares. Según los pronósticos, para el presente año este déficit alcanzará los 87 mil millones de dólares.
Sin embargo, sería un error pensar que Arabia Saudita actúa con desespero debido a esta situación, consecuencia calculada de una guerra de desgaste que en cualquier caso necesitaría de muchos meses para alcanzar un adecuado desenlace, sobre todo tomando en consideración que los productores norteamericanos, previendo esta situación, tomaron algunas medidas de protección, como explicamos en un artículo publicado cuando comenzó el pulseo. Como paraguas, el reino saudí ha contado con sus enormes reservas, calculadas en más de 700 mil millones de dólares.
Cuando se refirió a lo acordado en Doha por los cuatro países petroleros, el ministro saudí Al-Naimi fue muy claro al decir que “no queremos grandes variaciones en los precios”, y que “lo que buscamos es una cotización estable”.
Si se toma en cuenta que ninguno de los cuatro países que acordaron la congelación de la extracción de crudo ha aumentado su producción en los últimos meses, es obvio que la decisión no implica recorte, solo la intención de no seguir ampliando la oferta, lo cual no representa para ellos mayor sacrificio. Queda más que claro que cuando tal congelación se condiciona a que otros miembros de la OPEP hagan lo mismo, lo que se busca es que presionar a Irán e Irak.
Justamente un día antes del acuerdo de Doha Irán despachaba su primer buque petrolero con destino al mercado europeo. La república islámica había declarado su intención de recuperar la cuota de participación que tenía en el mercado al momento de la entrada en vigor de las sanciones que le fueron impuestas por su programa nuclear, que era de 2,5 millones de barriles diarios, producto de las cuales esa participación se redujo a un millón de barriles diarios.
Irak, por su parte, ha venido aumentando su producción petrolera en forma sostenida, no obstante el conflicto armado que le afecta. En el 2015 este aumento fue de 500 mil barriles y su meta es sumarle a la producción una cantidad similar en el presente año.
Obviamente, lo que se esperaba como consecuencia de ese incremento adicional de la actual sobreoferta de crudo eran nuevos descensos en sus precios.
Fue una jugada inteligente del reino saudí pactar la congelación de la extracción de petróleo condicionada a que similar compromiso asuman los demás países de la OPEP. Como hemos visto, a quien más afecta esta decisión es a sus dos enemigos de Oriente Medio.
La primera reacción frente a lo pactado por parte de Irán fue la negativa. Sin embargo, la diplomacia rusa mostró eficiencia al lograr la reconsideración de su postura por parte de Teherán. Venezuela, que recientemente se vio obligada a decretar una situación de emergencia económica, ha sido el sujeto más activo en estas negociaciones. Obviamente le anima la esperanza de conseguir algún alivio para su desesperada situación.
Pero no hay que ser un gran entendido en estos asuntos para darse cuenta de que lo pactado a lo sumo pudiera evitar nuevas caídas bruscas en los precios y quizás lograr un ligero repunte por el factor sicológico, justo a lo que se refería el ministro de Petróleo saudí.
La simple lógica indica que Arabia Saudita no debe estar interesada en un gran repunte en los precios de los hidrocarburos, pues es justamente en los actuales momentos cuando su estrategia comienza a causar los mayores estragos en la producción petrolera estadounidense. De producirse un repunte significativo en los precios muchos productores lograrían salvarse y el país árabe habría perdido un montón de dinero sin alcanzar plenamente su objetivo.
Los precios del petróleo han descendido en más de un 70% en cerca de año y medio. Los productores norteamericanos han tenido pérdidas significativas. No pocos se han ido a la quiebra, incapaces de atender sus deudas. A finales del 2015 se calculaba en más de 100 mil la cantidad de empleos perdidos en el sector.
En un artículo publicado el 13 de febrero pasado en el diario español El País, el premio Nobel de Economía (2008) Paul Krugman, hablando sobre la inquietud que se advierte actualmente en los mercados, dice: “De nuevo nos encontramos con una cantidad considerable de deuda problemática, aunque esta vez no se trata de hipotecas, sino de préstamos concedidos a empresas energéticas, muy castigadas por la caída del precio del petróleo”. A partir de esta aseveración se pueden hacer muchas conjeturas.
Pero hay algo, sin embargo, que luce claro: la producción petrolera estadounidense no ha declinado ni en la cantidad ni en el tiempo esperado. La explicación del fenómeno parece estar en el hecho de que, si bien la cantidad de pozos petroleros operativos se ha reducido considerablemente, los que se mantienen operan con niveles de eficiencia significativamente mayor.
No sabemos si Arabia Saudita logrará alcanzar la meta deseada. Lo que sí luce claro es que para lograrla tendrá que batallar un buen tiempo más.