Hablan los hechos

Revolución Naranja (¿Morada?).

Imaginemos un gobierno socialmente cuestionado, envuelto en constantes escándalos de corrupción, de censura mediática e indicios de autoritarismo. A la cabeza se encuentra un mandatario poco fiable, ambicioso y divorciado de la realidad social, que en su afán de saberse indispensable se las arregla para seguir consolidando su poder, armando su propia justicia, Congreso y grupos de presión. Pero no termina ahí.

Después de dos períodos presidenciales, sus esfuerzos estaban dirigidos a hacer lo imposible por lograr una habilitación constitucional que le permita presentarse a un nuevo mandato, pero su intento no prosperó. De hecho, en su afán desmesurado había obviado el que a espaldas llevaba el peso de un fuerte cuestionamiento popular, hechos de sangre no resueltos y un reprochable enriquecimiento de sus más fieles allegados, que poco a poco le merecieron el calificativo de dictador.

La imposibilidad de materializar su anhelada repostulación, llevó al orgulloso mandatario a decantarse por el apoyo irrestricto a un hombre de su extrema confianza, quien siendo ministro de primera línea fue señalado como el “elegido” “sucesor” o “delfín”, por lo que recibió todo el apoyo del aparato estatal. Armado el plan, todo estaba listo para que el candidato predilecto resultara triunfante en los próximos comicios, lo que permitiría al presidente seguir gobernando tras bastidores y allanar el camino a su deseado retorno.

Sin embargo, aquellas mismas acciones que le permitieron durante dos periodos presidenciales acumular una peligrosa cuota de poder, terminarían igualmente conspirando en su contra, al crear las condiciones necesarias para que se gestara una inesperada coalición en la oposición. Ello explica el que a pesar de las maniobras y recursos puestos a disposición de la candidatura oficial, las elecciones de octubre resultaran en un empate técnico, donde el principal contendor resultó ser un hueso duro de roer, marcando así el inicio de una histórica crisis en la que finalmente resultaría derrotado.

Por familiar que le resulte al lector este escenario introductorio, debo aclarar que no estamos hablando del sistema político dominicano, sus actores o las primarias del 6 de octubre. De hecho, por extraño y similar que parezca, nuestro trabajo de esta semana más bien rememora lo que fue la Revolución Naranja, un episodio ocurrido en Ucrania, que hace 15 años pareció vaticinar lo que puede ser el inicio de una oleada democrática en República Dominicana.Veamos.

Continuando nuestro repaso tenemos que, como consecuencia de que ninguno de los candidatos obtuvo el 51% necesario para ganar, tanto Víktor Yanukovych (candidato oficial apoyado por el presidente Leonid Kuchma) como el candidato opositor Víktor Yushchenko, tuvieron que enfrentarse en una segunda vuelta un mes después. Sería entonces en este balotaje donde, a pesar de que todas las encuestas daban al líder opositor una ventaja de 11%, Yanukovych ganaría por un escaso 3% en medio de fuertes denuncias de fraude, intimidación de simpatizantes opositores, inconsistencias en el conteo de votos y uso de recursos estatales.

Las quejas devinieron en la intervención de organismos internacionales, y una oleada de protestas populares con cientos de miles de manifestantes, que durante 18 días abarrotaron la capital, el norte y oeste de Ucrania, donde el color naranja fue el elemento distintivo de la movilización. Es preciso reseñar, que el malestar y desconfianza social contra el oficialismo ucraniano había iniciado alrededor del año 2000, con la muerte y desaparición del periodista Georgiy Gongadze.

A su vez para el 2002, amparados en el descontento de los ciudadanos y la amenaza de un nuevo mandato para el presidente Kuchma, los líderes opositores dieron forma a una coalición democrática con Víktor Yushchenko y Yulia Timoshenko a la cabeza. Curiosamente, a unas ocho semanas de las elecciones generales el candidato opositor fue víctima de un envenenamiento con dioxina, el cual por poco le costó la vida y le dejó con notables daños en su rostro.

Las manifestaciones subsiguientes al denunciado fraude electoral, más los esfuerzos diplomáticos de las potencias occidentales llevaron a que el organismo electoral cediera a una repetición de la segunda vuelta, tras lo cual Yushchenko saldría finalmente triunfante 51.99% a 44.20%.

Es posible concluir que el potencial que puede tener una formula plural e inclusiva, a la hora de presentar una propuesta alternativa a toda forma de poder político y estatal, resulta indudablemente atractivo para el electorado, que históricamente no ha dudado en endosarle legitimidad. En efecto, Ucrania fue testigo de cómo gran parte de sus ciudadanos se volcaron a exigir reivindicaciones, sin distinción de edad, sexo o clase social.

A pesar de los factores políticos y sociales que dieron origen al descontento de los ucranianos y su mundialmente conocida movilización, cuyo clamor por un gobierno con valores democráticos terminó rindiendo sus anhelados frutos, no menos cierto es que la geopolítica e intereses foráneos también jugó sus cartas en el plano estratégico. Sin embargo, aquella Revolución Naranja quedará como prueba fehaciente del poder que puede albergar un pueblo cuando se une, no en torno a un líder o gobierno, sino a favor de una causa que entiende justa y en consecuencia la hace suya.

El 18 brumario de Luís Bonaparte nos recuerda que “la historia se repite dos veces, una vez como comedia y la otra como farsa”. ¿Cuál versión nos tocará?, pues el tiempo dirá.

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