Opinión

¿NÚMEROS ROJOS?

Por: Daniel Guerrero

Los déficits fiscales no sólo son realidades que se registran en los presupuestos de los países con fuertes limitaciones económicas localizados en las regiones de Asia, África y América Latina y el Caribe, sino que se revelan de manera más cruda en las naciones industrializadas.

Así, Estados Unidos acaba de acumular las mayores cifras deficitarias en su ejecución presupuestal al cerrar con unos 984 mil millones de dólares (la mayor en los últimos siete años), en tanto que el monto de su deuda pública rompió la barrera de los 23 billones de dólares, reafirmándose de esta manera como la economía más endeudada del globo terráqueo.

La existencia del déficit público (sin importar su magnitud) suele ser considerada como un pecado capital en las ejecutorias gubernamentales.

Cuando los gastos del Estado superan los ingresos durante el ejercicio presupuestal de un periodo determinado (un trimestre, un semestre o todo un año) aflora el déficit público, pero eso no quiere decir automáticamente que el mismo constituye un factor adverso para el buen desempeño de las actividades productivas, comerciales y financieras.

Puede ocurrir que la economía de un país se esté comportando de una manera lenta, con aires de estancamiento a nivel de la oferta (venta) de bienes y servicios o de recogimiento de la demanda (consumo) haciéndose necesario que el Estado gaste más dinero para que los diversos agentes económicos (las familias y las empresas, entre otros) perciban ingresos para ser destinados a mover la economía.

Hay que tener muy en claro lo siguiente: Todo gasto supone un ingreso. Eso quiere decir que ante la presencia de un déficit público hemos de asumir que el sector privado capta dinero favoreciendo su capacidad de ahorro y de consumo. Y es que todo gasto del Estado suele generar un ingreso para las empresas y personas que concurren al mercado en busca de bienes y servicios.

 No obstante, sería provechoso que el Estado logre el equilibrio entre los ingresos y los egresos, pero en el mundo sólo existen países con déficits públicos y países con superávit, siendo una minoría los que acumulan saldos positivos.

Repetimos: las estadísticas del mundo revelan que la existencia del déficit público constituye la norma dentro del desempeño financiero de los países. Incluso en países como los integrantes de la Unión Europea se ha reconocido la vigencia de un nivel deficitario del 3 por ciento como tope para una buena gestión presupuestal.

En la práctica, la existencia del déficit público expresado a través de un mayor gasto de dinero respecto de su nivel de ingreso ha de concebirse como un instrumento de política económica. Carece de fundamentación científico-técnica la recurrente aseveración que sostiene que todo déficit público es lesivo para la dinámica económica de un país, mientras que la acumulación de superávit público constituiría una bendición para la buena marcha de las actividades productivas, comerciales y financieras de un país.

Pero pecar de exceso en el gasto público (dejando atrás la prudencia y calidad en su manejo) podría devenir en causa motriz de peligrosos desajustes monetario-financieros.

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