Hablan los hechos

Caída de bosch y otros golpes en la región

Septiembre, un mes de transiciones naturales, donde el calor del incesante verano suele dar paso a un refrescante otoño, también guarda dentro de sí otras transiciones un tanto forzosas, que perviven de manera lastimosa en la memoria política y social de Latinoamérica. Nos referimos pues, a los derrocamientos de los gobiernos democráticos del Profesor Juan Bosch (25 de septiembre 1963) y Salvador Allende (11 de septiembre 1973), que junto a otros golpes a lo largo de la Región, supusieron un episodio oscuro del legado de la doctrina Monroe.

En efecto, aquel manifiesto del siglo XIX que rezaba “América para los americanos”, fue enarbolado por Washington tras la Segunda Guerra Mundial, acabando así con las políticas de “buena vecindad” del New Deal, e instaurando una férrea custodia sobre gobiernos latinoamericanos que se extendería en algunos casos más allá de la Guerra Fría. Durante este período, los golpes de Estado se convirtieron en una suerte de eventos cotidianos, donde el nacionalismo local era visto como enemigo de las multinacionales y el comunismo el chivo expiatorio para reemplazar gobernantes desafectos a EE.UU.

De hecho, la típica imagen del uso de las fuerzas armadas y consiguiente imposición de regímenes de facto, así como la supresión de libertades, las represiones y persecuciones de disidentes, terminó convirtiéndose en un común denominador de estos derrocamientos sistémicos, donde no faltó el acompañamiento e incluso participación directa de la CIA. Algo parecido a éste guión fue lo vivido hace 56 años en nuestra República Dominicana, cuando se decidió poner fin al primer ensayo democrático experimentado por el país, tras 31 años de una cruenta dictadura.

Desde su rol de candidato, Juan Bosch fue visto como un símbolo de esperanza y transformación del país, haciendo de sus dotes de oratoria llana y didáctica la mejor herramienta para ilustrar al pueblo sobre la realidad nacional, al tiempo que les brindaba las herramientas que servirían para empoderarles y convertirles en arquitectos de su propio destino.
Superando la aversión de poderes fácticos, como la iglesia católica y la clase dominante acobijada en la Unión Cívica Nacional, Bosch asumiría como presidente el 27 de febrero del 1963, llevando a cabo sendas reformas que ponían al país a la vanguardia de las democracias de la época.

Medidas como la libertad sindical, la eliminación de latifundios, y regulación de los precios del azúcar, fueron grandes pasos a favor de toda la población, que sin embargo recibiría en la promulgación de la Constitución del 29 de abril del 1963, la mayor expresión de libertad y derechos ciudadanos vista por los dominicanos. No obstante, las políticas de corte progresistas del profesor Juan Bosch le ponían en línea directa de colisión con la oligarquía nacional y la iglesia, que en conjunto con altos mandos militares veían afectados sus intereses y privilegios.

A lo anterior se sumaría la presión de Washington, para que el gobierno tomara medidas concretas contra grupos izquierdistas que orbitaban en territorio nacional. El distanciamiento progresivo de estos grupos con el gobierno presidido por Bosch, supuso el inicio de boicots y conspiraciones, que para la madrugada del 25 de septiembre llegarían a su clímax.

En efecto, tras descubrir que a pesar de su rechazo, a sus espaldas seguía operando en territorio dominicano insurgentes haitianos, para realizar incursiones militares contra el régimen de Haití, con el apoyo logístico de altos mandos militares dominicanos y la hasta entonces negada complicidad de Washington, Bosch se dio cuenta de la magnitud de la conspiración.

Durante aquel momento el mandatario se vio envuelto en una encrucijada que a pocas horas le sacaría del poder, en una acción que sería autorizada por Washington, y ejecutada por militares dominicanos bajo las órdenes del asesor de seguridad de la Embajada estadounidense en el país, Anthony Ruiz, y supervisada por quien se vendiera como un hombre confiable ante Bosch, el entonces embajador John Bartlow Martin. Para sorpresa de Bosch, la doble personalidad del embajador Martin quedaría evidenciada años más tarde, cuando en ánimos de desacreditar el legado del gobierno democrático que ayudó a derrocar, publicó con el consentimiento de Washington el libro “Overtaken by Events”.

Vale destacar que durante décadas, los sucesivos gobiernos estadounidenses negaron vinculación alguna con este y otros golpes de Estado, a pesar de que el accionar y apoyo logístico militar en cada caso guardara un mismo patrón, que en años recientes los documentos desclasificados por Washington ayudaron a validar. De hecho, durante el mandato de Barack Obama este mandatario aceptó durante una visita a Argentina, que en algún momento Estados Unidos tendrá que plantar frente a su responsabilidad histórica, por acciones cometidas en la región.

Debido a esto, en aras de brindar una idea de la dimensión de la participación estadounidense en los sucesivos derrocamientos en Latinoamérica, nos proponemos citar los siguientes:
Derrocamiento de Rómulo Gallegos en Venezuela, el 24 de noviembre del 1948;
Derrocamiento de Federico Chaves en Paraguay, en mayo del 1954;
Derrocamiento de Jacobo Arbenz en Guatemala, en junio del 1954;
Derrocamiento de João Goulart en Brasil, el 31 de marzo del 1964;
Derrocamiento de Arturo Illía en Argentina, en junio del 1966;
Derrocamiento de Juan José Torres en Bolivia, el 21 de agosto del 1971;
Derrocamiento de Salvador Allende en Chile, el 11 de septiembre del 1973;
Derrocamiento de María Estela Martínez de Perón en Argentina, en marzo 1976;
Derrocamiento de Carlos Humberto Romero en El Salvador, en octubre 1979;
Derrocamiento de Manuel Antonio Noriega (antiguo aliado de Washington) en Panamá, el 20 de diciembre del 1989;
Derrocamiento (fallido) de Hugo Chávez en Venezuela, el 11 de abril del 2002;
Derrocamiento de Jean-Bertrand Aristide en Haití, el 29 de febrero del 2004;

Junto a los anteriores, se especula la participación de Washington en el derrocamiento de Manuel Zelaya en Honduras en junio del 2009, una acusación que sostiene el exmandatario. Y, por supuesto, ya de manera más diáfana la Casa Blanca exhibe hoy en día sus aprestos sobre Nicaragua y Venezuela.

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