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Bosch: la Restauración es la gesta más relevante de nuestra historia

En su libro Guerra de la Restauración, Juan Bosch define esa gesta como la página más notable de la historia dominicana y destaca que es también la más ignorada por la casi totalidad de nuestra población.

Sin embargo, refiere el compañero Bosch, la Restauración fue un esfuerzo colectivo gigantesco, heroico, caracterizado por hazañas militares que libraron los hombres y mujeres que participaron en ella, y por tanto debe alcanzar en la conciencia de cada ciudadano un sitial preponderante dentro de los episodios de la vida nacional.

La explicación de tal audacia en acciones militares radica en el apoyo un apoyo resuelto de las grandes masas dominicanas. En ella se reunieron características de guerra de liberación nacional y de guerra social y participaron hombres animados por sentimientos patrióticos, así como hombres de acción que van a la batalla en busca de ascensos sociales, En ocasiones, hombres en quienes se daban ambos estímulos

Guerra de Liberación Nacional

Fue esa unidad de clases sociales que se produjo inmediatamente antes de que comenzara la Guerra de la Restauración un elemento fundamental en su desarrollo. Esa unidad es característica de una guerra de liberación nacional.

En estos casos, las luchas de clases son desviadas hacia una lucha contra el ocupante del territorio de ese pueblo, por lo que la suma de las contradicciones clasistas se define en una sola contradicción, de carácter antagónico, entre la fuerza popular del país ocupado y el poder militar del Estado ocupante.

En la Guerra de la Restauración, como en cualquier guerra de liberación nacional, hay hombres que luchan en el bando del enemigo por razones clasistas, así como por filiaciones políticas.

Rememora que la Guerra de la Restauración comenzó el 16 de agosto de 1863, para el 22 de ese mes caían en manos de los restauradores: Guayubín, Monte Cristi y Sabaneta (hoy Santiago Rodríguez).

Para el 24 las fuerzas españolas declaraban el estado de sitio a todo el país; el 26 caían Puerto Plata, La Vega, San Francisco de Macorís y Cotuí; el 30 cayó Moca y ese mismo día el general Gaspar Polanco llevaba 1,000 hombres a Santiago, para iniciar la batalla de Santiago, en la que logró acorralar a las tropas españolas en la fortaleza San Luis.

Para fines de septiembre de ese año, la audacia de los líderes militares restauradores había llevado la revolución a todo el territorio nacional. Antes, el 6 de septiembre le daban fuego a la capital del Cibao, hecho único en la historia de las guerras de independencia latinoamericanas.

Para el 14 de septiembre el general Gregorio Luperón salía para Moca y el día 15 el general José Durán se dirigía desde La Vega hacía San Juan de la Maguana por Jarabacoa y Constanza y para finales de mes el movimiento se distribuyó por todo el Sur del país.

Gaspar Polanco, el proscrito

Juan Bosch fue el primer historiador de esa guerra en destacar el heroico papel del general Gaspar Polanco, disminuido por otros autores probablemente por razones de clase, debido a que ordenó fusilar a Pepillo Salcedo, quien ocupaba un lugar privilegiado dentro de la sociedad, en especial entre los altos pequeños burgueses del Cibao.

No obstante; Don Juan establece que fusilar a Salcedo fue claramente un error fruto del carácter difícil del general Polanco.

“Gaspar Polanco no tiene estarnas ni su nombre aparece en la historia de la Restauración destacado por sus acciones heroicas, sino como uno más de sus 6 participantes, pero pocas veces ha visto América hombres con la capacidad de decisión, el coraje, la voluntad hacia la victoria como la tenía ese extraordinario analfabeto nacido en un campo de Guayubín, a quien se le debe la determinación del hecho más importante de la Restauración, que fue el incendio de la ciudad de Santiago”, subraya Bosch.

Guerreros en harapos

Refiere que contrario a lo que imagian los dominicanos de esta época de restauradores vestidos con uniformes, lo cierto es que los jefes y los soldados de la epopeya vestían harapos, todos estaban descalzos y a piernas desnudas, sus caballos tenían aparejos hechos de hojas de plátanos, sus armas eran machetes y escasos fusiles ocupados a los soldados españoles heridos o muertos.

Solo podían participar los hombres que disfrutaban de buena condición física, capaces de enfrentarse a los aguerridos soldados españoles. Estos hombres extraordinarios derrotaron a las fuerzas españolas a solo un año y menos de cinco meses después de iniciada la Guerra de Restauración, esto es el 7 de enero de 1865.

El Parlamento Español reconoció de manera oficial la derrota mediante un proyecto de ley que ordenaba a las autoridades españolas abandonar el territorio dominicano.

Intento de Revolución Burguesa

La ausencia de una clase dominante en la sociedad dominicana determinó que la Guerra de la Restauración fuese una revolución burguesa frustrada, como lo había sido la separación de Haití y como lo fue la Revolución de Abril de 1965.

