Hablan los hechos

¿Crisis humanitaria en Yemen?

Por curioso que parezca, esa es la pregunta que terminan planteándose la mayoría de la población en el mundo occidental, al momento de solicitárseles su opinión sobre un conflicto que tras cuatro años de intensos combates, mantiene a millones de personas al borde de la muerte.

En efecto, ubicado en el cono sur de Medio Oriente, la guerra que se desarrolla en Yemen se cobró solo en el 2018 un promedio de 100 víctimas semanales según datos de las Naciones Unidas, lo que le ha llevado a protagonizar en conjunto con Somalia, Nigeria y Sudán, la mayor crisis humanitaria desde la Segunda Guerra Mundial. A pesar de ello, el conflicto yemení parece no haber despertado suficiente interés en la prensa internacional, haciendo que sus víctimas mortales solo sean cifras que día a día abultan las estadísticas, al tiempo que para el resto del mundo la guerra pasa a ser parte de la cotidianidad.

Los orígenes de esta crisis, donde abundan las alianzas e intereses geopolíticos, tanto regionales como de las principales potencias, yacen en la Primavera Árabe iniciada en el 2011 que auspiciada desde occidente, cambiaría de manera significativa el mapa político de Medio Oriente. De ahí que al igual que Libia y Siria, Yemen cayera en un laberinto sin salida donde la guerra subsidiaria ha tenido su mayor expresión.

Aquellos movimientos populares inicialmente dieron al traste con el gobierno de Ali Abdullah Saleh, quien había estado al frente del Estado por más de dos décadas, tras lo cual asumió el hasta entonces vicepresidente, Abd Rabbu Mansour Hadi, que recibió apoyo internacional. Sin embargo, contrario a lo que debió ser una transición controlada, el nuevo ejecutivo tuvo serios problemas de gobernabilidad, al verse copado por problemas de corrupción, inseguridad y múltiples insurrecciones, entre las que destacaron Al Qaeda, el movimiento hutí y grupos leales al depuesto presidente.

En el caso particular de los hutíes o Ansarullah (Partidarios de Dios), estos han tenido presencia en Yemen desde los años 90´s cuando se formaron, con el objetivo de defender los intereses de la comunidad chiita Zaydí. Con el tiempo formaron una poderosa milicia que adversó ferozmente al régimen de Saleh, pero tras el descontento social generado por la precaria situación luego de la Primavera Árabe, estos decidieron hacerse con el control de la capital, Saná, en una movida que fue apoyada por Saleh.

Es preciso señalar que para el 2014, el apoyo del exmandatario a los hutíes fue seguido de un segmento importante de la población yemení, quienes se sentían desilusionados por Hadi. A pesar del empuje inicial, que permitió a su vez un notable avance sobre otras ciudades importantes como Adén, la coyuntural alianza entre antiguos rivales colapsó luego de que Saleh se mostrara dispuesto a negociar una salida al conflicto que lo restituyera en la presidencia.

El cambio de postura del exmandatario le generó fuertes acusaciones de traición, que más adelante (2017) le costarían la vida. Sin embargo, el punto de inflexión para Yemen vendría a principios del 2015, cuando los hutíes asediaron el Palacio presidencial provocando que Hadi huyera del país.

Sería a partir de aquel momento en que el conflicto, hasta entonces relativamente interno, daría un giro de 180° al despertar los temores en Arabia Saudí, quienes han visto en el avance hutí un claro empuje a los intereses de su enemigo regional, Irán. En lo adelante, la monarquía saudí pasó a liderar una coalición integrada además por Kuwait, Bahréin, Jordania, Egipto, Qatar, Marruecos, Senegal y Sudan, que encabezarían una serie de incursiones aéreas sobre objetivos hutíes.

Dicha coalición recibiría a su vez el respaldo logístico, militar y financiero de Reino Unido, Francia y Estados Unidos, donde este último realizó reiteradas incursiones aéreas sobre territorio yemení, e incluso llegó a admitir el despliegue de tropas especiales sobre el terreno. A partir de entonces, la cadena de ataques aéreos, incursiones terrestres y la guerra de guerrillas entre las partes envueltas en conflicto, han dejado un saldo negativo del cual no parece haber solución a la vista.

Es así como tras múltiples intentos fallidos por alcanzar un alto al fuego y un necesario proceso de paz, la guerra ha generado serias precariedades que afectan directamente a la sociedad, que de por si carga con retrasos de hasta dos años de salarios, sumado a una inflación del 180% que ha encarecido el costo de la vida. A lo anterior se sumaría un pronunciado bloqueo comercial por parte de Arabia Saudí, concentrado especialmente en la costa oeste de Yemen, por donde pasa el 90% de los productos básicos y el 70% de la ayuda humanitaria.

Este bloqueo buscaba originalmente suprimir el supuesto abastecimiento de armas de los hutíes en la zona de Hodeida, pero contrario a lo esperado, ha generado una agudización de la hambruna ya existente, como expusiera Mark Lowcock, responsable de ayuda humanitaria de la ONU. Concretamente, en la actualidad existen unos 22 millones de personas que están necesitadas de asistencia, 16 millones de las cuales están en situación de hambruna.

De hecho, la hambruna amenaza con cobrarse la vida de unos 400,000 niños menores de 5 años, que se sumarían a los 85,000 que ya han perecido por inanición, según datos de Save the Children. Todo esto a pesar de que las cifras de muertes por el conflicto militar, que oscila entre 15,000 y 60,000 según fuentes diversas, y las muertes por cólera (2,000 contabilizadas) parece no dejar de crecer.

La gravedad de la situación en cuanto a la hambruna, provocó que Estados Unidos reconsiderara su estrategia, forzando a un proceso de paz al tiempo que suprimió el abastecimiento de combustible a la coalición, mientras en el Senado se evalúa prohibir nuevas intervenciones de Washington en esta guerra. Esto obviamente chocaría con los intereses de la industria armamentística, que solo en este conflicto ha recibido beneficios por cerca de US$7,000 millones, según Amnistía Internacional.

Actualmente el enviado especial de la ONU, Martín Giffiths, encabeza las negociaciones para un alto al fuego con los hutíes que se lleva a cabo en Suecia, y que de fracasar deteriorarían aún más el panorama. Evitar esto dependerá de cuán decididos estén los actores externos en influir positivamente sobre las partes en conflicto, toda vez que nadie quiere ser el responsable de una agudización de la crisis, que repercuta en la muerte del 75% de la población.

Más allá de estos datos alarmantes, es posible que al abordar el tema muchos nos pregunten ¿hay una crisis humanitaria en Yemen?.

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