Opinión

Batallas comerciales

El estallido de una guerra comercial entre Estados Unidos y China podría desencadenar turbulencias financieras globales, rupturas en el desempeño de las transacciones comerciales internacionales y en la estabilidad de la economía mundial.

Los primeros efectos del intercambio del fuego comercial desatado por los cañones arancelarios puestos en acción por Estados Unidos y China ya han impactado en los precios de centenares de productos demandados por consumidores de ambos países.

En efecto, en sus inicios la Administración Trump impuso impuestos aduaneros a las importaciones de acero y aluminio, con aranceles del 25 por ciento y 15 por ciento, respectivamente, procedentes de gigante asiático, pero ya Pekín ha respondido estableciendo medidas punitivas sobre unos 128 bienes producidos en Estados Unidos, entre los cuales se encuentran frutas diversas y productos cárnicos.

Siendo el valor de las importaciones de EE.UU. desde el mercado de China de unos 506 mil millones de dólares (2017), sobre un universo de 2,4 billones de dólares que la economía estadounidense compra al resto del mundo, podría pensarse que esas medidas punitivas adoptadas por Pekín tendrán un efecto residual (mínimo) sobre las finanzas del comercio exterior norteamericano.

Pero debe tenerse en cuenta que el déficit comercial norteamericano se situó el pasado año en 811 mil millones de dólares, de cuyo monto corresponden unos 376 mil millones de dólares al intercambio con China.

Lo cierto es que las bolsas de valores del mundo, en especial la de Wall Street en Estados Unidos, han estado experimentado sensibles vaivenes en su comportamiento ante el peligro real de que esas batallas comerciales libradas entre EE.UU. y China lleguen a involucrar a otros actores del comercio mundial.

El periódico financiero alemán Handelsblatt sostiene que todavía el mundo no está en guerra comercial, aunque le preocupa “el rearme verbal que tiene lugar entre EE.UU., Europa y China”, precisando que también se corre el riesgo de que ese conflicto supere el ámbito exclusivo del acero y el aluminio para proyectarse sobre una diversidad de productos.

Como expresión de esa preocupación por el estallido de una guerra comercial conviene recordar lo analizado en la reunión del Banco Central Europeo celebrada durante los días 24 y 25 de enero de 2018, donde se dejó constancia del rechazo a lo que parece ser una estrategia comercial de la Administración Trump: “Tomaríamos entonces las medidas adecuadas para defender a la industria de la Unión Europea, y ya estamos preparados para reaccionar rápida y adecuadamente en caso de que nuestras exportaciones se vean afectadas por una medida comercial restrictiva de Estados Unidos”.

Las primeras batallas de lo que podría ser una peligrosa guerra comercial ya se están librando en un escenario bilateral (Estados Unidos/China) pero todo apunta a que tanto la Unión Europea como Japón y Rusia podrían verse arrastrados a involucrarse en las mismas si el Donald Trump, presidente número 45 de EE.UU., afianza su política comercial de corte proteccionista, tratando de reducir un déficit comercial que ha devenido en estructural y que tiene su origen en la pérdida de competitividad y rezago industrial de la economía norteamericana y nunca jamás en la capacidad productiva y de exportación de sus competidores.

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