Para el siglo XIX el país estaba inmerso en un estado de miseria extrema: comercio humildísimo, casas en ruinas, calles con hierbas, hambre, etcétera, razones que explican el deseo de las masas del pueblo de que la nación fuera anexada a España. A Santana y sus hombres, por su parte los movían razones de tipo político: la permanencia del sector hatero en el poder.

Los pequeños comerciantes del Cibao se vieron afectados por la emisión de billetes o pepeletas dominicanas que hacia el gobierno de Buenaventura Báez, Se levantaron contra el régimen por la devaluación de esta moneda que obligatoriamente debían recibir a cambio de las de oro y plata que recibían desde Europa por la compra de tabaco.

El comercio local de la República Dominicana para el 1860 era de pequeñas proporciones, y se surtía generalmente de las islas de San Thomas y Curazao algunos pocos de los artículos que necesitábamos. Desde 1857 el estado de miseria empeoró.

Los sectores de la alta pequeña burguesía luchaban contra la minoría que tenía el control del poder político del país, que eran los hateros, y en esos hechos encontraron a un líder, Buenaventura Báez, quien después de haber llegado a la Presidencia de la República el 24 de septiembre de 1849, se convirtió en el líder de la alta y mediana pequeña burguesía en la encarnación del antisantanismo.

El 6 de octubre de 1856 Báez ocupó nuevamente la Presidencia de la República y el 11 de enero de 1857 ordenó la expulsión de Santana hacia Martinica. Así evidenció su calidad de líder de la pequeña burguesía, pero no de las capas altas y medianas que ya no lo era en ese momento.

En efecto, seis meses después de su proclamación, sus acciones, entre las que destaca el episodio del cambio del oro y la plata de los compradores de tabaco por las papeletas desvalorizadas del gobierno, le muestran abiertamente en contra de la alta y mediana pequeña burguesía.

Esto provocó el Movimiento Revolucionario del 8 de Julio de 1857 de los comerciantes bajo la dirección de los de Santiago, proclamaron su desobediencia al gobierno de Báez, y el establecimiento de un gobierno provisional asentado en Santiago.

Así se desencadenaron acontecimientos que culminaron con la anexión a España, lo que derivó a su vez en el formidable estallido de la Guerra de la Restauración.

La Anexión fue posible por la falta de respaldo popular de las tres capas más bajas de la pequeña burguesía, a las acciones de la alta y mediana pequeña burguesía comercial cibaeña, que se levantó contra Báez, quien benefició a los cosecheros de tabaco, que para esa época eran todos pequeños propietarios campesinos.

Santana regresa

El gobierno provisional, fruto del estallido revolucionario del 8 de julio, 8 tuvo asiento en Santiago y como presidente al general José Desiderio Valverde; enviaron al Gral. Juan Luis Franco Bidó a tomar la ciudad de Santo Domingo, acción que fracasó y entonces el gobierno de Santiago decidió invitar a Pedro Santana a que volviera al país con su rango de general y el pago de $500.00 para que levantara un ejército en El Seibo destinado a apoyar a Franco Bidó.

El bajo pago ofrecido a Santana es un reflejo del escaso desarrollo económico del país y de la pobreza general de las capas más bajas de la pequeña burguesía. Por eso los dos gobiernos: el de Santiago y el de Báez ponían en circulación millones de millones de pesos papel, con el cual se engañaban a sí mismos.

Con el regreso de Santana volvió a darse la alianza entre la pequeña burguesía y los hateros. Esa alianza retornó a Pedro Santana a la Presidencia de la República en 1857. Sin esa alianza, Santana no habría podido anexar el país a España.

Las fuerzas militares formadas por Santana no fueron de ejército sino tropas colecticias, es decir, tropas sin disciplina militar y el entrenamiento que caracteriza a los ejércitos.

Constitución de Moca

Mientras las tropas colecticias del gobierno de Santiago mantenían el sitio de la capital, la pequeña burguesía intelectual cibaeña se dedicaba a redactar una constitución que sería llamada la de 1858 o la de Moca, lugar donde se reunían sus redactores.

Esa Constitución no respondía a la realidad socio-económica y política que vivía el país; era una constitución ideal, inventada y ejecutada fuera del tiempo y del espacio real de la República Dominicana, que se adaptaba más a una sociedad burguesa semejante a la de los Estados Unidos o Francia.

Esta constitución fue desconocida por Santana, quien reinstauró la vigente durante su segundo gobierno de 1854.

A la llegada de Santana a Santo Domingo en junio encontró que Báez había abandonado la ciudad con sus colaboradores y varias goletas armadas y otras cargadas de mercancías con destino a Curazao; alegando pagos de deudas del Estado Dominicano a la firma de J. A. Jesurum & Zoon.

