Humberto Almonte
Saber manejar las presiones de la industria cinematográfica cuando llega a alcanzarse el estrellato no suele ser un camino de rosas ni un ascensor hacia la gloria como muchos suponen. Mantenerse en los primeros planos del cotilleo farandulero, perseguido por los focos de una prensa vampírica, no se logra sin sobresaltos.
“El caso no es llegar sino mantenerse”, reza el dicho popular, porque la fama quema mucho más que la lava volcánica. Esa mezcla de cero privacidad con una cobertura intensa de las labores artísticas, no deja mucho espacio para eso que llamamos vida, ni para nada que se le parezca.
Bob Woodward, coautor de la investigación que le costó la presidencia a Richard Nixon por el caso Watergate, se sumerge en la turbulenta existencia de este actor para describir su ascenso y caída en el libro de 525 páginas. Como una Moto, La Vida Galopante de John Belushi, podría también titularse Crónica de Una Muerte Anunciada.
La vida artística del incombustible Belushi estuvo signada por su enorme talento interpretativo, su desbordante comicidad y por un desbordado consumo de drogas que lo condujo a su fin prematuro. Algunos podrían culpar a las malas compañías, pero fue su decisión dejarse llevar hasta esos infiernos.
Desde sus inicios en el Teatro Second City de Chicago, pasando por Saturday Night Live, su gran papel en Los Hermanos Cara Dura (The Blues Brothers) hasta su trabajo inconcluso en The Noble Rot, John no se detuvo ante nada. La intensidad fue su norte y nada de lo que hacía carecía de ella, era lo más parecido a una llama encendida que solo deja de brillar al consumirse completamente.
El periodista Sidney Harris del Chicago Daily News describía así a la futura estrella: “Todos tenemos nuestros favoritos, en cualquier caso, y el mío es John Belushi, que basta con que aparezca en escena para verme ahogando ya la risa como un colegial”. Y es que este fenómeno de la naturaleza poseía ese carisma arrollador que solo es dado a los grandes.
De acuerdo a los testimonios recogidos por Woodward, John ya consumía marihuana con frecuencia, a veces antes del espectáculo o antes de su improvisación, al parecer lo probaba todo. LSD, setas, peyote y cualquier tipo de alucinógeno que cayera en sus manos. Su compañero, Joe Flaherty, se asombraba que consumiera tan enormes cantidades y aun pudiera actuar.
El gran salto a la televisión por Belushi fue obra del creador y productor de Saturday Night Live, el gran Lornie Michaels, quien al principio desconfiaba del humor duro, escandaloso y egocéntrico, pues deseaba uno original y cálido, pero como le dijo Michael O’ Donoghue a Michaels: “Los buenos son un problema, en la vida y en el arte”.
Los personajes que desarrolló en ese programa televisivo como El Samurai, Las Abejas, Vito Corleone, Henry Kissinger, James T. Kirk, le produjeron una gran fama, aunque Belushi se quejaba del excesivo protagonismo de Chevy Chase. Su salto de la televisión al cine era solo cuestión de tiempo.
La fama le trajo un mayor salario, con lo cual mejoró radicalmente su situación económica, y a su vez el consumo de drogas se elevó a grandes niveles, como vuelve a recalcar Woodward: “Parecía que John consideraba a estas drogas como parte de su trabajo, similar a ponerse un disfraz, aprenderse los diálogos o maquillarse para los ensayos”.
El director John Landis lo dirigió en sus dos mayores éxitos de taquilla de cara al público, que fueron Colegio de Animales (National Lampoons Animal House) -1978- y Los Hermanos Caradura (The Blues Brothers) -1980-, puesto que otras películas como 1941, -1979- de Steven Spielberg, Old Boyfriends -1979- de Joan Tewksbury y Mis Locos Vecinos (Neighbours) -1981- de John G. Avilsen, fueron sonoros fracasos.
Colegio de Animales supuso su primer gran éxito en el cine, encarnando a John “Bluto” Blutarsky, líder de la fraternidad Delta en el Faber College, un grupo de estudiantes revoltosos que ponían a la institución y a su rector Womer de cabeza. Landis pudo controlar el temperamento y el consumo de sustancias, aunque no tanto como para dejarlas.
La esposa del actor, Judy, hacia esfuerzos para encarrilar al actor, tanto en la ingesta de drogas como en sus alarmantes subidas de peso, dado que John todo lo hacía a lo grande, incluyendo el tema alimenticio. A lo largo de su carrera contrató a Smokey Wendell, un ex agente del servicio secreto y al ex campeón de karate Bill Wallace para tratar de controlar el acceso de la estrella a los estupefacientes.
Los Hermanos Caradura, en la cual hacia pareja con su compañero de Saturday Night Live, Dan Aykroyd, provenía de hecho de un sketch del programa. La película disfrutó de una enorme difusión y terminó de transformar a Belushi en una gran figura, no solo del cine sino de la música, pues todo derivó a grabaciones musicales y conciertos de los Hermanos Caradura o Blues Brothers, convertidos en banda de blues.
La agitación en el tramo final de su carrera se debió al guión y a la pretensión de hacer una película con The Noble Rot, cuya primera versión los ejecutivos de Paramount, su representante Michael Ovitz y su manager Bernie Brillstein encontraban deficiente y que no estaba a la altura de su talento. Otra opción era hacer una película como Joy of Sex, pero a John no le convencía la idea.
La estrella emprendió una alocada carrera hacia adelante en sus últimos días de vida y Bob Woodward documenta con escalofriante precisión el consumo masivo de drogas duras que lo llevaron a la muerte en Los Ángeles, California, un 5 de marzo de 1982. La autopsia del Dr. Kornblum concluyó con las siguientes palabras: “John Belushi, un varón blanco de 33 años, había fallecido por intoxicación aguda de cocaína y heroína”.
Sea la presión de la fama o las malas compañías que lo inducían al consumo de estupefacientes, la trepidante y trágica biografía que Bob Woodward hace de este actor en Como una Moto: La Vida Galopante de John Belushi, nos suena como la crónica autodestructiva de un héroe norteamericano de la pantalla grande.