Opinión

Infancia de guerra, infancia de cine

Si la primera baja de la guerra es la verdad, quizás la segunda o la tercera baja más sensible o vulnerable sean las mujeres, los ancianos y los niños, cuya exposición a las violentas actividades de los conflictos los deja a merced de heridas físicas o emocionales que requieren para su sanación un largo proceso, o que quizás no curen nunca.

La niñez es un blanco vulnerable por la indefensión y dependencia de los mayores, ya que si estos se ausentan o resultan heridos deben cuidar de sí mismos aunque no estén capacitados para ello, pues su comprensión del mundo está en proceso de formación. La paradoja es que un ser que está para ser cuidado, deba valerse por sí mismo.

El otro peligro es su incorporación a la guerra en calidad de combatiente, una situación catastrófica que se puede observar en Siria, Palestina, Libia, África, o en cualquier región en la que se desarrollan conflictos armados.

Ese niño o niña que participe en combate, que esté obligado a matar para sobrevivir, jamás tendrá una adultez normal. Al contrario del tema que bien canta Silvio Rodríguez: “…y comprendió que la guerra era la paz del futuro; lo más terrible se aprende enseguida y lo hermoso nos cuesta la vida…

No creemos que los espíritus infantiles sometidos al horror bélico tengan paz alguna al terminar estos, pues esas cicatrices nunca sanan del todo, ni ese cuadro dantesco desaparece de su memoria.

Los esfuerzos de los organismos internacionales han sido infructuosos a la hora de impedir que se utilice a los infantes en la infame labor de matar o morir. Es una pérdida de tiempo pedir a los bandos contendientes abstenerse del uso de menores de edad como si fuesen soldados adultos, y en este caso, el mundo se enfrenta a una catástrofe humanitaria de la que nunca ha salido victorioso.

El tratamiento que le ha dado el cine a este tema ha expuesto los horrores de poner a estos representantes de la especie humana en el vórtice de situaciones que van más allá de su comprensión, en las fronteras del bien y del mal. Tales son los casos de Buda Explotó por Vergüenza (2007) de Hana Makhmalbaf, y Rebelde (2012) de Kim Nguyen.

Buda Explotó por Vergüenza (Buda As Sharm Foru Rijt), es un film iraní dirigido por Hana Makhmalbaf, una de las jóvenes del famoso clan fílmico persa que inicio su padre Mohsen. A la hora de la realización de la película Hana contaba con 18 años, un año menor que su hermana Samira que estrenó un trabajo a los 17.

En el entorno de las destruidas estatuas del Buda de Bamiyan por los talibanes, vive Baktay, una niña de 6 años que desea asistir a la escuela al igual que su vecino Abbas. En su búsqueda del conocimiento sufrirán múltiples contratiempos para acceder a él, en un Afganistán bajo la férula de los Mulas talibanes, empeñados en convertir a este país en un estado acorde con su pensamiento religioso.

Los entrecruces temáticos de este film recorren los puntos de la problemática social del afgano común atrapado en la guerra civil entre los talibanes y la alianza étnica contra ellos, apoyada por los gobiernos occidentales, entre otros. Afganistán es un mosaico de nacionalidades y religiones cuya gobernabilidad es extremadamente complicada.

El empeño de Baktay por acceder al conocimiento es conmovedor, al punto de vender los huevos que le sirven de alimento para comprarse cuadernos y lápices. Esta niña busca la escuela como fuente de acceso al saber, cómo si buscara el agua que quita la sed o la luz que la ilumina. La oscuridad a la que el talibán sometió al montañoso país, tiene su némesis en esta valiente niña.

Baktay y su amigo Abbas son víctimas de la siembra ideológica del talibanismo que toma cuerpo en niños de su misma edad, pues los ponen a practicar sus métodos como si fueran juegos infantiles sin serlo. Son un remedo de la realidad de sus mayores. La crueldad es notoria por más lúdico que sea el asunto, los enseñan a ser secuestrados y amenazados por un simulacro de fusilamiento, e incluso cavan tumbas para enterrarlos. Si es en broma, tiene tintes macabros.

El multipremiado film de Hana Makhmalbaf cuenta con las maravillosas actuaciones de Nikbajt Noruz como Baktay y Abbas Alijome como Abbas, en esta fábula de engañosa amabilidad. A quien escribe, los primeros quince minutos de Buda Explotó por Vergüenza le pasaron con un nudo en la garganta, tal es el horror subyacente en esta aparentemente simpática película.

Rebelde (Rebelle), es una película canadiense que se desarrolla en un país cualquiera del Africa en guerra. En ella, Komona le cuenta a su hijo por nacer sus desventuras durante la guerra, que para ella inició cuando fue secuestrada y obligada a asesinar a sus padres, obra de un grupo de rebeldes de los que asolan esos países desde épocas inmemoriales.

Luego de un sádico entrenamiento, ella se incorpora a los combates y en virtud de los jugos alucinógenos de una planta que consumen, adquiere la habilidad de ver fantasmas que le advierten de la presencia de tropas del gobierno, por lo que es llamada “bruja de guerra” y remitida a la presencia del líder de la rebelión que la considera su nuevo talismán.

Komona (Rachel Kwanza), escapa con El Hechicero (Serge Kanyinda) quien se desposa con ella, ambos son capturados y El Hechicero ejecutado. De vuelta al campamento, se embaraza fruto de las violaciones de su comandante a quien más tarde decapita, se escapa para dar a luz a su hijo y enterrar a sus padres cuyos fantasmas se lo exigen.

La narrativa seca y sin adornos de Nguyen es de gran eficacia para trasmitir los horrores de la guerra y la belleza de la convivencia de Komona, El Hechicero y la familia de este. Rebelde está a caballo entre dos realidades contradictorias y complementarias, aunque jamás hace concesiones a la blandenguería ni al extremismo discursivo.

A veces estas guerras son torneos cuyos trofeos son los recursos de nuestros países, como vemos que hace el líder Gran Tigre, explotando a sus combatientes para extraer unas rocas presumiblemente valiosas que vendidas a buen precio engrosaran la cuenta bancaria de este falso líder. La ideología no juega aquí un papel liberador o beneficioso, solo es un pretexto para enriquecer a los que tienen el mando.

La tragedia de Komona es que le robaran su niñez en nombre de discursos vacíos, transformando su inocencia en una visión desconcertada del mundo. La guerra que ella combate no es su guerra ni tiene sentido, así como la mayoría de los conflictos no lo tienen. Lo terrible es que jamás recuperará lo perdido y no sabremos si realmente tendrá un futuro.

El derecho a una niñez normal o feliz al cuidado de sus padres es uno de los parámetros que no cumplen los actores de las guerras, y el cine refleja esto tanto en Buda Explotó por Vergüenza como en Rebelde, crónicas descarnadas de las infancias robadas que no podrán ser restituidas a sus dueños y muchas veces tampoco sabremos si los culpables serán castigados.

La infancia en guerra es narrada por filmes que tienen como misión dejar testimonios de una tragedia que avergüenza al género humano y sin visos de terminar hasta que desaparezcamos como especie. Es por lo tanto un deber seguir haciendo filmes para denunciar estas situaciones y poner en evidencia el cinismo de los mercaderes de la muerte.

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