Báez hipotecó el Palacio Nacional, dos casas del Estado, los fondos 9 públicos depositados en San Thomas y tres buques de guerra de cuya deuda Santana debía pagar intereses mensuales de 1.5% por mora en su pago.

La constitución de Moca contó con la oposición de un grupo de personajes políticos encabezados por Tomás Bobadilla, quienes mostraron objeción al traslado de la capital de la República a Santiago.

Apoyándose en esto, Santana desconoció el gobierno de los revolucionarios del 8 de julio de 1857, dio un auténtico golpe de Estado y se quedó con el poder político y militar de las fuerzas que sitiaban la capital.

Santana asume el poder total

El 28 de julio Santana asumía los poderes de presidente de la República con el apoyo de los pobladores de la banda sur comprendida por Barahona y San Juan de la Maguana hasta Higüey y Sabana de la Mar.

El Gobierno de Santiago, presidido por José Desiderio Valverde, se vio solo; los hombres de sus tropas desertaron. El 1 de septiembre, Santana recupera Santiago, donde el gobierno revolucionario de Valverde ya había sido disuelto.

Militares inconformes

Los hateros habían derrotado en el terreno político a la alta y mediana pequeña burguesía cibaeña.

El estado de miseria generalizado en que vivían las capas pobres y muy pobres de la pequeña burguesía al igual que los héroes de la guerra, los militares que habían alcanzado rangos de importancia, explica las relaciones antagónicas de todos estos y los comerciantes.

No se admitía que los comerciantes vivieran en «abundancia» o por lo menos con cierta comodidad sin haber ido a la guerra, mientras el resto de la población, especialmente los militares con grados altos de Coroneles, Generales, Almirantes, obtenidos durante la guerra, tenían que dedicarse a oficios como carpinteros, hojalateros, herreros, zapateros, que habían desempeñado antes de sus hazañas heroicas.

Tantas desigualdades hubo entre su categorías militares y sus condiciones materiales de existencia que los convirtió en agentes activos de los disgustos políticos y en líderes inmediatos de los numerosos bajos pequeños burgueses pobres y muy pobres que formaban el grueso de la población dominicana y cuyo líder era Buenaventura Báez.

Santana, hombre tosco e inculto, pero con fuerte instinto de clase, se daba cuenta de que no contaba con el apoyo de los sectores de la pequeña burguesía, ni con el número de oficiales que lo respaldaban anteriormente; también estaba consciente de que continuar la situación económica y política que vivía el país, Báez representaba una amenaza para él y su grupo gobernante.

Fue por esto que Santana mediante decreto del 6 de junio de 1859 declaró a Báez y a dos de sus ministros como «traidores a la patria”, entre otras imputaciones, y los sometió a juicio ante la Suprema Corte de Justicia.

La lucha entre Santana y Báez fue reflejo de la lucha entre hateros y pequeños burgueses que Santana sabía que no podía ganar en el terreno político y que en cualquier momento podía convertirse en una contienda armada.

Consciente de que no contaba dentro del país con los medios necesarios para ganar, trataba de conseguirlo en España, donde el Estado estaba organizado como a él hubiera gustado que el país lo estuviera, con Reyes o Reinas que lo inmortalizaran en el poder.

Para Santana la manera de preservar el Estado hatero era integrándolo al Estado Español convirtiendo la República en una provincia de España.

Miseria arrastró anexión

Para el 1860, de la sociedad hatera dominicana sólo quedaba la cúspide que ejercía el poder político desde que el país quedó separado de Haití, Como sociedad ya no existía la sociedad hatera, sustituida por la de los cultivadores de tabaco.

La compra y venta de tabaco produjo una alta y mediana pequeña burguesía comercial que llevó el centro económico del país hacia el Cibao. En esos años de tránsito el país vivió épocas de mucha miseria, tan grande que es imposible imaginársela.

Es ello lo que explica que los dominicanos, fueran santanistas o baecistas, esperaran la anexión a España como única solución al estado de miseria imperante.

El proceso de anexión estaba impulsado por una situación de crisis política nacional, generada por los enfrentamientos entre santanistas y baecistas, cuyas razones eran una lucha de clases sin soluciones pacíficas.

El 14 de febrero de 1860, el General Felipe Alfau estaba presentando credenciales de Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario de la República Dominicana ante la reina de España, primer paso que debía dar el gobierno para conseguir la Anexión.

Al principio Alfau pidió a España: armas, municiones, corretajes y ayuda económica y profesional para organizar un ejército y construir fuertes en algunos puntos de las costas dominicanas y luego pasó a hablar de protectorado o anexión; posibilidad ésta que fue tan bien vista por España que ya para mediados de 1860 estaban ejecutándose, de manera escalonada, partes del plan.

Santana visualizaba en la anexión a España la solución a la crisis política económica que afectaba la nación; por una parte la continuidad del estado hatero creado y sostenido durante años por Santana y en esos momentos en decadencia.

