Hacer lo correcto, aunque nadie nos esté viendo, es una actitud que se aprende en el Hogar, se fortalece en la Escuela y se vive en la Comunidad. Es una práctica difícil, en una sociedad que se vuelve cada día más ajena al prójimo en la actitud de sus entes sociales, que demuestran cada vez más estar interesados en el “yo” que en cualquier otra cosa. La gente común transcurre el proceso social sobre la vivencia creciente del “no me importa” lacerante, que lastima el amasijo de virtudes que tanto predican las iglesias en sus múltiples sermones diarios. Las iglesias hacen su trabajo, pero cada día viven un proceso creciente de descredito, fundamentados casi siempre en lo subjetivo, emanados con eficiencia a través de las vías de comunicación que padece y disfruta la sociedad en sentido general.
Incluso, es verdad una minoría de líderes de distintas denominaciones cristianas obvia en sus vidas lo dicho en sus discursos, acentuando una conducta en sus quehaceres cotidianos, sin concordancia con sus predicas. Es ahí donde se cumple el refrán de que “una manzana podrida hace dañar la cesta entera”.
La realidad humana, como campo inteligible, no se puede entender si no es a través de la historia, afirmaba Ortega y Gasset. El decía que la historia no es una ciencia que se cierra sobre un fragmento específico de la realidad humana, como cualquier materia codificada académicamente; para Ortega la historia es un método, el camino hacia el conocimiento del ser humano. De ahí, que para escoger un prospecto a predicador, debiéramos conocer su historia, indagar su pasado.
Siguiendo al mismo filósofo citado, puede decirse, que así como no hay conciencia del yo sin presencia del tú, (realidad presente), tampoco es inteligible el yo-tú de ahora sin el tú anterior, es decir, los otros tú que nos han precedido. Porque creemos imposible comprender el yo actual sin el yo anterior. Así, la experiencia histórica podría ser el punto de referencia de la actuación para las tomas de decisiones, al escoger un líder religioso formal, al designarlo a presidir una iglesia. Esto debe tomarse en cuenta, no para someterse a una línea pre marcada, como diría Ortega; sino para evitarla, pues pocas veces la realidad anterior es satisfactoria, debido a la condición ilimitada de la ambición humana. En ese orden, es bueno preguntarnos el significado del compromiso social de éstos predicadores de Cristo.
La respuesta acerca de lo que significa compromiso social, podría encontrarse en aquella que manifiesta como la actitud otorgada por un ciudadano ante la realidad que vive. Es decir, tomar decisiones y acciones para hacer que lo que se tenga que vivir en comunidad; sea digno, respetuoso y sobre todo, luchar para que se establezcan políticas de apoyo a los más débiles desde las cúspides de los Estados. Porque compromiso social para un líder religioso debiera ser la aportación voluntaria que éste hace como ciudadano revestido de autoridad cualitativa, ante las exigencias éticas de un mundo en búsqueda de lo justo. Entonces, como la definición de justo, dependerá de algún interés particular, desde las distintas ópticas, el ciudadano y creyente habrá de reflexionar como líder socio-religioso, con los principios éticos de su quehacer.
En este punto, debemos enfatizar en el concepto, para afirmar que el significado del compromiso social, es el trabajo cotidiano y permanente, siempre con la intención de agregar valor a lo que hacen, no solo a lo que dicen en sus predicas, añadiendo un «plus» extra para hacer de nuestra sociedad una urbanidad libre, armoniosa y sana, con el objeto de producir convivencia en sentido general. De esto puedo dar testimonio, afirmando que la inmensa mayoría de religiosos y religiosas hacen su trabajo con sentido de entrega a la vocación de servicio que engendra la Fe Cristiana.
Hay un refrán que reza: “El hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra.” De ahí la razón histórica como razón vital: El hombre se va haciendo a costa de sus fracasos y de sus éxitos –en una especie de ensayo y error- manifestándose como el único ser de la naturaleza que se niega a permanecer como ente acabado o terminado, es por ello que para Ortega y Gasset “el hombre no tiene naturaleza, tiene historia.” Volvemos al filósofo, para reiterar la importancia de investigar a quiénes tenemos como líderes, no solo en el orden de la religión sino en todo orden social.
Al promover el compromiso social, estaremos exigiendo responsabilidad ciudadana en lo particular y ésta no es más que un tránsito en donde el ciudadano va inculcando valores a través de su influencia, primero en los que le acompañan en la familia y luego en el contexto social. Esta acción particular de influencia enfatiza la búsqueda de agentes de cambio, a través de la adquisición de modales y una formación con fundamento en la costumbre positiva, velando por el desarrollo y bienestar social en forma holística. Inculcar sentido de responsabilidad en los integrantes de la familia y la vecindad contextual es una acción efectiva para transformar al ciudadano en agentes de cambio, con el objeto de lograr crecimiento y desarrollo humano en toda persona que nos rodea y en la sociedad.
Los requisitos son para ser un promotor o una promotora del crecimiento y desarrollo de los ciudadanos y ciudadanas, es poseer actitudes de responsabilidad social, auténtico interés por el prójimo, actitud optimista, procurar colaboración mutua e integral, lograr participación en los asuntos que procuren enfrentar retos, respetar a todos en forma horizontal y trabajar la vivencia de los valores, sobre el quehacer de la virtudes humanas. Los valores debe pasar de enunciados a vivencias y esto solo puede ser logrado sustituyendo demagogia por forma de vida.
Las jornadas de formación que desarrollan las iglesias para niños, jóvenes y adultos mayores, tienen que ver con la formación de valores esencialmente de Fe y convivencia social. Las jornadas de formación que desarrollan las instituciones escolares deben guiar y orientar adecuadamente a los alumnos, para que cumplan con sus responsabilidades que les serán asignadas como tarea, pero también deberán puntualizar el papel de la familia en la formación formal e informal, especialmente en padres y tutores, porque tanto en la iglesia como en la escuela, las actividades deben ir hacia lograr que los actores sociales puedan cumplir con gran responsabilidad, aquellas tareas asignadas de una manera eficiente y creativa. Si se logra este reto, entonces inicia el dinamismo social entre escuela y familia; entre iglesia y familia.