Hace unos meses, mientras regresaba desde Estados Unidos, de un viaje de trabajo, y esperaba para abordar el vuelo de regreso a Santo Domingo, se me acercó un señor, en silla de ruedas, ya entrado en la tercera edad; me saludó con mucho cariño y dijo: “Usted fue mi profe en 1969”.
Sin faltar a la verdad, quise reprocharle por recordarme mis largos años de vida, pero en segundos reaccioné y sentí ese orgullo de que disfrutan los grandes hombres y mujeres que han dejado su impronta en la sociedad: la satisfacción del deber cumplido.
El recuerdo de ese simple, pero emotivo incidente, nos ha motivado a reflexionar sobre la obligación que tenemos quienes incursionamos en la actividad política en el sentido de trabajar con ahínco para contribuir y dejar huellas imborrables en la historia del desarrollo político y social de la República Dominicana.
El Profesor Juan Bosch, quien honra la historia política, social y humanística de este país y muchos países del mundo, aseguraba que “es difícil acabar con el pasado, porque el pasado está vivo en el presente si hay un solo actor del hecho actual que responda a los sentimientos o las ideas de atrás”. Este hombre excepcional era consciente de que la buena obra política conjuga el pasado, el presente y el futuro.
Las acciones, los hechos, son fundamentales para marcar la vida de una persona, de una sociedad, de un país, del mundo. No basta con hablar del trabajo que realizaremos como políticos o servidores públicos, ni enviar resúmenes a los noticiarios de radio y televisión o publicar notas de prensa en periódicos o en las redes sociales.
Lo verdaderamente importante es impactar la vida de las personas y transformar la sociedad para bien. Por ejemplo, en el presente, el Presidente Danilo Medina está trillando exitosamente ese camino con miras a asegurar un futuro cada vez mejor para el pueblo dominicano. La forma en que impactemos las vidas de otras personas es, sin lugar a dudas, la mejor forma de perpetuarnos como seres humanos, como políticos, como servidores públicos.
De nosotros depende que seamos referentes o no, de buenas prácticas políticas y sociales. Las buenas acciones no se borran con un DELETE en la computadora o el celular; se perpetúan en el tiempo, en la historia de los pueblos, en el corazón de la gente, que 40 años más tarde son capaces de sonreírte, de recordarte y de agradecerte.
Juan Bosch, como líder político, escritor aventajado, y estudioso de la naturaleza humana, conocía de las debilidades de muchos políticos que buscaban cimentar su propio éxito o escribir su historia sobre la base de la anulación del trabajo de sus adversarios. Por eso trabajó sin descanso para ganarse un lugar protagónico en la historia dominicana; y no se equivocó cuando aseguró: “Lo único verdaderamente cierto que se da en la política como en la vida es que cada pueblo como cada ser humano tiene su propia historia y sólo puede avanzar en el camino hacia el porvenir, siguiendo la dirección que le marca esa historia, y utilizando sus propias fuerzas y sus propias experiencias. Puede apoyarse en experiencias ajenas y en fuerzas ajenas pero no puede suplantar con ellas las que son suyas”.
Aquella simple conversación no prevista con ese dominicano en la principal terminal aérea del Estado de Nueva York, me confirmó que vale la pena hacer siempre lo bueno en esta vida porque el bienestar permanente de una sociedad no se logra hasta luego de muchos años de servicio desinteresado a la Patria y de no cansarnos de ser buenas personas.