Creía que vendría el alivio de la situación económica, pues al pasar este a ser una provincia de España, el gobierno español se vería obligado a extender a la nueva provincia el régimen monetario y las leyes y los hábitos comerciales que estaban vigentes en España, como era el caso de Cuba y de Puerto Rico.

De espaldas al pueblo

La ignorancia en que se mantuvo al pueblo dominicano respecto a las negociaciones de anexión fueron tales que se proclamó el 18 de marzo de 1861 y sin embargo el 27 de febrero anterior se celebró en la forma acostumbrada y con la solemnidad de siempre el aniversario de la Independencia sin que se mencionara en absoluto ninguna frase reveladora de que se trataba de anexar el país a España.

Al General Matías Ramón Mella lo expulsaron del país, se montó vigilancia desde la banda costera Sur en Las Calderas, se formó un batallón de milicias con todos los españoles que habían llegado a fundar una escuela y una revista semanal.

Santana asumió el mando militar del país, repartió las propiedades del Estado (casas y terrenos) como pago a sueldo a creencias imaginarias entre los adeptos a la causa anexionista; se otorgaron ascensos militares a manos llenas y se distribuyeron hasta grados masónicos.

El 18 de marzo de 1861 la población de Santo Domingo fue llamada a reunirse en la plaza de la Catedral, hoy porque Colón, donde en presencia del sacerdocio católico y todos los altos funcionarios del gobierno y de los soldados (sin armas) se leyó el acta de la anexión, Santana gritó «Viva Doña Isabel Segunda», se izó la bandera Española al lado de la Dominicana y se dispararon 101 cañonazos.

En Macorís comenzó resistencia

El único lugar que hizo oposición a que la bandera española sustituyera la dominicana fue San Francisco de Macorís; el 23 de marzo, a cinco días de la proclamación en la capital, el pueblo se amotinó y cuando izaron la bandera española le cayeron a tiros en la misma plaza de la comandancia, el General Juan Esteban Ariza tuvo que disparar un cañonazo sobre los amotinados.

Para el 2 de mayo, esto es a 40 días del amotinamiento de San Francisco de Macorís, se produjo la primera protesta organizada y armada, que culminó con la toma de Moca y la proclamación de la independencia, esto es, el retorno del país a la categoría de Estado.

Pero ese movimiento duró apenas algunas horas. El General Juan Suero recuperó la comandancia de Moca e hizo presos a los líderes, encabezados por José Contreras, quien fue fusilado junto con Cayetano Germosén, José María Rodríguez, e Inocencio Reyes al llegar Santana a Moca el 19 de Mayo de 1861, el mismo día que en Aranjuez los Reyes firmaban el decreto de declaración uniendo el territorio de la República Dominicana al de la Monarquía Española.

Sánchez entra por Haití

Los hombres excepcionales actúan llevados por las pasiones, el patriotismo y la sensibilidad social, como lo demuestra Francisco del Rosario Sánchez al entender que el Haití de 1861 no era el mismo del 1844 y por tanto se colocaba en el plano de país amigo, por lo cual Sánchez trató de conseguir de estos armas y recursos para abrir la campaña anexionista, (entrando por la frontera con Haití, por la banda sur).

A finales de mayo de 1861 iniciaron la acción, logrando apoderarse en El Cercado y Las Matas de Farfán, pero neutralizados por una división comandada por el General Abad Alfau llegada desde Santo Domingo.

Mientras, se le ordenaba al almirante español Ruvalcaba desde Cuba dirigirse a Puerto Príncipe a exigirle a Haití retirar el apoyo que estaba dando a las fuerzas de Sánchez a cambio de una indemnización de $25,000.00 pesos que recibiría el gobierno haitiano; Sánchez fue emboscado en El Cercado, donde cayó gravemente herido y fue hecho prisionero junto con sus hombres.

A la llegada de Santana al lugar, decidió hacerles juicio sumario y condenarlos a muerte de una forma brutal, el 4 de julio de 1861.

Los andulleros se movilizan

Luego de esa matanza no se produjeron nuevos levantamientos contra la Anexión hasta los primeros días de febrero de 1863 cuando comenzó a levantarse una ola de agitaciones armadas, que en siete meses ya dominaba toda la región del Cibao, y que era protagonizada por los cosecheros de tabaco, en su mayoría pequeños propietarios, junto a ellos la alta y mediana pequeña burguesía comercial, los cuales le habían arrebatado la supremacía social a los hateros.

Las autoridades españolas tomaron una serie de medidas económicas, especialmente monetarias y aduanales ante nuevas medidas económicas. Se fueron produciendo como consecuencia inmediata; el retraimiento en las compras y las ventas (o sea, una recesión) que perjudicó sobremanera el comercio.

