Históricamente, desde su etapa imperial a la fecha, Rusia ha visto desfilar en el poder a hombres y mujeres de notable carácter, mano dura e imprevisibilidad a la hora de regir los destinos de una nación tan vasta como heterogénea, que al día de hoy sigue causando la admiración o desconcierto de muchos.
De hecho, más que un asunto de capricho, pareciera que la propia complejidad del espectro político y social de Rusia, termina por moldear el perfil de mandatarios destinados a dejar su huella en la historia contemporánea, donde salvando la época, contexto y desarrollo de la población, la moderación nunca ha sido una opción a la hora de proyectarse en el poder. De ahí que ejemplos tan memorables como las hazañas de Iván III “el Grande”; la crueldad y sagacidad de Iván “el Terrible”; el advenimiento de Miguel I, primer Zar; las conquistas y visión modernista de Pedro “el Grande”; y la determinación de Catalina II “La Grande”, sean casos de análisis obligatorio para todo aquel que desee comprender cómo se forjó la actual identidad rusa y sobre todo lo que fueron los antecedentes, inicio, auge y trágico final de la dinastía Romanov.
Sería precisamente hace unos 100 años y siete meses, cuando tras el estallido de la Revolución de febrero en Petrogrado (23 de febrero al 3 de marzo del 1917) un debilitado zar Nicolás II, acorralado por los continuos reveses durante la Primera Guerra Mundial, sumado a la crisis económica, hambruna y descontento de la población dentro de un Estado monárquico prominentemente rural, se vería obligado a abdicar al trono. Para entonces la legitimidad del zar, considerado como falto de carácter por muchos historiadores, se venía debilitando desde principios de siglo debido a acontecimientos nefastos como los “Pogromos antisemitas” y el “Domingo Sangriento” durante la Revolución del 1905, que llevaría a la imposición de un contrapeso al poder absoluto del zar, mediante la creación de la “Duma” o Parlamento ruso.
Con la abdicación Nicolas II, que se hizo efectiva para el 15 de marzo de ese emblemático año, se ponía fin a una de las dinastías más longevas y desconcertantes de la historia reciente de Eurasia. Trágicamente, la familia Romanov sería asesinada para verano del 1918, en uno de los desenlaces más impactantes de principios del siglo XX. Tras este suceso, se instauraría un gobierno provisional bajo el mando de Aleksandr Kérenski, con notables rasgos liberales y de socialismo moderado, que tenía previsto el llevar a cabo una especie de Asamblea Constituyente que pudiera viabilizar un futuro democrático para Rusia. Sin embargo, la negativa de Kérenski a poner fin a la guerra de parte del ejército ruso, no hizo más que agudizar la crisis y reavivar las protestas de la población lo que sería aprovechado por los Bolcheviques, quienes apelaban a la consigna de “Paz, pan y tierra”. Con esto se sentarían las bases para otra revolución que tendría lugar tan solo siete meses después, más específicamente el 25 de octubre del 1917 (según calendario juliano), de la mano de otro “hombre fuerte de la historia rusa” Vladimir Ilyich Ulyanov “Lenin”, quien gracias a un acuerdo tras bastidores con el Káiser alemán, Guillermo II, pudo retornar a Rusia desde Suiza en abril de ese año en un vagón sellado, a cambio de que ayudara a poner fin unilateralmente a las hostilidades por parte del ejército ruso. La tradicionalmente conocida como la “Revolución Bolchevique”, de la cual se cumple en esta semana el primer siglo, desencadenó una Guerra Civil y el posterior establecimiento del gobierno soviético.
Esta especie de asalto al poder, por entonces en manos del gobierno provisional de claro perfil burgués, marcaría finalmente un punto de inflexión en el devenir ruso, debido a la disolución de la Duma, la instauración de la “Dictadura del proletariado” y posteriormente la creación en diciembre del 1922 de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). En lo adelante, esta unión federativa compuesta por unas 15 repúblicas, estaría dirigida de manera centralizada por el Partido Comunista que a partir del 1924, tras la muerte de Lenin, pasaría a manos de Josef Stalin, otro gobernante con un perfil conductual dominante, que llevaría a la Unión Soviética hacia un vertiginoso proceso de industrialización, centralismo económico y total represión política.
Cabe destacar que a pesar de los notables avances, que en materia tanto industrial como económica percibiera la URSS en su primera década y media de existencia, los mismos se verían eclipsados por un periodo llamado “Gran terror” entre 1936 y 1938, en el que el régimen de Stalin fue protagonista de la ejecución de unas 750,000 personas (entre ellas a León Trotsky), así como la deportación de aproximadamente un millón de opositores y enemigos a los campos de concentración. No obstante las circunstancias le favorecerían, pues estas cruentas acciones denunciadas en primavera del 1956 por su sucesor, Nikita Kruschev, se verían relegadas a un segundo plano como resultado de las proezas rusas durante la Segunda Guerra mundial, en la cual tuvo más de 60 millones de muertos y logró sobreponerse al ejército nazi en batallas claves como la de Stalingrado, surgiendo junto a Estados Unidos como las dos superpotencias del mundo.
Resulta incuestionable que un nuevo orden mundial había emergido, en especial con el lanzamiento de dos bombas nucleares en las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki de parte de Estados Unidos, lo que sentaría las bases de una carrera armamentista basada en la tecnología de guerra. En ese sentido, la URSS logró fabricar su propia bomba nuclear en tan solo cuatro años, que al ser más rustica y pesada que las fabricadas por los estadounidenses, los llevó a crea poderosos cohetes para su transporte, que sin pensarlo, daría paso indirectamente al surgimiento de una carrera espacial.
Contrario al pensamiento popular, el régimen soviético resultó ser pionero en la conquista del espacio, donde bajo el liderazgo de Kruschev se emprenderían los más revolucionarios avances en misiones espaciales, entre las que destacaron: el primer satélite (Sputnik) colocado en órbita en 1957; primer ser vivo llevado al espacio (la perrita Laika) en 1957; el primer hombre puesto en órbita (Yuri Gagarin) en 1961; la primera mujer en realizar un vuelo espacial (Valentina Tereshkova) en 1963; y el primer ser humano en realizar una caminata espacial (Alexei Leonov) en 1963.
Sin embargo, a pesar de los avances tecnológicos y su poder militar, las trabas en la burocracia estatal soviética, propia del centralismo político y económico, se unieron a una falta de cohesión identitaria que impidió por décadas crear un sentimiento común hacia la causa del Partido Comunista, creando un caldo de cultivo para la futura crisis de esta superpotencia. Y es que más allá de la lucha ideológica, Washington no escatimó esfuerzos en explotar el contraste cultural entre el liberalismo occidental en contraposición con el hermetismo de la URSS, siendo uno de los principales ejemplos el de la Alemania postguerra, dividida desde 1961 por el “Muro de Berlín”.
Es así, cómo tras cuatro décadas de una intensa aversión escenificada principalmente en el plano geopolítico y militar, con notables ejemplos como la creación de la OTAN (1949); la guerra de las coreas (1950-53), el pacto de Varsovia (1955); la crisis de octubre o crisis de los misiles (1962); la guerra de Vietnam (1955-75), y la guerra de Afganistán (1979-89), la Unión Soviética finalmente iría perdiendo terreno en una Guerra Fría que llegó a condicionar la vida de miles de millones de personas…