Hablan los hechos

La cultura de odio: Un mal social al servicio del poder.

Durante la última década es mucho lo que se ha debatido y avanzado en materia de libertad de expresión, una tendencia de alcance global que ha brindado garantías legales, no solo a los medios tradicionales y al mundo del periodismo, sino también a la población en general. Esto ha permitido a la ciudadanía accionar oportunamente en un ambiente de democracia participativa, haciendo uso de su voz de manera directa y diáfana.

El medio por excelencia para canalizar dichas interacciones sociales lo ha sido, sin lugar a dudas, las redes sociales, donde diariamente se ventila todo un desfile de publicaciones que contrastan entre sí, reflejando una auténtica diversidad de posturas y sentimientos encontrados entre los propios ciudadanos. A pesar de que la mayor parte del tiempo los comentarios giran en torno a temas tribales, al tocar el terreno cultural, religioso o sociopolítico, lo cierto es que las diferencias pueden traer a flote los más oscuros de los instintos.

Reconocido como un sentimiento capaz de afectar el pensamiento lógico y objetivo en las personas, el odio ha sido históricamente un combustible indispensable para alentar el resentimiento y la intolerancia social. De hecho, a pesar de haber comprendido tradicionalmente un aspecto reprimido de la personalidad humana, con el cual se convive de manera silenciosa, una vez estimulado intencionalmente con algún propósito grupal, el odio puede transformarse en una verdadera amenaza para la democracia.

En efecto, es de esta forma como han germinado la mayoría de las campañas discriminatorias, en especial con objetivos racistas y xenófobos, que legitimaron en su momento el statu quo y crueldad de regímenes como el nazismo alemán, o la intolerancia del supremacismo blanco estadounidense. Lo peculiar es que, a pesar de décadas de sensibilización y concienciación sobre los efectos nocivos la cultura de odio, en los últimos años ha habido un notable repunte de grupos abiertamente intolerantes a las minorías.

Ante esta realidad grupos internacionales como la Liga Antidifamación, la cual conformó una “pirámide del odio” para ilustrar el grado de exclusión, insensibilidad y peligrosidad. Esta se conforma por los comentarios públicos, los prejuicios excluyentes, acciones discriminatorias y segregacionales, la deshumanización de las minorías, y finalmente la violencia física.

Lo anterior va dirigido a alertar a la sociedad ante lo que se percibe como una normalización del odio, donde las expresiones denigrantes y violentas contra las minorías, parecen formar parte del día a día de ciertos grupos que se esfuerzan en buscar culpables de sus males. Preocupa, sin embargo, que en la actualidad gran parte de estas movilizaciones sean promovidas por algunos grupos religiosos y políticos sectarios, que teniendo incidencia en naciones desarrolladas, no escatiman esfuerzos en denunciar a las minorías.

En esencia, contribuyendo a crear sociedades cada vez más divididas y confrontadas hacia lo interno, la promoción de la cultura de odio desde el poder ha sido la principal culpable del auge de los actos de violencia y represión de los últimos años, con cada vez menos repercusión u asombro social. Un ejemplo de ello es el caso de Nikolas Crúz, quien a pesar de sus continuos mensajes de odio en las redes, donde daba a conocer su repudio a los homosexuales, musulmanes y negros, no fue visto como una amenaza hasta el momento en que entró a la escuela Marjory Stoneman Douglas, en Parkland Florida, y asesino a unas 17 personas.

Por si fuera poco, los crímenes producto de la cultura de odio en Estados Unidos aumentaron un 20% entre 2016 y 2017, coincidiendo con la campaña y primer año de presidencia de Donald Trump, conocido históricamente por sus pronunciamientos racistas a lo largo de su carrera empresarial y política. Basta recordar cuando en el 2011 inició una controversial campaña de cuestionamiento público y racial contra el presidente Barack Obama, donde apoyado en grupos de supremacistas blancos obligó al entonces mandatario a comprobar su nacionalidad estadounidense.

Se recuerda que su campaña presidencial estuvo protagonizada, entre otras cosas, por un discurso anti migratorio donde llegó a tildar a inmigrantes ilegales de “violadores”. Ahora, con la mira puesta en su repostulación para las elecciones del 2020, Trump vuelve a hacer uso de la xenofobia y el odio racial para consolidar su base de apoyo electoral.

Es así como a mediados de mes el actual mandatario estadounidense dirigió su ira contra cuatro congresistas demócratas, por demás fervientes criticas del sistema y statu quo de Washington, las cuales por sus orígenes étnicos y religiosos constituyeron un blanco perfecto para un auténtico derroche de sectarismo y exclusión verbal. A continuación reproducimos parte de lo publicado por Trump, que calificándolas como socialistas y radicales, les recriminó:

«Qué interesante ver a las congresistas demócratas ‘progresistas’, que proceden de países cuyos Gobiernos son una completa y total catástrofe, y los peores, los más corruptos e ineptos del mundo (ni siquiera funcionan), decir en voz alta y con desprecio al pueblo de Estados Unidos, la nación más grande y poderosa sobre la Tierra, cómo llevar el Gobierno». “¿Por qué no vuelven a sus países y ayudan a arreglar esos lugares, que están totalmente rotos e infectados de crímenes. Entonces que vuelvan aquí y nos digan cómo se hace?».

Por si fuera poco, estos ataques llegan en momentos en que se ponía en ejecución un plan de detenciones arbitrarias, donde se pretendía deportar un aproximado de 2,000 indocumentados, además de la implementación de políticas anti migratorias más estrictas. A pesar de no citar sus nombres, los ataques del presidente iban dirigidos a la afroamericana Ayanna Pressley, representante por el estado de Massachusetts; la representante de Nueva York de ascendencia puertorriqueña, Alexandria Ocasio Cortez; Rashida Tlaib, la representante de Detroit de ascendencia palestina; y la representante de origen somalí, Ihlan Omar, por el estado de Minnesota.

Cuando se creía que lo peor pudo haber pasado, Donald Tump aprovechó un discurso en Carolina del Norte para nuevamente atacar a las congresistas, alentando especialmente la xenofobia entre los presentes, quienes exclamaron “¡Envíala de vuelta, envíala de vuelta!”. Las arengas de odio del mandatario ignoran que un 13% de los actuales congresistas tienen orígenes migrantes, y que su propia familia es de origen alemán, la retórica de intolerancia ha sido históricamente un recurso dirigido a socavar la democracia y alentar la intolerancia en aras de conseguir o consolidar el dominio racial.

Todo indica que será una larga y desgastante campaña. Esperamos que entre los estadounidenses prime la unión ante este mal social al servicio del poder.

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