Todos estos hechos provocaron descontento y desconfianza general de las razas dominicanas hacia el Gobierno Español; los que explican por qué la población fue pasando de las ilusiones que se crearon para justificar la Anexión al desencanto, el disgusto y la cólera que los lanzó a la guerra restauradora; más aún, son esos hechos los que explican la unidad entre todas las capas de la pequeña burguesía Dominicana al lanzarse a esta acción.

Otros motivos de disgustos de la población del gobierno español fueron la disposición de este de que la población prestara obligatoriamente bagaje y alojamiento en sus casas a las tropas españolas, ya que los caballos eran el único medio de transporte con que se contaba en el país de los que dependían para llevar los víveres al pueblo; se penalizó a los jugadores de cartas en las tabernas y los cafés.

Inquietud en los cuarteles y templos

La discriminación salarial entre españoles y los nativos, aunque desempañaran iguales funciones: las notorias discriminaciones raciales, pues a los españoles llegados a desempeñar alguna función en el país no importando el rango que ocuparan, se les había inculcado que los mestizos de estos territorios, al igual que los nativos de Cuba y Puerto Rico, eran descendientes de esclavos y por ende seres inferiores, animales de carga.

A los vendedores de víveres y otros artículos al gobierno del país no se les pagaba con regularidad, así como tampoco a los que alquilaban viviendas al gobierno para alojar a las tropas o para establecer oficinas y dependencias militares.

España desató un excesivo envío de empleados a Santo Domingo dotados de grandes sueldos, llevando al Estado a una administración en extremo costosa y lujosa lo que provocó retrasos en los pagos, y luego la falta absoluta de pagos para las reservas militares.

Estas mismas discriminaciones se daban también en la iglesia: los cleros locales se vieron poco a poco eliminados de sus curatos más importantes y cedidos a los sacerdotes recién venidos de España.

Se persiguió a los masones, se prohibieron los ritos protestantes que establecieron los inmigrantes esclavos, traídos desde Norteamérica en tiempos de la ocupación haitiana como: Samaná y Puerto Plata; se quiso imponer el matrimonio según las exigencias de la iglesia católica, acto este chocante para un país con un índice tan bajo de personas casadas.

El clero dominicano antes de la anexión no cobraba sus servicios por tarifas, sino que los feligreses hacían aportes según les fuera posible, pero el gobierno colonial lo sujetó al cobro de dotaciones fijas de $250,000 pesetas ($0.50 pesos), creándole a los sacerdotes estas medidas serios disgustos con la población.

Baecistas y santanistas

En las filas de los disgustados no sólo estaban los antes citados, también estaban los santanistas, que perdieron sus privilegios al renunciar Santana a la Capitanía General de Santo Domingo para 1862, y ser su sucesor Felipe Ribero Lemoyne, venezolano con formación española, precursor de traer al país la avalancha de españoles como empleados públicos.

Con estos hechos quedaron establecidas las bases políticas indispensables para que cuajara una unidad antiespañola, sin la cual habría sido muy difícil lanzar al pueblo a una guerra de liberación nacional, como lo fue la de la Restauración.

El Coronel Lucas Evangelista Peña convocó a los campesinos de las vecindades y en la noche del 21 atacaron Guayubín, que fue defendida inútilmente por tropas de Femando Valerio; al amanecer el 22 de febrero se levantó Santiago Rodríguez en Sabaneta, de donde salió una columna hacia San José de las Matas y en la noche del mismo día se dio el levantamiento de Monte Cristi.

Al enterarse en Santiago de la toma de Guayubín los directores de la conspiración de Santiago, miembros del ayuntamiento y algunas personas prominentes al servicio de España determinaron lanzarse a la acción, aunque carecían de armas.

Unir a santanistas y baecistas para enfrentar a España, no era tarea fácil, sobre todo porque no habían líderes capaces de comprender que hacerle la guerra a España requería de la unidad de ambos, pero el pueblo de manera instintiva asimiló esa necesidad de unidad y contribuyó a esto la acción tomada por Santana al renunciar a la Capitanía General y exhortar a sus seguidores a unirse a quienes propusieron luchar contra España, aún fuesen baecistas.

La fuerza de los santiagueros

El grupo más importante de conjurados para el levantamiento del 27 de febrero de 1863 era el de Santiago.

Su importancia se debió a que entre ellos estaban las autoridades municipales que en el aparato civil del Estado español jugaban un papel destacado debido a la jerarquía que les reconocía España; 17 también era importante por el número de comprometidos con la causa restauradora.

Guerra y movilidad social

Toda guerra de independencia o de liberación nacional es al mismo tiempo una guerra social, debido a que las masas toman parte en ellas porque creen que sólo echando de su país al poder extranjero que las explota pueden resolver sus problemas.

A las masas no las mueven sentimientos patrióticos, a diferencia de los líderes políticos que actúan además movidos por instintos políticos altamente desarrollados, que les permiten darse cuenta del momento preciso para liberar a la patria y de la forma violenta en que debe ser llevada esta acción, que caracteriza las guerras sociales como feroces.

