Humberto Almonte
La discusión sobre la importancia de los galardones, la calificación y los listados de las obras de cine puede ser tan antigua como este mismo arte. Pero eso no quiere decir que su vigencia haya mermado ni un segundo, vistos los desacuerdos y los enojos que aún suscita.
El valor mercadológico o financiero se puede ver alterado cuando se obtiene una distinción en cualquiera de los apartados de los filmes, pero eso no tiene nada que ver con los valores artísticos y su permanencia en los gustos o las mentes de los espectadores en donde el gran juez, con su juicio inapelable, es el tiempo.
La publicidad y la propaganda de las casas distribuidoras nos quiere hacer creer que obtener una cierta cantidad de Oscares, Palmas de Oro en Cannes u Osos de Oro en Berlín, le concede una superioridad a la obra producida por este o aquel estudio. Nada más falso. Esos premios son otorgados en unas circunstancias o espacios de tiempo de corta duración y a veces de rápido olvido.
A todo aquel que se apesadumbra, monta en ira o vocifera diatribas, hay que explicarle que está tan equivocado en su reacción como aquel que se desborda en alegría al recibir esas distinciones. Si se decide participar y aceptar las reglas de la competición, entonces hay que acatar los veredictos, que son hijos de los juicios, intereses y apreciaciones de unos humanos pasibles de equivocarse.
Las circunstancias o afinidades que favorecen a un competidor o a otro, no son frutos del azar ni de los designios de los dioses del Olimpo. Cuando se envía una película a competir en un determinado espacio, festival, concurso, se supone que ya se conoce la línea de pensamiento del convocante. Si usted cierra los ojos esperando ser tocado por la suerte, mal haría en sentirse contrariado si ésta no lo favorece.
Uno de los lemas del deporte olímpico es que “lo más importante no es ganar sino competir”. Si seguimos este principio en el campo cinematográfico nos ahorraríamos muchos disgustos y sinsabores. Así como muchos deportistas odian perder, lo mismo se da en el sector de las imágenes, donde al parecer muchos creen que su obra no perdurará si no es premiada, o por lo menos, eso denotan con su enojo al perder.
El escritor Antoine de Saint-Exupery dice en el libro El Principito: “¿Si el rey ordena a un general que vuele de flor en flor y el general no cumple la orden, de quién es la culpa?”. Por tanto, si envías una película a un festival pro-nazi y en ella críticas a los nazis… ¿De verdad esperas que te premien? El análisis sereno y excluido de emociones desbordadas, te dirá que no.
En ocasiones, los jurados son vilipendiados por los escuadrones de realizadores, guionistas, actores, etc., por no elegir de acuerdo al gusto de ellos o del clamor de las masas. Al escoger los jurados, se asume que mantendrán sus opiniones y juicios alejados de estos sectores, por lo que no se debe esperar que actúen al tenor de esas voces y criterios.
Si se elige competir contra un producto salido de un estudio o productora de gran poder, se sabe que irá en desventaja por las influencias que estas compañías tienen y porque usarán toda su maquinaria para dar a conocer su película o corto. Que tu obra pueda aguantar tal embestida y logre posicionarse, dándose a conocer entre el público, es a veces un logro mayor irás haciéndote un espacio en estos ambientes tan competitivos.
El perjuicio de lo políticamente correcto es un factor a considerar, porque aunque tengas el mejor filme, con grandes valores técnicos y estéticos, si vas de frente a otra obra con un tema sensible del momento o que esté de moda, estás en gran desventaja. Y es que en estos días, la estética le cede su espacio al discurso igualitario entre comillas.
Tan frágiles y poco importantes son a veces los premios, que un año después es difícil recordar el nombre de aquella gran película premiada en Cannes, San Sebastián, o esa otra que recibió tal Oscar, hundiéndose en el anonimato y la bruma de lo intrascendente. Otras que les pasaron por las narices a los jurados de esos importantes certámenes, gozan de una mayor valoración.
El primer cedazo de un premio es la escogencia de las obras que cumplen los parámetros, descartando las que no se ajustan a las reglas o porque ya el número de plazas se ha completado. Algunos realizadores pierden un tiempo valioso pensando en las injusticias de la no escogencia o solicitando explicaciones detalladas, recibiendo de éstos, cuando suelen hacerlo, una respuesta tan magra como larga ha sido la pregunta, lo que aumenta la desazón del realizador o productor.
¿Duda usted de las reglas, los jurados o los participantes de tal o cual festival o competición de cine? Entonces no pierda su tiempo enviando su obra y concéntrese en los festivales y competencias donde si tiene posibilidades, pues se va a ahorrar dinero y disgustos. No siga la senda del abogado picapleitos o litigante porque trabajará para estar cansado y ese no es el objetivo.
Cuando se acomete la realización de una obra fílmica, la principal razón es la necesidad de expresarse, de elaborar un discurso que llegue a las audiencias y no la de recibir un premio o estar incluidos en listas de dudosa valoración. Si la intención es ser distinguido y elevar su ego, usted debe atenerse al veredicto, sea el que sea.
Una película o un director trascenderán si existen la honestidad y la calidad estética en el discurso expresado en la obra, y si de paso se consiguen algunos lauros de ocasión, bienvenidos sean en el nombre de esos valores superiores. Buscar un premio para llenar un vacío de contenido o las ansias de la fama, no es más que escribir en la arena con la vana esperanza de perdurar.