Opinión

La Distancia entre Críticos y Cineastas

La crítica y los hacedores de cine tienden a convivir en un espacio muy estrecho, lo que se presta a los consabidos problemas de comunicación/incomunicación, pues lo que entiende el cineasta a veces está muy lejos de lo que el crítico percibe. Esta es una relación entre personas e intereses que no siempre coinciden.

Un director emplea meses y años estructurando una película después de regresar de una institución académica o de un aprendizaje práctico, que, para los resultados, a veces da igual. Un crítico o analista se pasa un montón de tiempo en la misma situación para formarse en las herramientas metodológicas que le permiten descifrar los arcanos fílmicos.

La convergencia en ese interés único no garantiza en modo alguno la unidad de criterios. Así como esto no existe en las demás artes, en el cine esa es una utopía a la que aspiran algunos representantes de las partes, y no siempre los más lúcidos o con mejor formación. Cada película es un escenario para recomenzar el proceso de deconstruir y entender las obras cinematográficas.

Para un director, la película es como un hijo al que ha imaginado, gestado y parido, a quien defenderá a sangre y fuego de esos malvados analistas, quienes dicen ver cualidades y defectos que sus creadores plantean no son ciertas. La amplitud de miras debe llevar al crítico a entender a los cineastas padres/madres, sin dejar de defender sus verdades.

Ya lo decía el mexicano Jorge Ayala, que la labor de este profesional no es… “madrear las películas”… como hacen muchos. Y a propósito, me viene a la mente el español Carlos Boyero, que desde su tribuna en el periódico El País, lanza rayos y centellas contra el cine que le disgusta, que es casi todo, con una ferocidad tal que pocos se le salvan. También existen esos, y son muy visibles, que no le encuentran defecto alguno a película, siendo esta la otra cara de la moneda.

La Cruel Distancia

Como espectadores podemos darnos cuenta de que si nos sentamos en los primeros asientos de la sala de cine, tendremos problemas para apreciar ciertos detalles de la película por lo incomodo de la posición. Y si nos vamos a los asientos más lejanos, nos enfrentamos a otras dificultades de visionado. El lugar ideal es el justo medio, asientos más, asientos menos, así no estaremos, ni muy lejos ni muy cerca, pudiendo seguir el desarrollo de las acciones con comodidad.

El símil es aplicable a los analistas para relacionarse con los realizadores y sus obras, que no pueden ser examinadas sin colocarse a una distancia crítica, la cual muchas veces debe ser literal. Así se resguarda el rigor de la aproximación a la obra y no se contamina con una cercanía afectiva.

No estamos sugiriendo abandonar el proceso comunicativo, ni aislarse como el Grinch, defectos tan perjudiciales para el análisis como ese compadreo amistoso que desemboca en un diplomático y difuso texto u opinión, estructurado para no ofender a las partes. Pero así como evitamos el “madreo” que mencionaba Ayala, igual debemos hacer con el compadreo fílmico.

La amistad entre un crítico y un realizador se basa en el entendimiento de los deberes de cada uno y el respeto a las opiniones del otro. El espacio que media entre los dos está lleno de trampas del lenguaje y del discurso, que pueden ser sorteadas separando lo personal de lo profesional. El problema es que no todos los espíritus son lo suficientemente generosos y claros para entender esta separación.

El analista debe guardar manejarse usando los mismos parámetros con todo representante de la industria que pueda alterar sus juicios, manteniéndose como en la sala de cine, en el justo medio. Cuando, con todos los elementos a mano llega a una conclusión, entonces sí, defender lo defendible y alinearse con quien esté cerca de esa posición.

Los Grados de Separación

El “apandillamiento” nunca ha sido un factor positivo para la creatividad, y aun en los colectivos más destacados, el talento individual saca la cabeza para mostrar a los tocados por la lotería del talento. Por tanto es antinatural que un crítico se convierta en “grupie” de un director o un actor, declarando como buenas y validas cada una de sus obras.

La admiración por las habilidades de un realizador no nos puede llevar a desviarnos de los procedimientos metodológicos a la hora de diseccionar la obra de ese sujeto por el cual nos babeamos intelectualmente. O se es fan o se es crítico. No existen atajos para el análisis serio de una película. Si eres un fan estarías haciendo un panfleto laudatorio, que es lo más alejado de una opinión analítica.

Nuestro trabajo requiere largos instantes de soledad después de ser deslumbrados por las luces del show biz, porque la reflexión rara vez se da entre candilejas o espacios ruidosos. A la hora de pasarle el bisturí a una película, es aconsejable hacerle caso a Lope de Vega: “A mi soledades voy, de mis soledades vengo, porque para andar conmigo me bastan mis pensamientos”.

Una relación de intercambio de información, de dialogo, es el proceso correcto para relacionar a los participantes en la cinematósfera y no entrar en una colisión debido a los diferentes intereses que se mueven en espacios paralelos. Dicha relación, vista así, tiende a ser enriquecedora para ambos.

La prudente distancia que deben guardar críticos y realizadores garantiza el rigor con que debe ser abordada la cuestión cinematográfica, evitando la producción de textos u opiniones laudatorias provenientes de grupies con influencias y capacidad de difusión. Cuando se difuminan las fronteras de deberes e intereses, el contenido pierde su cualidad esencial: ¡Analizar!

últimas Noticias
Noticias Relacionadas