Eso no lo comprendieron los cronistas españoles de la guerra de la restauración, que se asombraron de la fiereza y la crueldad con que combatían los dominicanos.

La Guerra de la Restauración en República Dominicana fue de liberación o de independencia, pero fue también una guerra social donde alcanzaron preeminencia social y política hombres que por sus orígenes de clase y sus antecedentes estaban condenados a ser toda su vida pobres desconocidos como Benito Mención, Ulises Heureaux, Gregorio Luperón, Gaspar Polanco, entre otros.

Del carácter de guerra social que tuvo la lucha de la Restauración salieron convertidos en personajes nacionales destacados, en jefes militares y políticos, 20 individuos de estratos tan humildes como Benito Mención, analfabetas como Gaspar Polanco, que llegó a ser Presidente de la República, o Benito Mención, que adicionalmente su procedencia humilde tenía antecedentes delictivos por sustracción de cerdos cuando desempeñaba la función de peón de Santiago Rodríguez, quien tuvo que despedirle y desde entonces se vieron con rivalidad.

Nunca perdonó Mención esa justa actitud del que para aquel tiempo era jefe político y había adquirido la dureza de carácter necesario para mandar con éxito cierta clase de gente sin disciplina. Como Ulises Heureaux, que llenaría 17 años de nuestra historia, Monción era hijo natural de una cocinera de las islas caribeñas, peleó bajo las órdenes de Polanco y forma parte de los escogidos para fusilar al General Pepillo Salcedo.

El carácter de guerra social y de liberación nacional explica la rapidez con que se propagó el fuego restaurador, a tal extremo que para el 22 de agosto ya estaban en poder de las fuerzas restauradoras; Guayubín, Dajabón, Monte Cristi, Sabaneta; para el 28 cayeron Puerto Plata, La Vega, San Francisco de Macorís, Cotuí, Yamasá y Bonao.

El 30 de agosto cayó Moca y para esa misma fecha Gaspar Polanco llegaba a Santiago con mil hombres y ese mismo día comenzaron la batalla.

La Guerra de la Restauración empezó adueñándose de manera casi instantánea, en primer lugar, en la línea noroeste del territorio dominicano, extendiéndose a toda la mitad occidental del Cibao con presencia en la región de Yamasá, amenazando la Capital del país.

Las fuerzas restauradoras asestaron al poder español golpes muy duros que asegurarían a las fuerzas revolucionarias la victoria futura.

Esos golpes fueron el incendio de la ciudad de Santiago, y la toma de la ciudad el 6 de septiembre y la sangrienta persecución de las tropas españolas que iban de retirada de Santiago hacia Puerto Plata, al ser destruida la ciudad por el fuego y con ella la plaza comercial más importante del país y el mejor puerto de mar (Puerto Plata).

En un segundo de tiempo, la revolución se fortaleció velozmente con la región oriental y central de la parte sur del país, así como en todos los lugares que teman alguna densidad de población, gracias al instinto de lucha de nuestro 21 pueblo, aunque sus vanguardias sabían que no les convenía ir a combatir ante las murallas de la ciudad de Santo Domingo, porque allí tendrían que enfrentarse al mayor poderío militar español, llegando solo hasta Yamasá y San Cristóbal.

La audacia de Polanco

La guerra de la Restauración dominicana tuvo la peculiaridad de que Santiago fue incendiada por las fuerzas revolucionarias, el 6 de septiembre, con el propósito de que los españoles perdieran el interés por el lugar, que era el centro de enlace de todo el Cibao. Ocho años más tarde la ciudad estaba reconstruida y tan poblada como al momento del incendio.

Esto demuestra que lo que para las tropas españolas era un lugar desolado después del incendio, para los dominicanos seguía siendo lo mismo, lo que equivale a decir que desde el punto de vista subjetivo, que es como debemos valorar los hechos heroicos.

La orden y la ejecución de parte del General Polanco, no fue perjudicial para el pueblo de Santiago y en cambio fue decisivo en el curso de la Guerra de la Restauración, que es lo que tiene importancia histórica, pues el fuego no alcanzó a los campos vecinos donde se cosechaba plátano, yuca, maíz, yautía, batata y se cazaban animales cimarrones que era la base alimenticia de los dominicanos.

Pero para las tropas españolas esto fue un golpe gravísimo pues no podían sostenerse sin los alimentos a que estaban habituados, como por ejemplo el pan de trigo, el aceite de oliva, los medicamentos de boticas, estaban también acostumbrados a dormir en camas o camastros pero no en suelo o barbacoas como lo hacían los soldados dominicanos.

