Opinión

El comportamiento electoral

El comportamiento de los electores ha sido objeto de estudio desde principios del Siglo XX por la sociología electoral.

La obra “La mesa política de la Francia occidental en la Tercera República” (1913), del académico, geógrafo y escritor francés André Siegfried, fue uno de los primeros clásicos que registra la historia electoral, relativo al comportamiento de los electores.

Posteriormente, en Estados Unidos, la década de los años 40 marcó el inicio de las primeras investigaciones relativas al comportamiento electoral, cuyo epicentro fue la Universidad de Columbia, cuando Paul Lazarsfeld, sociólogo austríaco-estadounidense, inició sus investigaciones sobre la incidencia de los medios de comunicación en la decisión de los electores.

Las elecciones presidenciales norteamericanas de 1940, que dieron el triunfo por tercera ocasión (episodio único en la historia electoral de Estados Unidos) a Franklin Delano Roosevelt por el Partido Demócrata y las de 1948, ganadas por Harry S. Truman, por el mismo partido, sirvieron de modelo sociológico a la escuela política de la Universidad de Columbia, asumiendo “las características sociales de los electores”.

La obra “La elección del pueblo” (1944) de Lazarsfeld y “Votando” (1954) –esta última en colaboración con Bernard Berelson y William Mcphee-, se consideran los clásicos “en investigaciones electorales en sociología política, comunicación de masas y opinión pública”. En ambas obras se analiza cómo votan los electores, a partir de la influencia de los medios de comunicación. Indican, además, que las condiciones sociales y geográficas influyen en la decisión del voto. En definitiva, el modelo de Columbia asume que la influencia social de un determinado grupo de electores, orienta su voto.

Luego, en los años 1950 y 1960, la Universidad de Michigan, a través de los investigadores Campbell, Converse, Miller y Stokes, publicó la obra “El voto americano”, donde plantean que el sistema político influye en el comportamiento y actitudes de los electores, donde los elementos psicológicos tales como las propuestas de campaña, el comportamiento de los candidatos y la identificación de los votantes con los partidos políticos, determinan el voto.

La tesis planteada por Michigan en relación al comportamiento electoral, establece un vínculo fuerte entre la identificación partidaria y el voto. Esta identidad se traspasaba de generación en generación, fortaleciendo y afianzando los factores sociales en la estabilidad del voto.

La década de los 80, marca el inicio de un cambio electoral en Europa, al plantearse nuevos elementos que influirían en la decisión de los votantes: el comportamiento de los candidatos, la participación política, la gestión gubernamental en el ejercicio del poder, el desgaste de los partidos políticos, la influencia y movilización de las organizaciones sociales y la incidencia de los medios de comunicación de masas.

Otros modelos estudiados son los propuestos por Jon Elster, destacado especialista noruego en las ciencias electorales y Luis de la Calle-Robles, politólogo mexicano, y se refieren a la racionalidad utilitarista del voto. Estos investigadores plantean que el ejercicio del voto está precedido por una decisión racional del elector: evalúan los candidatos y los posibles beneficios que puedan obtener; observan las ventajas de los gobiernos anteriores y lo que pueden percibir del candidato evaluado y deciden su voto por la opción más favorable a sus intereses.

Dentro de la teoría de la racionalidad utilitarista del voto, se ubican la teorías espacial y direccional. La espacial es aquella en que los candidatos se encuentran próximos a los electores, en lo ideológico y en las propuestas electorales; la direccional es en la que los electores votan por los partidos y candidatos que defienden la solución de los problemas que les afectan.

Otra teoría de la decisión racional es la del voto económico, donde el elector orienta su voto a favor del candidato o el partido, cuya visión económica sea proporcional a sus intereses. Su voto es en función de la confianza y credibilidad de la oferta económica del candidato y el partido.

Es bueno precisar que el sistema de partidos políticos es determinante en el comportamiento electoral de los ciudadanos. Maurice Duverge y Giovanni Sartori, asignan una importancia fundamental a los partidos políticos en la conducción de los intereses ciudadanos y en la defensa del interés colectivo de la sociedad. Los partidos, realizan una función de socialización con los votantes, al momento de ejercer su derecho al sufragio.

La doctora Petra Bendel, Catedrática de la Universidad Friedrich-Alexander de Alemania y otros autores, han clasificado las funciones de los partidos políticos atribuyéndoles las de representación, participación, competencia por cargos públicos, formulación de políticas, formación y socialización, vigilancia del proceso electoral, movilizar el apoyo electoral, reclutar y nominar candidatos a cargos electivos, estructurar opciones entre los grupos de candidatos, representar los intereses de grupos sociales, formar el gobierno y mantenerlo e integrar a los ciudadanos en el proceso político de una nación.

Un partido es un vehículo de los conflictos e intereses entre los distintos grupos sociales, en el ámbito electoral, que permite el establecimiento y consolidación de los sistemas políticos democráticos. Esta relación influye de manera directa en el comportamiento electoral, en el ejercicio del voto y como consecuencia, en la selección de candidatos a cargos de elección popular.

Los comportamientos electorales son diversos y variados. De ahí que el economista José Luis Sáez Lozano, de la Universidad de Granada, haya planteado que “la función del voto es un enfoque comprensivo del comportamiento electoral. Estima necesario estudiar conjuntamente la estructura social, el sistema político y la racionalidad utilitarista, pues el objetivo del cualquier votante es maximizar su nivel de utilidad electoral”.

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