Ojalá Dios me ayude a colocar dentro de mis aprendizajes, la inmensa dicha de aprender a escuchar sin interrumpir a quien me dirige la palabra. Deseo tener esa gracia de virtud, porque solo así podré enterarme de las intenciones de quien emite los mensajes. Quiero redimir la grandeza del creador, cuando colocó dos oídos y una sola boca en la estructura orgánica del hombre. Esa misma criatura que a través del tiempo se autoconstruyó para resultarse en ser humano. Escuchar el doble de lo que se dice, es una actitud de sabios.
Te pido señor, ser oyente varias veces de lo que soy parlante, para de esa forma acumular la riqueza de lo que contiene mi silencio. Entonces, después de lo que he dicho, calcular el riesgo de lo que decimos, debe ser una acción eficaz.
Señor, te pido que me ayudes a hablar con el cuido necesario, para no acusar cuando emita los mensajes a cualquier receptor; sin importar que sea aliado o adversario, obviando que sea amigo o enemigo. Dame la inteligencia emocional para mantener todo lenguaje bajo control, comenzando por mi lengua.
Que siempre sea lograda la percepción de la intención positiva, cuando tenga que decir palabras que no sean agradables a los oídos de mi receptor; pero dame el valor de expresar lo que debo comunicar con claridad meridiana, sin importar las consecuencias que produzcan en los demás mis decisiones vueltas palabras y acciones.
Quiero dar gracias a mis padres terrenales, por haberme enseñando a dar sin esperar nada a cambio. Ha sido por ello, que nunca he podido escatimar cuando ejerzo la bienaventuranza de ser solidario y compasivo, hacia aquellos semejantes que necesitan mi ayuda. Sin esperarlo, las recompensas de la compasión han sido inmerecidas, por ello doy gracias por los privilegios concedidos en los procesos vividos en la trayectoria de mi vida.
Es de privilegiado haber tenido una historia acumuladora del bien sagrado de la oración. Desde la familia que me regalaron Papá y Mamá, atendí a orar en una actitud dialogante entre dos amigos, el Padre que no se ve, pero que todo lo ve y la insignificante criatura que dobla sus rodillas o se sostiene sobre las plantas de sus extremidades inferiores; para pedir sin merecer, pero con el derecho otorgado por treinta y tres años de vida terrenal del viviente que me ve.
No ha sido fácil aprender, desde la arrogancia de mi ego, a contestar lo que se me dice, sin que brote de mi boca la acción de discutir. La respuesta imprudente y agresiva fue por muchos años una de mis armas preferidas; pero ese fuego de dragón de principado de antaño Medioevo, se me fue apagando por la divina intercepción de seres superiores, los que invisiblemente doblegaron mi repertorio discursivo de la imprudencia. Qué bueno que fue así, la recompensa pagada está llena de quietud y paz interior.
Desde la casa de mis abuelos paternos fui observando los beneficios personales que se van fomentando a través de aprender a compartir lo que se tiene con los demás. Luego me fui dando cuenta que toda la familia Cruz era igual en ese comportamiento. Desde los hogares de mis tíos y tías, hasta los primos y primas lejanas. Fue con abuelo Ramón que cristalicé el valor de compartir con los demás sin presumir de mis habilidades, destrezas o conocimientos, pero mucho menos de cuestiones materiales, como las vestimentas y los calzados. Siempre oí a “Papa KiKí”, como le decían comúnmente nietos y sobrinos a mi padre, que el único orgullo que debe posee un hombre o una mujer es: “Saber lo que él o ella es para su interior, sin importar lo que digan los demás sobre su persona, porque nadie más que ella sabe lo que en verdad es”.
De todo lo bello de mi niñez, mi adolescencia y mi juventud, nada tiene tanta belleza como las vivencias con mis cuatro abuelos, mis padres, mis cinco hermanos, dos hermanas, mis decenas de primos y algunos de mis inolvidables tíos y tías. Con todos aprendí a disfrutar sin quejarme de aquellas cosas que nos pasan en el tránsito de la vida y las cuestiones que no se presentan en el camino y nos dejan esperando, cuya añoranza, más que ayudar a la vida, atormentan el buen vivir y el bien ser.
Construir confianza es una labor perenne para la convivencia de las familias y esto cabe, para todas las variables del concepto. La confianza no merece la perturbación del titubeo. Con Papá aprendí la importancia de confiar sin titubear, cuando pedimos o damos colaboración a las personas que lo necesitan y merecen, desde nuestros puntos de vista personales. Si voy a entrar en ese proceso, entro sin cuestionamientos, porque ya he construido las informaciones que me dan la debida confianza.
El activo más importante de una empresa es la confianza, pero como ella encierra riesgos, la desconfianza nos enseña a construir conocimiento sobre nuestro entorno interno y externo; de ese modo, la confianza que depositemos en alguien no debe tener titubeos.
Perdonar es una acción difícil en el ámbito de la sinceridad, especialmente cuando creemos que tenemos razón y podemos demostrar que han querido dañarnos sin razones objetivas. Eso nos brinda unas razones para no perdonar, pero es recomendable hacerlo, tratando de superar las voces interiores que animan a no olvidar el dolor que te nos causado a nosotros en lo particular y a nuestros familiares, allegados y amigos, en sentido general. Perdona, pero hazlo genuinamente al perdonar sin buscar castigo para quien ofende, agrede o perjudica.
Para terminar los párrafos de este artículo, quiero decirles, que de mi padre aprendí a no olvidar las promesas, porque nada hace más daño a la conciencia social del individuo humano, que prometer y olvidar cumplir lo que se ha prometido.