El sitio de Santiago pasó a ser más estrecho que antes, los españoles aunque no cesaban en los ataques, no tuvieron otra alternativa que gestionar un armisticio que se logró parcialmente el 14 de septiembre, obligándosele a dejar sus posesiones y armas, pero los españoles no cumplieron y volaron el polvorín y se quedaron con sus armas, hecho este que motivó la persecución efectuada por Pepillo Salcedo y más adelante por Gaspar Polanco el 21 de septiembre en el Corral, donde le prepararon una emboscada. I

Ese mismo día 14 de septiembre de 1863 fue aprobada y firmada el Acta de Independencia de la República Dominicana, que debió haber sido el Acta de la Restauración o del Estado Dominicano porque la independencia había sido declarada 19 años atrás (1844).

Ese documento fue escrito por el venezolano, Manuel Ponce de León; con la aprobación del acta quedó establecido oficialmente el gobierno restaurador con el apoyo de los jefes civiles y militares de la revolución.

Hasta el momento en que se formó el gobierno de la restauración, la jefatura de la revolución había sido militar y limitada, al principio, al territorio en que cada jefe estaba combatiendo; pero desde el comienzo de la batalla de Santiago el General Gaspar Polanco surgía de manera natural como comandante superior del movimiento.

Ascenso de Luperón

Gracias al curso de los acontecimientos y a su capacidad para tomar decisiones al igual que ocurrió a Gregorio Luperón, quien en forma relampagueante pasó a ser de un desconocido, de quien se burlaban los soldados porque recorría el campo dominicano armado con una espada que nadie sabía de donde la había sacado y haciendo alarde de un valor que no había demostrado todavía el 14 de septiembre, aparecería firmando el acta de la Restauración llamada erróneamente Acta de Independencia.

Gaspar Polanco no fue el único hombre que pasó casi de un día para otro, a una posición preponderante en las filas de los restauradores; lo mismo le sucedió a Benito Mondón; e igual le ocurrió a Gregorio Luperón, que era un desconocido hasta la batalla de Santiago, donde se distinguió y para el 14 de septiembre aparecía firmando el Acta de la Restauración.

Luperón aparecerá luego firmando junto a Gaspar Polanco oficios y nombramientos, entre otros, uno dirigido al Coronel José Antonio Salcedo (Pepillo) proclamándolo General de Brigada.

Cinco días después, Salcedo sería llevado a la Presidencia del Gobierno provisorio, quedaron así formalizadas las operaciones de la Revolución, lo que disgustó a Luperón por considerar que el General Salcedo no tenía el consentimiento de los principales hombres de armas, que eran Monción, Pimentel, Santiago Rodríguez, Ignacio Reyes, Gaspar Polanco, verdaderos jefes militares de la revolución restauradora entre los cueles estaba el mismo Luperón.

Es importante advertir que Luperón había llegado a Santiago el día 2 de septiembre y el día 14 estaba hablando de hacer presos a los que había elegido el gobierno provisional de la Revolución y a su presidente.

En doce días un joven que había tratado fallidamente de incorporarse en sus inicios a la revolución Restauradora, pasa del anonimato, a ser personaje con suficiente autoridad como para conseguir que el Coronel José Antonio Salcedo fuera promovido a General de Brigada y para amenazar, cinco días después, con la prisión al propio Salcedo por aceptar ser presidente del gobierno provisorio sin haber solicitado la autorización de los jefes militares de la revolución restauradora, entre los cuales estaba él mismo Luperón.

El ascenso militar, político, social, tan brusco como el que se había dado en el caso de Luperón se explicaba por el carácter popular de la guerra en que se hallaban envueltos miles de dominicanos que se sentían capaces de actuar como titanes y habían hallado en esa guerra el campo propicio para desarrollar sus capacidades de hombres de acción.

La mayoría de ellos procedían de las capas pobre y muy pobre, de lo que a falta de otras clasificaciones tenemos que denominar baja pequeña burguesía, y sabían de manera instintiva que ellos podían hacer cosas que los situaban por encima de los “dones”, palabra con la que se denominaba a los personajes de la época, que eran casi siempre los comerciantes más importantes y los propietarios de tierras y reses.

Entre esos hijos del pueblos y los dones había planteada, sobre todo desde que los últimos decidieron derrocar el gobierno de Buenaventura Báez, una lucha de clases encauzada por la guerra de la Restauración, en la que se unían los baecistas como Salcedo y los antibaecistas como Luperón.

Sin embargo, los bajos pequeños burgueses de las capas pobre y muy pobre que se reconocían a sí mismos capaces de llegar al nivel de los dones y aún de superarlos se les ofrecía una oportunidad única de demostrar sus capacidades y de situarse entre los hombres que decidirían acerca de asuntos trascendentales.

En ese momento de la historia, el más fecundo que ha conocido el pueblo dominicano, todo el que sentía el llamado de la acción hacía algo sin que se sintiera obligado a consultarlo con nadie.

Por esa razón la guerra había desatado del lado de los restauradores una capacidad de actuación que era absolutamente opuesta a lo que sucedía en el campo español.

