La democracia dominicana está herida. Ha recibido la estocada de un gobierno avasallante, irrespetuoso, desmedido.
Lo denunciado responsablemente por el PLD y la oposición política quedó evidenciado en las votaciones del domingo 18 de febrero.
A los recintos electorales de todos los rincones llegaron las huestes del partido de gobierno con toda clase de propaganda política que, de forma desafiante a la autoridad, se exhibían en pancartas y los pechos de mujeres y hombres alquilados.
Al frente de los recintos se instalaron carpas que funcionaron como oficinas móviles para la compra de cédulas y de votos, por los pocos controles en los colegios electorales con los teléfonos celulares.
Mientras la oposición se mostró respetuosa de las normas, el gobierno avasalló incurriendo en violaciones flagrantes a reglas y protocolos establecidos.
El país vivió un infierno en las horas destinadas a las votaciones y también al término de estas, con el intento del jefe de Estado de sustituir la autoridad de la Junta Central Electoral al anunciar una alocución suya, antes de que se ofrecieran resultados.
Se logró una abstención que hace poco representativa y deslegitima las autoridades escogidas.
El desconcierto primó entre observadores que vieron el proceder inescrupuloso de funcionarios y de un gobierno irrespetuoso.
El voto ciudadano fue manipulado por una maquinaria gubernamental que ha herido el cuerpo social y la democracia dominicana.
Ahora más que antes resuena una sentencia del profesor Juan Bosch en una concentración de campaña en 1982, cuando advirtió que si se escogía para gobernar, en ese entonces a la parcela que hoy se convirtió en PRM, “se lloraría lágrimas de sangre”.