En las guerras de liberación los hombres de acción de los sectores populares entran con la fuerza de los aludes. Sin duda un partidario anónimo de la revolución Restauradora supo en Santo Domingo o en otro lugar de la zona sur del país que a Santana se le había encomendado la misión de aplastar el movimiento en su cuna y se las arregló para hacer llegar la noticia a La Vega.

Para producir el número de muertos, heridos y desaparecidos que produjeron los restauradores a las columnas españolas se necesitaba que los atacantes, fueran no tanto numerosos como resueltos, decididos a jugarse la vida sin el menor titubeo; y si se la jugaban era porque al final había premios no meramente de carácter militar sino, sobre todo, de importancia social.

El más estimulante de esos premios, era la autoridad para entrar en el círculo de los dones, y aún más, la posibilidad de colocarse por encima de ellos, puesto que eso significaba la victoria de los bajos pequeños burgueses pobres y muy pobres en la lucha de clase que mantenían de manera instintiva contra esos dones.

Mientras se llevaba a cabo la guerra, tal lucha de clases quedaba amortiguada, dejaba de ser antagónica porque la que había pasado a ser antagónica era la de dominicanos contra españoles; pero volvería a serlo cuando los enemigos no fueran ya los españoles sino dominicanos de posiciones sociales diferentes.

Comienza la lucha entre capas de la pequeña burguesía

En La Guerra de la Restauración la lucha de clases propia de las diferentes capas de la pequeña burguesía dominicana quedó relegada a un segundo plano.

En el orden político, esa lucha de clases se encausaba, desde 1863, en una virtual guerra civil permanente entre baecistas y santanistas, pero con contadas excepciones los santanistas que se pasaron a las filas de la Restauración y los baecistas que estaban en ella, por lo general desde los primeros momentos, no entraron en conflicto.

A esa postergación de la lucha de clases dentro de los restauradores hay que atribuirla a la enorme autoridad con que actuó, desde su primer día, el llamado gobierno provisorio.

Aunque a veces usemos la palabra ejército para referirnos a los combatientes dominicanos de la epopeya Restauradora, la verdad es que ejército en esa contienda sólo había uno, que era el español; lo que tenían los dominicanos eran guerrillas, y las guerrillas no son formaciones adecuadas para hacer una guerra de posiciones sino para la de movimientos.

Ni los españoles ni los restauradores podían decidir la suerte de la guerra mediante el uso de las armas porque si los últimos eran fuertes en la acción guerrillera, que no es propia para la guerra de posiciones, los primeros se mantenían en campamentos donde se hallaban cercados por las guerrillas dominicanas al mismo tiempo por la naturaleza tropical, cuyo aspecto negativo no conocía el soldado español.

Bosch explica que el gobierno de Madrid se dio cuenta de que en «su provincia de Santo Domingo» se había llegado a una situación de empate trágico, porque le costaba muchas vidas de hombres jóvenes, y a pesar de que el capitán general Vargas enviaba informes muy optimistas, decidió suplantar a Vargas con De La Gándara.

De la Gándara vino a tomar posesión de su cargo el 31 de marzo, lo que nos conduce a recordar que en tres años, a partir precisamente de marzo de 1861, la nueva provincia de España había reconocido cuatro capitanes generales: Santana, Vargas, De La Gándara; demasiados altos jefes en tan corto tiempo.

Esas negociaciones comenzaron con una carta que desde Santiago, la capital del movimiento Restaurador, le dirigió a De La Gándara uno de los miembros del gobierno revolucionario, el ministro Pablo Pujol, autorizado por el hecho de que dé De La Gándara le había enviado un emisario, que se entrevistó con Pujol en la Islas Turcas.

La misión del emisario era hablar de las posibilidades de llegar a un acuerdo de paz. La carta de Pujol estaba fechada el 16 de agosto de 1864, esto es, al cumplirse el primer año de la guerra Restauradora, y el 7 de enero de 1865 se presentaba en el Congreso Español un proyecto de ley que ordenaba el abandono por parte de las autoridades españolas del territorio dominicano.

Entre la fecha de la carta de Pablo Pujol a De La Gándara y el 7 de enero de 1865 hubo varias acciones de guerra en el país y también hubo acontecimientos políticos muy sonados, pero ni aquellas ni éstos pudieron detener el progreso de las negociaciones de paz y mucho menos el fortalecimiento de la influencia que iba teniendo en la vida nacional el conjunto de capas de la pequeña burguesía de las que habían salido los campeones de la guerra restauradora.

Esos nuevos líderes pasaron a ocupar el lugar que hasta el 16 de Agosto de 1863 habían ocupado los jefes militares y políticos hateros, y con ellos comenzaba una nueva etapa de la historia nacional: la etapa del predominio de una pequeña burguesía ambiciosa en un país muy pobre.

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